Ha pasado otras veces. O sea, no una, o dos, ni siquiera tres veces. Esta vez, la cuarta o la quinta o la sexta, pasó en el templo sagrado de la democracia. Y pasó el miércoles, el último vivido. Y pasó durante el debate saturado, embutido como morcilla de cerdo, de agresiones, amenazas y desprecios de los reaccionarios al Gobierno legítimo. Porque este es el pecado original: los «sublevados», no es que vayan contra la soberanía de los ciudadanos ejercida en las urnas, que también, por descontado, es que van contra todo ínfimo saber estar, impúdicos ellos. En la Constitución, escrito está que no gobierna quien ha ganado las elecciones, sino que lo hace quien reúna una mayoría suficiente. Pero los cainitas no cesan en dar la tabarra.
El PP, a partir de esa pretendida transgresión bíblica, inició una campaña de una suciedad sin analogía en los últimos 50 años contra el Gobierno. Quieren, sucios de cuerpo y alma, tomar el poder, y suciamente, aprovechando la planitud de la sociedad y utilizando las más que conocidas artimañas del embuste, la propaganda (parlotear, vociferar a los planos, y reiterar, y volver a hacerlo, que en la Constitución no está lo que está), deshumanizar al contrario para hacerlo pasar por alimaña. A una alimaña se le da caza, se la despedaza, se la cuece y se la come, echando las partes duras o asquerosas a los perros para que no quede rastro alguno. Franco es lo que hizo, previo «entrenamiento» en la Asturias del 34. No se conformó con ganar la «guerra santa», la prolongó hasta su bendita muerte, que tan tarde le llegó.
Pero, ¿qué sucedió el miércoles que ya sucedió más veces, o sea, no una, o dos, ni siquiera tres? Pasó que Núñez Feijóo le anunció a Pedro Sánchez, a la manera como le anunció Dios a la chiquilla, por intermedio del arcángel Gabriel, que estaba embarazada, aunque sin revelarle el nombre verdadero del padre, que se iba a sentar en el «banquillo de los acusados» como responsable del accidente ferroviario de Adamuz. (Hablando de Dios: el «general republicano» de hoy, Felipe González, que acabó traicionando al Gobierno democrático de hoy, dijo que Sánchez, también en esta infausta semana para la salud moral de la nación, era «el puto amo»; pues bien, es una escala, Dios es superior a cualquier puto o putísimo amo: es inalcanzable; y en su partido, cuando el «general golpista» no era golpista porque no se iba a dar el golpe contra sí mismo, lo llamaban «Dios»).
Entonces, como no es la primera ni la segunda ni tan siquiera la tercera vez que, desde Génova, se anuncia, cuan Gabriel a María, un alumbramiento, es decir, una intervención divina-judicial contra el «corrupto», el «dictador», el «asesino», y contra algunos otros más de su malvada «esfera», es obligado hacerse preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué una y otra y otra y otra vez ocurre lo que ocurre, que desde cenáculos ideológicos muy concretos saben antes que María lo que le espera? ¿Es intermediario Feijóo, y otros, del Dios de las puñetas? ¿Será producido este eólico vendaval de anunciaciones el aleteo agitado y furioso de togas? ¿Se esconderá detrás de Eolo, en todo caso, una miscelánea de potentísimos soplidos de la flor y nata de la «buena» sociedad, porque, ciertamente, Eolo está hundiendo el barco, el barco de la democracia? ¿Hay una confluencia de poderes fácticos y no fácticos? ¿Pudiera ser que la respuesta al porqué planteado en el título de esta columna sea una insurrección de esos activos y «abnegados» próceres civiles?
Y en este barco se agarra también al timón firmemente Santiago Abascal, quien despreció, en la misma obscena semana y en el mismo santuario, hasta en cinco ocasiones, al presidente del Gobierno, al negarle la atención, la mirada, el miramiento. Al timón hay más manos, muchísimas manos, entre ellas, las que pertenecen a quienes persiguen hasta sus domicilios y amenazan de muerte a periodistas que se rigen por la deontología, sobremanera, «curiosamente» mujeres, como Sarah Santolalla, diana asimismo de los «demócratas» del partido que se hace llamar qué vergüenza, Partido «Popular», partido de «Estado». Esto, en clave del 36, sería el fusilamiento de Sánchez, de periodistas, de «rojos» (¿cuántos éramos según esos oficiales de Aragón, donde cuadra que Vox haya duplicado sus escaños y ser el partido más votado en Teruel? ¿26 millones?). Los fascistas (ahora Feijóo ha «confesado», y esto le honra, que es uno de ellos: copulará con Vox si este le lleva a La Moncloa; portugueses, benditos seáis) están en un momento histórico dulce, con el mundo virando hacia esta ideología del crimen. Y por si alguien todavía duda, ahí tienen a Díaz Ayuso, que ha concedido una medalla al país de un tal Trump que, en clave del 33, es como concedérsela al país de un tal Hitler. ¡Heil Presidente!