Estimado hermano en Cristo ¡Paz y Bien!
Antes de nada, permíteme que utilice el tuteo a lo largo de este escrito: al fin y al cabo, ambos compartimos la Fe en Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret, quien comenzó su vida como hijo de migrantes mal acogidos por ser forasteros en tierra extraña (Lc 2,4-7), huyó a otro país, junto con su familia, para escapar de la muerte (Mt 2,13-18), pasó su vida haciendo el bien, especialmente a pobres y oprimidos (Lc 4,18-19), fue asesinado en una cruz por la connivencia de los poderes religioso y político de su tiempo y finalmente resucitó, anticipando el triunfo definitivo de la Vida sobre la muerte (1Co 15, 54-55).
Mediante esta carta, quiero confesarte que soy, desde mi simple condición de aprendiz de cristiano al estilo de San Francisco de Asís, una de las, aproximadamente, cien personas de esta diócesis asturiana que suscribimos, en base a argumentos que beben de los mandatos bíblicos y de la Doctrina Social de la Iglesia, un comunicado transmitiendo nuestra alegría por la promulgación del real decreto para la regularización de unos 500000 inmigrantes y también nuestro firme desacuerdo con tu postura respecto a esta materia, manifestada a través de una conocida red social de la manera que tú consideraste más procedente.
Tras la publicación en diferentes medios de comunicación de este escrito colectivo, he seguido con suma atención las sucesivas respuestas al mismo, en especial las que lo denostaban (aplaudiendo, incluso jaleando, tu toma de posición). Te aseguro que esperaba encontrar, al menos en alguna de ellas, cierto tipo de fundamentos teológicos (desde la cristología o de la eclesiología) que cuestionasen de manera razonada lo expuesto en nuestro comunicado, pero lo cierto es que no ha sido así: se ha tratado de opiniones políticas difícilmente distinguibles de las defendidas, con mucho ruido, por conocidos representantes del sector ubicado más a la derecha del espectro político español.
También, hermano Jesús, leí con expectación tu carta pastoral fechada el pasado 8 de febrero: «Sencillamente, a mis hermanos». Por un momento, pensé jubilosamente que habías rectificado («los inmigrantes son acogidos con agradecimiento y son una bendición para nosotros» dices al comienzo del tercer párrafo de tu carta), pero finalmente ratificas todo lo ya dicho en tu anterior mensaje: «Todos no caben en un espacio limitado. Decir lo contrario es irresponsable (…) hay gente que llega con una maleta indeseada trayendo en ella delitos de sangre, intenciones terroristas o negocios perversos (…) Aunque sean minoría no deben colarse (…) tenemos la libertad de señalar al mismo tiempo nuestra disponibilidad acogedora y los manejos torticeros de los maestros de la engañifa».
¿Te imaginas a Jesús de Nazaret en sus diferentes actos de amor (convirtiendo el agua en vino, procurando pesca abundante, multiplicando panes y peces, curando enfermos, resucitando muertos) poniendo límites a su ayuda a cualquier persona que a Él acudiese?
¿Concibes a nuestro común hermano mayor Francisco de Asís «Il poverello» (el del abrazo al leproso, el del encuentro con el sultán de Egipto, el enamorado de la Dama Pobreza, el hermano universal) excluyendo a alguien en razón de posibles riesgos potenciales?
Sabes, te lo digo fraternalmente, que lo que dices en tu carta pastoral no tiene nada que ver con el Evangelio, tampoco con la teología cristiana; se trata de un manifiesto político alineado con quienes tú bien conoces.
Dedicas la parte final de tu escrito, antes de agradecer «las miles de expresiones de afecto y comunión que esta polémica de diseño ha suscitado, poniendo al descubierto quién es quién en el escenario público y en el privado», a faltar al respeto a cien cristianas y cristianos de Asturias, con nulo sentido de la fraternidad, hablando de «plumillas mediáticas al dictado y disidencias eclesiales (…) ataque despiadado hacia quienes pensamos distinto y lo expresamos con respeto señalando las trampas y las demagogias (…) proyectando en mi persona sus fobias o filias, sus estériles fracasos personales y contradicciones vitales». Y, en el colmo de la hipocresía farisaica, dices que merecemos el respeto y la piedad que en las líneas previas pisoteas sin consideración alguna.
Por lo que se refiere a esta última parte, mi respuesta sólo puede y debe ser la que considero que un cristiano franciscano ha de dar: «Porque es perdonando como se es perdonado». Ahora bien, en cuanto a todo el contenido central de tu carta pastoral, debo reconocer que me ha producido un profundo dolor y una gran pena: el mismo dolor y la misma pena que sentirían cualquier hija o hijo al constatar que su padre, en vez de proteger abnegada e incondicionalmente a sus hermanos más vulnerables, asume los argumentos de los matones que los acosan en las calles del barrio y en las redes sociales.
Me ayudan, gracias a Dios, a salir de esta «noche oscura del alma» —que diría San Juan de la Cruz— las palabras del Papa Francisco el 5 de agosto de 2013 en la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (incluidas en la Exhortación Apostólica DILEXI TE - Sobre el amor hacia los pobres, del Papa León XIV): «Cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio» y el propio León XIV añade a continuación en DILEXI TE: «La Iglesia, como madre, camina con los que caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, ella construye puentes. Sabe que el anuncio del Evangelio sólo es creíble cuando se traduce en gestos de cercanía y acogida; y que en cada migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la comunidad».
Te saludo en Cristo Jesús. Nuevamente ¡Paz y Bien!
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