Antes de que Estados Unidos pisotease en la era trumpiana sus propios iconos y valores, contaba con un imaginario poderoso para ejercer su influencia, y (Unamuno dixit) convencer y no sólo vencer. Y es que los héroes y protagonistas de los relatos, recreados en la historia o puramente salidos de la ficción, como recuerda Harari, construyen la narrativa capaz de aglutinar y articular a un grupo humano para cooperar en torno a aspiraciones comunes. En el caso de la potencia norteamericana, a lomos de su potente industria cultural y su nómina de creadores, su propia crónica ha sido una de sus exportaciones más exitosas. Sin embargo, algo ha terminado por salir rematadamente mal al casar narración y valores en este tiempo donde los «Juegos Mejorados» auspiciados por Trump Jr. y en los que el dopaje está permitido son un ejemplo de libertad deportiva. Donde recibir un Nobel de segunda mano se considera un acto de justicia restaurativa. Donde el multilateralismo basado en reglas, que se contribuyó a poner en pie, se cambia por una mal llamada «Junta de Paz» que se parece más a un club de golf con presidencia vitalicia. Y donde un tipo al frente de la Casa Blanca sin más norte moral que la depredación presume de principios cristianos y familiares. Con los resortes de poder adecuados, en suma, es posible invertir cualquier escala de valores a gusto del emperador, para uno mismo y para los demás. Así, de un tiempo a esta parte, en el semillero del nacional-populismo norteamericano, Harvey Milk vuelve a ser tenido por desviado; Martin Luther King por divisivo (y, sencillamente, se distorsiona su mensaje para amoldarlo a conveniencia); o Franklin D. Roosvelt por padre del «Estado profundo». Y no olvidemos, en el origen de esta pesadilla, las críticas de Trump al Senador John McCain considerándolo poco menos que un «looser» por haberse dejado atrapar en combate en Vietnam (donde pasó más de cinco años), mientras el privilegiado Trump, del que ni por asomo se puede esperar semejante sacrificio, es tenido por ardoroso defensor de la patria.
La conversión del paladín en antihéroe, y viceversa, también tiene su reinterpretación en el campo de la ficción, pues en la mentalidad del MAGA, Atticus Finch (Gregory Peck en la gran pantalla) no es más que un pobre hombre incapaz de obtener la victoria en los estrados. El despiadado Pottersville es más excitante que el armonioso Bedford Falls de George Bailey (James Stewart). Al banquero corrupto Gatewood (Berton Churchill) de «La Diligencia» no le deja de asistir la razón premonitoria al clamar contra el Gobierno que los asfixia a impuestos y al anunciar el que ha terminado por ser el nuevo Evangelio norteamericano: que sólo cuando un gran empresario llegue a Presidente se alcanzará la verdadera libertad. Y el Jordan Benedict (Rock Hudson) de «Gigante», que se bate a puños por su nieto mestizo, no se libera al fin de su propio racismo ni se convierte en un coloso moral para los suyos, sino que simplemente recibe una tunda merecida por no acatar el «derecho de admisión» en un café de carretera (lógico que lo interpretase un actor gay, pensarán). La enorme película de George Stevens, por cierto, vista a los ojos de hoy, es paradigmática de la terrible alteración del orden de valores en las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos y con la población migrante: en la actualidad sería impensable que Leslie (Elizabeth Taylor) cuestionase el despojo territorial practicado sobre México o que se mostrase caritativa con las familias de los trabajadores latinos sin ser tenida por una peligrosa víctima de la ideología woke; y se consideraría antipatriota el hilo argumental subyacente, sobre la discriminación y sometimiento de la población de origen mexicano, siempre subalterna independientemente incluso de su condición económica, y que no merece ni siquiera ser peinada, como le sucede en el filme a Juana Villalobos Benedict (Elsa Cárdenas).
En plena depravación trumpista estábamos inmersos cuando, nuevamente, y contra viento y marea, nos redime la creación artística golpeando en la cara del nacionalismo excluyente norteamericano. No hemos perdido nuestra capacidad de reconocimiento simbólico cuando la actuación de Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl, ante 125 millones de telespectadores, es suficiente de decir de frente, con sus canciones y escenificación, verdades como puños: que América es mucho más que un solo país de ese continente, por poderoso que sea; que los países al Sur de Río Bravo no pueden retroceder décadas para ser nuevamente su patio trasero; que la lengua española y la identidad latina es también parte de la realidad y esencia norteamericana (y lo es también desde su origen) lo quieran o no los supremacistas a los que representa su Presidente; que esa diversidad ha sido parte de la grandeza de Estados Unidos que el trumpismo no recupera sino que pone en peligro; que ya basta de menospreciar a la población latina, objeto continuo de vilipendio en el discurso dominante; que Puerto Rico merece respeto como nación con derecho a definir su propio destino y no como colonia desproveída de su historia, convertida en resort gentrificado y abandonada cuando vienen mal dadas (recordemos las más de tres mil víctimas del huracán María, 2017); y, con validez universal, que los mensajes de convivencia pueden ser más poderosos que los segregadores.
Cosas de la sociedad del espectáculo, una sola actuación de apenas quince minutos ha amplificado el interés por nuestro idioma y ha abierto allí un torrente de aprecio por la cultura latinoamericana, con la que tanto compartimos. También reciben lo suyo, puestos ante el espejo de sus contradicciones, la derecha de los países del continente americano, nada apegada a sus causas nacionales cuando se pliega ante Trump; y el nacional-populismo quintacolumnista europeo, empezando por sus líderes, como el de Vox. Éste es el primero dispuesto a declararse «incompetente» (así lo expresó textualmente, en un verdadero ejercicio autodescriptivo) ante las amenazas a la integridad territorial de Groenlandia y por extensión a la Unión Europea de la que formamos parte. Presto a imitar y seguir la agenda política de la misma Alternativa por Alemania, nacida al calor del rechazo a la solidaridad comunitaria con el Sur de Europa (incluida España) en el contexto de la crisis financiera de 2008-2013; aquella en la que desde dicho partido nos llamaban, junto a otros países, los «PIGS», que ya saben lo que significa. Y ausente en la defensa de la lengua española y el acervo común iberoamericano cuando se trata de sostenerlos ante Trump, que quiere extirpar cualquier elemento hispano de la imagen que Estados Unidos proyecte (y ya lo ha hecho con nuestro idioma, al que denuesta). Un verdadero patriota, vamos.
De todos los actores de este show, en todo caso, ya sabemos quién es el gigante.
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