El fascismo siempre ha sido nostálgico. Siempre ha idealizado un pasado que a todas luces fue peor con el objetivo de llevarnos a una caricatura pesadillesca del mismo. Hoy es más sutil y sale en programas de televisión de máxima audiencia que, por mucho que se empeñen sus perpetradores, no dejan de ser siniestros, como el de Iker Jiménez. Esta ola de nostalgia tiene sus líderes, algo difusos, conscientes o inconscientes, y creo sinceramente que empezó con esa cuenta en redes sociales llamada Yo fui a EGB, en la que se nos enseña lo bien que vivieron sus perpetradores en aquellos años con el barco pirata de los clicks de Famobil, que costaba más de cinco mil pesetazas, un dineral absurdo, y lo bonita que es Los Goonies, omitiendo que la trama de la película parte del inminente y terrible desahucio de una familia.
En España, los 80 fueron espantosos. Violencia en las calles y drogas duras por todas partes, reconversión industrial y paro desbocado, especialmente juvenil, terrorismo, asesinatos policiales, ausencia de servicios básicos de todo tipo, monstruosas cifras de siniestralidad laboral y en carretera. El aborto no fue legal hasta 1985, con una restrictiva ley de supuestos, la ley del divorcio llego en 1981 y el juez podía rechazar el proceso, no hubo sanidad universal hasta 1986. Las mujeres que osaban denunciar a sus maridos por violencia machista eran disuadidas de hacerlo para evitar males mayores. El colectivo LGTIBQ+ no gozaba ni de lejos de los derechos de los que goza hoy en día, EGB era una pesadilla dantesca y por todo del país, todavía había barrios cuyas calles no estaban pavimentadas y el chabolismo era monstruoso. ¿Esto quiere decir que en aquellos años no hubo nada bueno? No, claro. Pero ese no es el problema.
El problema es que los nostálgicos y nostálgicas de los ochenta y noventa omiten el lado terriblemente oscuro de esas décadas. Recientemente, la periodista Estefanía Molina participó en la Universidad Villanueva de Madrid en una charla en la que se afirmó que en los ochenta y noventa los jóvenes vivían mucho mejor que hoy. Los jóvenes de hoy están peor que en los años ochenta y noventa, así, como leen. Esto es mentira. Eso no quiere decir que nuestra época actual no tenga problemas, por supuesto. Los tiene, y muy graves. Reconocer la realidad es fundamental para situarse en contra de la ola reaccionaria de la nostalgia. Más si tenemos en cuenta que esa nostalgia es postiza. Estefanía Molina nació en 1991. Ana Iris Simón, que lleva años subida en la ola, también nació ese año. Los valores que reivindica esta última entran en contradicción con el recuerdo de lo que vivimos muchos, una brutalidad diaria y una lucha por sobrevivir asfixiante.
Por eso, entre otras muchas cosas, escribí «La frontera azul», mi nuevo libro. Crecí en los ochenta y noventa en un barrio marginal y todavía hoy, en 2026, estoy intentando encontrar las luces de aquella época. He intentado reflejar esto en el libro y lo que me tiene bastante fascinado no es tanto esta ola de nostalgia omnipresente en medios como la ausencia de un debate sereno y serio sobre este asunto. Cuando Alba Flores arrojó oscuridad en televisión a la época que vivió su padre Antonio, todos los fans nostálgicos que no vivieron la época y alguno que seguramente tuvo hasta dos barcos piratas de los clicks de Famobil, se le tiraron encima. Esto es culpa de algunos medios. Se ha amplificado considerablemente una visión infantil y tonta, tontísima, de una época, se ha dulcificado una década y se ha barrido bajo la alfombra su profunda oscuridad, hasta el punto de no permitir que alguien ponga en duda mínimamente que aquello no fue la fiesta de colorinchis que pretenden algunas. No es casual que esta ola vaya de la mano del auge electoral de Vox. Es un plan. Es política. No hay ninguna buena intención detrás de todo esto. El principal problema de los jóvenes derechizados que creen que en los ochenta se vivía mejor, es que no vivieron los ochenta.
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