Darle la vuelta a la tortilla

OPINIÓN

Una mujer con burka por las calles de Madrid.
Una mujer con burka por las calles de Madrid. BENITO ORDÓÑEZ

20 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Me repatea mucho cuando alguien me dice, en un tema que considero importante, que eso es secundario o intrascendental. Recuerdo de mi etapa como estudiante de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (vaya por delante todo mi solidaridad, cariño y apoyo a quienes forman parte de ella ante el ahogamiento económico que le está sometiendo Isabel Díaz Ayuso) que no fueron pocas las veces que nos repetían las y los profesores lo de la «agenda setting» para justificar qué contenidos merecían repercusión mediática y, además, el espacio y el tiempo de análisis en los medios de comunicación. Hago este preámbulo para hablar del burka y del niqab. Ni mucho menos me resulta insignificante o fuera de lugar su debate, porque cualquier persona, viva donde viva, requiere de la solidaridad internacional ante las injusticias, y en este caso hay millones de mujeres oprimidas que se ven obligadas a vestir esta prenda (la Afganistán de los talibanes puede que sea el ejemplo más extremo, pero no es el único en el mundo) y ante esta aberración no deben caer en el olvido (y tampoco otras tantas barbaridades, como la ablación del clítoris y la trata con fines de explotación sexual). En el caso de España, considero que este debate ha tenido un enfoque sobredimensionado (aunque acepto que se me corrija si estoy confundido) porque de antemano quiero decir que yo no tengo conocimiento de que esta cuestión sea una situación generalizada ni tan siquiera donde haya una concentración numerosa de población musulmana. Vox ha llevado a los diferentes lugares donde tiene representación un texto para pedir que en España se prohíba vestir el burka en espacios públicos. Dicho así sin más no parece haber razones para su rechazo (algunos países europeos ya legislaron en ese sentido) hasta que escuchas sus verdaderas motivaciones y, entonces, dejan claro una vez más que su objetivo no es defender los derechos de las mujeres, sino que buscan agitar la coctelera con argumentos xenófobos y racistas. En nuestro país lo que es un problema grave es el machismo, que lo protagonizan hombres de todo tipo y condición (ricos y pobres, de diferentes profesiones, de distintas edades, de variopintos lugares y de todas las creencias religiosas e ideologías políticas), y como muestra está el escalofriante dato de 15 feminicidios desde que empezamos este 2026 (siete de ellas [incluyendo una menor de 12 años] están reconocidas oficialmente por violencia de género) que no parecen alertar lo suficiente a la sociedad. Resulta que Vox alega que hay que prohibir el burka por cuestiones de seguridad ante la «circulación masiva de personas con el rostro cubierto» por España (en cambio no dicen nada de taparse la cara con, por ejemplo, un pasamontañas) mientras niega que exista una violencia estructural contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres, que atenta contra su integridad, las amenaza, las coarta y les hace vivir con miedo. Por lo que sea, la ultraderecha acierta a seleccionar algunos temas porque saben darle la vuelta a la tortilla y llevarlos a su terreno (encontraron un gancho para introducir mensajes que vinculen a la migración con inseguridad y meter su mensaje ideológico de que hay que proteger los valores cristianos de Occidente y la buena imagen de España). Al final parece que en este mundo donde la postverdad va por delante de la propia realidad todo vale (mucha gente no comprueba la veracidad de lo que le cuentan y se traga todo lo que le parece verosímil, aunque no lo sea).

La Constitución vigente ya es la más longeva de la historia de España (el pasado martes superó a la del periodo de la Restauración redactada en 1876 por Cánovas del Castillo y que tuvo una vida de 47 años, dos meses y catorce días). Sin duda alguna ha sido un texto primordial para afianzar la democracia y para sentar las bases hacia un país moderno, y vaya por delante mi aplauso al pueblo español por los pasos alcanzados desde 1978 en adelante. No obstante, yo sigo siendo un fiel partidario de realizar una revisión a fondo, porque me parece que la sociedad española es lo suficientemente madura como para afrontar este reto. Aunque ya veremos qué depara el futuro y si conseguiremos mantener la paz (y no vivir trágicos acontecimientos históricos pasados) y la estabilidad, sigo pensando en que el avance de los tiempos exige reformas y actualizaciones a los diferentes artículos. Sin duda alguna hay que darle una vuelta a la tortilla al acceso a la vivienda, que continúa siendo un verdadero obstáculo para la amplia mayoría de la sociedad y es una necesidad vital. Hay que avanzar en derechos, como por ejemplo en blindar las pensiones públicas para que gobierne quien gobierne no tenga la tentación de recortarlas ni de privatizarlas, y también hay que afrontar con valentía otras de carácter más ideológico, como son la elección del modelo de Estado (mediante un referéndum) o una redacción del artículo 16 más próxima a la Constitución Republicana de 1931 para hacer efectiva la total separación de los poderes públicos con cualquier confesión religiosa, garantizando como no puede ser de otra manera la libertad religiosa y el derecho de cada persona a profesarla en su ámbito privado. Soy consciente de que es improbable que vaya a haber cambios a corto y medio plazo, pero como se suele decir, mientras hay vida hay esperanza.