Como madre, abuela, docente, por citar algunas de mis facetas, y, por supuesto, como consumidora habitual en diversos espacios públicos, observo y escucho, con demasiada frecuencia, a los profesionales que atienden al público quejarse de la mala educación de los niños y niñas de hoy en día, de la falta de normas claras, de los comportamientos totalmente inadecuados, y lo peor de todo, de las reacciones de sus progenitores con la ausencia total de sentido común, lo cual, me lleva a reflexionar y a hacerme multitud de preguntas.
Es notorio y preocupante el hecho de verse en algunos establecimientos carteles del tipo: «Se ruega a los padres que no dejen que sus hijos molesten a nuestros clientes», «Por favor, no permitan a sus hijos tocar y desordenar nuestras estanterías», «Hotel solo para adultos». Da la sensación de que la crianza se convirtió en un cruce de autopistas con semáforos rotos. Tenemos que vivir en el tiempo que nos toca y lo cierto es que las niñas y niños de hoy aprendieron antes a deslizar una pantalla que a atarse los cordones, son personas hiperconectadas; la velocidad de la tecnología es inalcanzable, la I.A. nos supera con creces, las agendas familiares se desbordan y la presión social por «hacerlo bien» no descansa.
Las madres y los padres actuales viven, por un lado, con el sentimiento de Culpa Crónica por esa falta de tiempo para tanta exigencia; por otro lado, hay una Sobreinformación, expertos contradictorios en redes, más información, más dudas; también circula el Miedo al Trauma, confunden frustrar con dañar. Todo ello y más, da como resultado una crianza hiperprotectora, una autoridad negociada hasta el agotamiento. Muchos de estos padres y madres no educan mal con mala intención, ni por desinterés, sino, desde una cierta inseguridad aprendida y compartida. Se trata de adultos que han interiorizado mensajes como: «Si frustras a tu hijo, lo traumatizas», «Una buena madre siempre protege», «El mundo es hostil, mi hija o hijo no puede sufrir».
Éstas y otras creencias del estilo, fruto del miedo al juicio social, al fracaso educativo o a repetir errores del pasado, se traducen en proteccionismo, límites confusos e incoherentes y una gran dificultad para decir NO, con firmeza y afecto.
-Sinsaber que una sociedad que patologiza el «No», crea individuos frágiles.
-Sinsaber que la sobreprotección debilita y, por el contrario, dar responsabilidades acordes a la edad fortalece la autoestima y la competencia emocional.
-Sinsaber que las normas no son muros, sino barandillas que dan seguridad y estabilidad.
-Sin saber que con pocas normas, claras y constantes, ayudarían a entender el marco en el cual los hijos e hijas pueden moverse con libertad. Sin saber que los límites son clave para una buena salud emocional, no restringen el amor, lo estructuran.
-Sin saber que esa dificultad para esperar que se les permite acaba favoreciendo respuestas impulsivas, menor control conductual y mayor riesgo de conductas problemáticas en la adolescencia.
Algunas madres y padres buscan ser amigos de sus hijos, no por modernidad, sino por temor a perder el vínculo. Creen que la autoridad es algo sospechoso, casi culpable, por lo que el niño o la niña manda sin haberlo pedido. En una crianza donde los límites cambian según el cansancio, la culpa o la mirada ajena, el niño aprende que las normas son negociables, la frustración es intolerable y el deseo debe satisfacerse de inmediato. Niñas y niños educados en este marco no aprenden a gestionar la frustración, el conflicto, las emociones; se crían sin brújula, crecen con una sensación difusa de inseguridad que luego reproducirán como adultos. Es como la pescadilla que se muerde la cola. ¿Cómo romper el círculo? Bajo mi modesto punto de vista, se trataría de un arduo trabajo en sociedad, empezando, repito, bajo mi punto de vista.
-Primero, por rescatar el valor del Límite como acto de cuidado (poner límites es un acto social, no autoritario).
-Segundo, por desnormalizar el miedo a la frustración (desde la psicología evolutiva sabemos que la frustración no es un enemigo del desarrollo, sino un entrenamiento para la vida).
-Tercero, por educar en la tolerancia al malestar (no todo lo que incomoda daña, muchas cosas que incomodan fortalecen la competencia emocional).
Educar hoy no es más difícil que antes, pero sí es más complejo. La infancia crece entre pantallas, mensajes inmediatos y una cultura de inmediatez que no siempre deja espacio para la reflexión. Las familias intentan equilibrar trabajo, responsabilidades y el deseo de hacerlo bien, sin perder el vínculo afectivo que sostiene todo aprendizaje. Cuando algo no funciona hay que cambiarlo o se intenta arreglar, entonces pues, es hora de cambiar el marco mental de «niño rey» por «niño ciudadano» y el de «niña reina» por «niña ciudadana», debemos tener muy claro quién es el adulto y que ni el niño, ni la niña, necesita poder, lo que necesita es estructura para su seguridad y bienestar emocional. Seamos adultos obrando con sentido común, aunque sea el menos común de los sentidos; velando por el bien de nuestros seres más queridos: los hijos y los hijos de nuestros hijos y evitando, en lo posible, repercusiones adversas emocionales, sociales y académicas a medio y largo plazo.
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