El desplome del feminismo; las causas que nadie dice y qué hacer

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

03 mar 2026 . Actualizado a las 15:00 h.

Quizá cuando Christopher Nolan estrene su versión de La Odisea vuelva a conocerse popularmente la historia de cómo Ulises no sólo cegó al cíclope Polifemo sino también cómo consiguió engañarle, diciéndole que su nombre era Nadie, para que cuando herido fuera a pedir ayuda no pudiera recibirla porque Polifemo sólo bramaba «Nadie me ha herido». La semana pasada se publicó el Barómetro Juventud y Género 2025 de FAD, con resultados que dan cuenta de un desplome significativo del apoyo al feminismo entre los varones más jóvenes que ha causado en muchos sectores estupor y desconcierto, y a pesar de los numerosos artículos con llamadas a rebato para tratar de explicarse el fenómeno, creo honestamente que nadie acierta, o se atreve, a dar con las claves del asunto, y mucho menos los posibles remedios. Pero habrá que intentarlo. 

Hay que decir ante todo que no nos encontramos ante un acontecimiento singular de España sino que tendencias similares se están dando, con variaciones regionales, en casi todos los países occidentales y que, a grandes rasgos, pueden explicarse por tres razones fundamentales. La primera tiene relación con nuestra entrada en una economía post industrial de servicios en la que el trabajo se ha devaluado de forma muy intensa, de hecho tener un trabajo no garantiza ya en modo alguno salir de la pobreza.  A ello se unen, para mal, una gran precariedad laboral para los jóvenes que entran en el mercado laboral y unos precios ya inasumibles para los mortales a la hora de acceder a la vivienda de manera que la emancipación se retrasa o se hace imposible. 

Con mucha lógica habrá quien a estas alturas del argumento me cuestione que qué tiene que ver esto con el género. Pues bastante en realidad. Recomiendo en este punto leer el muy recomendable trabajo De proveedor a precario: Cómo el declive económico de los hombres jóvenes alimenta el antifeminismo de Javier Carbonell en el que se explica de forma excelente cómo en las últimas décadas asistimos a un extraordinario y muy merecido auge educativo de las chicas (que se traduce en mayor acceso a estudios universitarios y así a mejores salarios) pero que se está dando a la par que un estancamiento y declive de los chicos. Ellos arrastran mayores tasas de abandono escolar temprano (de hasta 25 puntos de diferencia en algunas comunidades) y también llegan menos a la universidad. Muchos empleos tradicionalmente muy masculinizados han perdido muchísimo poder adquisitivo (de nuevo sumado a la vivienda inaccesible) y lo cierto es que la identidad de género de los varones está muy ligada al empleo, al trabajo. Más que la de las chicas.

A finales del año pasado el economista Pablo García Guzmán publicó esta comparativa de la evolución de los salarios y su poder adquisitivo por género en España en las últimas décadas señalando: «En España, cada cohorte masculina sucesiva gana salarios más bajos que la anterior. Por el contrario, las cohortes femeninas más jóvenes al menos alcanzan la paridad con las generaciones mayores. Como resultado, la brecha salarial de género ha disminuido en todas las cohortes, pero principalmente a través de la disminución relativa de los hombres».

Por supuesto es preciso señalar algo evidente, que es una comparación relativa; las mujeres parten de una situación muy desfavorable y sólo ahora apenas empiezan a igualarse con los hombres. Pero el estancamiento entre los varones es muy real, es algo tangible, es algo que está marcando a las nuevas generaciones. Porque el relato importa. «No viviremos mejor que nuestros padres, pero viviremos mejor que nuestras madres», escribió Aida dos Santos, autora de Hijas del hormigón; y esa frase se encierra una verdad sobre cómo se está viviendo una misma precariedad, que afecta a todos, a chicos y a chicas, pero en diferentes narraciones; la de ellas una historia de liberación y emancipación en un futuro de esperanza en comparación con el pasado de sus progenitoras, la de ellos de decadencia y estancamiento ante un horizonte distópico en el que no hay certezas, muy lejos del sólido mundo de sus padres y abuelos.

Cómo se articula políticamente esa divergencia es una cuestión crucial. Y aquí es donde entra el segundo elemento fundamental para comprender los resultados del informe de FAD: las redes sociales. En la actualidad, en el presente, el flujo de información y especialmente para las cohortes de edad más jóvenes, llega a los ojos y a los oídos desde la palma de la mano, donde reposa el teléfono móvil. Lo hace fundamentalmente mediante redes de vídeos y también agregadores de noticias, o de microblogging, en las que sólo hay una apariencia de libertad de elección, porque las noticias que se sugieren a cada usuario están calibradas por un algoritmo, uno que detecta rápidamente no sólo la edad, o las preferencias de consumo de quien está mirando, sino también su género y esto es determinante en la oferta final.

Chicos y chicas no están creciendo en un mismo entorno mediático ni con las mismas referencias, ni tampoco con los mismos peligros. La sociedad tiene muy claro su rechazo a que ellas sean bombardeadas con cánones estéticos imposibles, o contenidos que puedan inducir a autolesiones o trastornos alimentarios. Pero no hay ninguna conciencia respecto al bombardeo de individualismo salvaje y autoritarismo político que reciben los chicos. A nadie le importa. Y no se trata de ninguna sensación o intuición. Es un hecho constatado. Por ejemplo, este estudio publicado por la Universidad de Dublín que, mediante un experimento creando cuentas como si fueran perfiles adolescentes revela que bastan 23 minutos para que si el algoritmo de YouTube o TikTok encuentra que el usuario es masculino le ofrezca contenidos «problemáticos» de misoginia y autoritarismo. Hay varios experimentos similares realizados por diarios, tanto en el Reino Unido como en España que muestran iguales conclusiones. Resulta fundamental comprender que los chicos no están eligiendo esos contenidos, los eligen por ellos; sin embargo, gran parte del argumentario progresista afronta esto no como una cuestión estructural sino de responsabilidad individual. Para algo que realmente no pueden controlar.

Y entonces debemos hablar del tercer elemento para comprender cómo hemos llegado hasta aquí; cómo se han planificado las políticas de promoción de la igualdad para adolescentes en la última década, que requieren una rigurosa autocrítica. A lo largo de esta columna he acompañado mis argumentos de enlaces a estudios porque (tengo que insistir) esto no se trata de percepciones o sensaciones, sino de hechos constatados. Propongo leer el excelente estudio ‘Chicos, chicas y un abismo. Opiniones sobre la igualdad y el feminismo', publicado por el Instituto de Ciencias Políticas y Sociales (ICPS) en junio de este 2025, es muy detallado porque se basa en un intenso trabajo de campo en institutos (9 centros y 239 adolescentes), en grupos separados de chicos y chicas y también mixtos.

A grandes rasgos el estudio recoge una sensación de hartazgo y malestar muy enquistada entre los chicos respecto al feminismo; algunas sentencias del trabajo son muy clarificadoras: «cuando preguntamos por los talleres y conferencias sobre feminismo que pueden recibir en las aulas, los grupos de chicos muestran su rechazo hacia estas actividades en tanto que no se sienten interpelados y que entiende estos espacios como hostiles» y, en este mismo sentido, «hay que prestar atención a la situación y desarrollar estrategias para abordarla, pues los chicos perciben que se les está juzgando en todo momento, que se les articula como sujeto-enemigo y que sus malestares no son atendidos, lo que les hace estar a la defensiva y rechazar intervenciones o reflexiones en torno al feminismo. Sienten que ellos no están en la agenda. Y que les sobrevuela la sospecha. La mayoría de los chicos se sienten quemados, y se muestran dispuestos a oponerse al feminismo de todas las formas que pueden y conocen, ya sea en las redes, en el instituto o en la adhesión a un discurso».

Me parece importante señalar que el estudio habla de que no se trata de un generación que sea más machista que las anteriores, algo que también corrobora el informe de FAD y que refleja que una amplísima mayoría (más del 70%) considera la igualdad un valor fundamental y preciado; a lo que se oponen y forma furibunda es la expresión cultural del feminismo. «Se tiene que valorar, paradójicamente, a la luz de que hablamos de una generación crecida en tiempos formalmente igualitarios, que ha ingerido mensajes sociales y educativos de igual trato a ambos sexos, que vive una edad que todavía no atiende a los conflictos de la distribución sexual del trabajo, y que ha vivido la cuarta explosión del feminismo, así como Gobiernos que han intentado hacer de ello su bandera y curso de acción. La paradoja radica en que si efectivamente nos hemos creído que somos iguales, las posiciones feministas aparecerían hoy a sus ojos como un exceso o un sinsentido. También como algo politizado e institucionalizado contra lo que hay que rebelarse».

En esto han pesado y aún pesan muchos mensajes y actividades pésimamente planificados, un colegio que pensó en dejar a los niños (no a las niñas) sin recreo para que comprendieran la discriminación, o vídeos de hace apenas unos días que afirman que todos los hombres, sin excepción, todos ellos, son cómplices y corresponsables de la isla de Epstein o las violaciones sistemáticas de la señora Pelicot. Eso es demencial y contraproducente.

Es preciso diagnosticar bien para ofrecer soluciones útiles. Los lemas, por populares que sean, no son eficaces. ¿Qué se podría hacer entonces?

Primero los chicos necesitan referentes positivos y esperanzadores, referentes de los que sentir orgullo, muy a menudo las iniciativas de igualdad sólo han ofrecido para ellos un remedo de las recetas de la expiación y el examen de conciencia de unas convivencias de confirmación episcopales, también con su propia versión del pecado original. Muchas propuestas sociales clásicas, para reducir la precariedad y favorecer la emancipación (para todos, para chicos y chicas) pueden ser realmente más útiles para frenar el auge de la misoginia que ninguna iniciativa de género específica. Y aún así los chicos las necesitarán, las suyas propias, para ellos. Si a ellos les va peor en educación, si ellos leen menos, si ellos tiene una tasa de suicidios que triplica la de ellas, serán precisas actuaciones y programas en ese sentido. No se puede ser como Polifemo en políticas de género y tener un único ojo para únicamente un género. Las políticas de igualdad no son una suma cero y atender a los chicos no es dejar de atender a las chicas, al contrario, será beneficioso para el conjunto. Nada de esto debe incluir ninguna renuncia las reivindicaciones feministas porque las discriminaciones que padecen las mujeres son enormes y persistentes, pero no vivimos en 1950 sino en el año 2026. En el presente el 70% de las estudiantes de Medicina son mujeres y son el 80% de las opositoras a jueces. Son estupendas las iniciativas para promover que chicas estudien ingenierías pero deberíamos plantearnos acciones similares para que los chicos sean profesores, la representación y el ejemplo también importa para ellos, y el personal docente es abrumadoramente femenino en las etapas tempranas. Es un hueco de referentes que a nadie le importa.

Será necesario trabajar en alfabetización digital para aprender a discernir en las procelosas aguas que se navegan en internet y no será fácil porque ni los adultos se manejan como es debido. Sería necesario desterrar para siempre conceptos como «masculinidad tóxica» por bienintencionado que haya sido, su efecto es fatal. No es útil, es contraproducente. No convences a nadie atacando su identidad. Y dentro de las aulas habrá que desterrar también las charlas y talleres como se han concebido hasta ahora, sería mucho mejor trabajar en grupos participativos donde se fomente la empatía, y aprender a ponerse en el lugar del otro, porque no, los chicos y las chicas no están creciendo juntos ni socializando con los mismos contenidos, sino que están separados por un algoritmo que responde únicamente a intereses corporativos de empresas.

Por ahí se llega a Ítaca.