He de reconocer que no deja de sorprenderme cómo un importante sector del gran público nacional, incluyendo en este grupo a periodistas, críticos de oficio o de hábito y hasta a antiguos académicos, se abalanzan contra el significante otorgado a nuestro cine, acusándolo de excusa subvencionada en aras de una supuesta ideología hegemónica y mayoritaria del gremio, al servicio de los intereses políticos. Y digo que me sorprende porque una buena parte de esas voces supuestamente críticas y despolitizadas, supuestamente sin ideología, son las mismas que luego veneran otro tipo de manifestaciones culturales y deportivas en beneficio de la marca España, con un identitarismo y un sentido colectivo de pertenencia a unas raíces que, sin embargo, parece que no operan de la misma manera cuando se trata de la producción cinematográfica. ¿No deberían ser los nacionalistas los primeros interesados en que el cine español se dé a conocer y saque pecho a más no poder? Quizás es que, como decía un tal Luis Aller, el cine sigue siendo visto como un espectáculo de barraca de feria. Para algunos.
Así es, el rostro almodovariano y berlanguiano de nuestra academia nunca ha sido del gusto de todos, probablemente desde que Pilar Miró ligara el destino de su oficio al de otros compatriotas europeos, reconvirtiéndolo en una motivación más ilustre, universal, que dejara atrás la censura del antiguo régimen franquista y la continuidad del cine del destape, las comedias de Fernando Esteso y la boina de Paco Martínez Soria. Cambio de época, cambio de tendencia. La victoria socialista de Felipe González y la entrada legislativa de los nuevos aires en el séptimo arte, impulsados por la tenacidad escurridiza de Miró entre bambalinas ministeriales, fueron dos hechos más o menos coincidentes en el tiempo que muchos no le perdonarían a la directora de El crimen de Cuenca, y la asociarían a una tendencia izquierdista o «progre» que se terminaría enquistando en una suerte de componente o condición sine qua non para poder hacer y rodar cine en España. Pero la realidad es que para hacer películas nadie pide un carné de militancia a nadie, en ninguna parte, y puede que esto sea lo mejor del arte de contar historias desde el cinematógrafo con el que los Lumière bendijeron o reinventaron la historia (el milagro no se haría hasta llegar Dreyer y su palabra).
Curiosa o no tan curiosamente, las producciones oligopólicas de Mediaset y Atresmedia suelen arrasar en taquilla, a diferencia del famoso dato que habla de un 40% de filmes procedentes de incubadoras más modestas, que apenas alcanzan el centenar de espectadores. ¿Lo más patriótico no sería interesarnos más por los «obreros »del cine antes que por los gigantes? Claro, pero es que la gente tiende a considerarse antes nacionalista que patriota, y la confusión entre ambos conceptos es lo que pierde y le pierde a este pequeño gran país que nos ha visto nacer. Sin extender mucho el mapa ni abarcar mucha distancia, se puede comprobar fácilmente que nuestros vecinos franceses lo tienen claro: unos 1.340 millones de euros en producción (para que luego digan que los doscientos millones en ayudas públicas de los últimos tiempos sean excesivos). Puestos a comparar, y siguiendo la lógica de los detractores que están en contra de esas ayudas específicas, la República francesa nos supera considerablemente en términos de gasto e inversión. Y eso que en Francia no gobiernan los rojos, aunque ganaran las últimas elecciones luego atajadas nocturnamente por Macron.
Ayer se emitieron los Goya, religiosamente vistos un año más por un servidor. Los estrenos del 2024 pusieron complicada la hazaña de superación a los del último despedido, que son los que se han recompensado y reconocido en la gala recientemente celebrada. Sin embargo, el fenómeno beduino llamado Sirat y el evangelio ateo de Los domingos superaron las expectativas dentro y fuera de nuestras fronteras, sin olvidar Romería de Carla Simón, a quien le debe muchísimo la última década de ficción catalana y española, y La buena letra de Celia Rico, probablemente mi favorita y probablemente también una de las menos escuchadas. En mi opinión, Los domingos adelantó la racha un poco inflada mediáticamente de Sirat en la última media hora de premios, creo que merecidamente, porque la primera es una película que ha despertado la curiosidad consensuada tanto de ateos como de devotos, si bien considero que el guión no ha sido del todo comprendido por la mayoría de las publicaciones que he tenido ocasión de leer en los medios, pues no es una película religiosa, es una película sobre la fe, con una conclusión más escéptica hacia las motivaciones de convento de lo que puede antojarse en primera instancia. Por otro lado, Sirat puede parecer una película propia de la actualidad, quiere ser muchas cosas a la vez pero no termina de actuar con consecuencia para consigo misma, la segunda parte del filme se olvida de la precedente y termina apostando por un salto al vacío poco normativo que tiene por virtud y por defecto la misma cosa: la temeraria pretensión juvenil de trascender. Aunque siendo los Goya, claro, las capacidades de las películas no fueron las únicas protagonistas del debate público.
Yo me quedo con el canto a Serrat interpretado por el enlace escénico de Luis Tosar y Rigoberta Bandini, pese a ser consciente de que en esto no puedo ser objetivo porque el primero es uno de mis actores preferidos y la segunda, Paula Ribó, fue actriz de doblaje antes de ser cantante de seudónimo en una de las animaciones de mi infancia, El viaje de Chihiro. También me quedo con el precioso guiño dedicado a Antonio Flores por parte de su hija Alba, cuando Alba subió al escenario para recoger el premio en honor a su largometraje de introspección familiar, luego contagiando su emoción al ritmo de la canción que no dudaría en no usar la violencia nunca más. Por último, por supuesto, la rumba barcelonesa de Gato Pérez que versionó Bad Gyal entre iconografía underground y camisetas sindicalizadas por la vivienda (durante ese directo me reencontré con mis años de estudios fílmicos en Barcelona entre idas y venidas ferroviarias desde Reus).
Hay quien echó en falta la mención explícita de ETA al verbalizar las palabras de Borau sobre el uso de la violencia, en referencia a la intervención pronunciada por boca del mismo Tosar. Y es probable que haya algo de razón en pensar eso, en pensar que las siglas de ETA no tienen por qué omitirse por muy extinguida que esté la organización, pero entonces, al mismo tiempo, estaremos dando la razón a todos los que pensamos que la fiesta del cine representada por la ceremonia de los Goya no tiene por qué esconder los libres posicionamientos políticos y las libres declaraciones políticas. ¿Por qué deberíamos elegir entre condenar unas violencias u otras cuando se pueden condenar todas ellas si han generado idéntico o parecido sufrimiento? La cuestión es que, afortunadamente, casi toda la sociedad española está a favor de condenar tanto la violencia sionista como la etarra, venga de Palestina o de Euskadi. Yo creo que nos deberíamos quedar con esa idea, durante los Goya y después de los Goya. Aunque solo sea para unirnos por lo menos un poco. A ver si le vamos a gustar a Susan Sarandon más que nosotros a nosotros mismos.
Atentamente: este es un sentido homenaje a los Goya y a la farándula española.
Comentarios