La evaluación, en sus diferentes formas de medición, seguimiento, control, etc. ha cobrado un protagonismo absoluto en nuestras sociedades, hasta tal punto que se ha convertido en una actuación considerada fundamental para conseguir el éxito en la vida.
La educación no es ajena ni constituye ninguna excepción a esta tendencia social.
De la mano de este protagonismo de la evaluación han surgido todo tipo de herramientas para registrar y controlar nuestras vidas, fuertemente impulsadas por el desarrollo tecnológico y más recientemente por las posibilidades de la inteligencia artificial. Así, desde aplicaciones informáticas que miden tu «rendimiento» en la práctica de un deporte —ya sea profesional o amateur—, y que permiten compartir online tus resultados, para después compararlos con los de otras personas y analizarlos minuciosamente. Hasta herramientas informáticas que registran y hacen un seguimiento de las tareas en el trabajo: tiempos, frecuencias, ausencias, productos y resultados, etc.
Autores como el francés Michel Foucault (1926-1984) o el coreano-alemán Byung-Chul Han han denunciado esta tendencia al control y a la autoexplotación como un ejemplo del sujeto individualista. Un sujeto que mediante calculadas inversiones en sí mismo, busca la consecución de sus metas en el marco de una sociedad que toma como modelo de veridicción el ejemplo del mercado y el funcionamiento de las empresas (exitosas).
La educación no es ajena a esta tendencia y seguramente ha tenido un rol activo en su impulso. Siendo al mismo tiempo campo de pruebas para la implementación y desarrollo de buena parte de estas tecnologías de control y evaluación, que posteriormente han dado el salto a otras esferas de la vida.
Mecanismos de evaluación cada vez más minuciosos y sofisticados que posan la mirada en todos los elementos que componen el funcionamiento de las instituciones educativas. Desmenuzando los procesos de funcionamiento en diferentes ítems e indicadores que monitorean el funcionamiento de las instituciones educativas en cualquiera de sus niveles.
Plataformas informáticas donde subir la información requerida, documentos y formularios que cumplimentar donde se registra el trabajo en el aula, fichas donde establecer la planificación educativa siguiendo un modelo determinado y una terminología burocrática, guías docentes en la universidad, páginas moodle etc. La panoplia de instrumentos tecnológicos dirigidos al registro, control y medición de la acción educativa es interminable.
Así como la lógica evaluativa impregna de manera cada vez más profunda todas las dimensiones de la vida educativa y de la vida humana por extensión, los instrumentos y técnicas de evaluación se vuelven a su vez cada vez más complejos técnicamente y cada vez más difíciles de comprender por parte de los educadores y de la propia ciudadanía.
En educación el caso de los informes PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), pero también los sistemas de evaluación y de rankings internacionales de universidades, o los sistemas de evaluación de la universidad y del profesorado universitario en España, la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación y Calidad), es paradigmático del protagonismo omnipresente de la evaluación y de su creciente complejidad tecnológica. Así, a medida que el instrumento de evaluación se vuelve más complejo y difícil de entender, comenzamos a perder de vista, nos fijamos menos, en lo que supuestamente ese instrumento está evaluando. ¿Qué entendemos por educación? ¿Cuál es el sentido de la educación? ¿Cuál debería ser el rol de la educación en la sociedad? ¿Qué es la excelencia universitaria? ¿Qué es la calidad educativa? ¿Qué entendemos por productividad académica? Y así un largo etc. Preguntas clave para comprender cómo funcionan los sistemas de educación y que los mecanismos tecnocráticos de supervisión y evaluación en educación, oscurecen y secuestran del debate de la ciudadanía, limitándolo al «campo de los expertos».
No hay que profundizar en la complejidad tecnológica de las técnicas de evaluación, sino lo que hay que hacer es retomar su naturaleza político-democrática. Puesto que corremos el riesgo de que al dedicar tanta atención al dedo que señala, perdamos de vista lo realmente importante: hacia dónde y a qué está apuntando ese dedo.
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