«Habló de puta la tacones», «zorra», «perra», «warra» (así con «w»)… Además —claro—, de los clásicos «charo», «feminazi» o referencias varias al físico. Son sólo algunos de los insultos que cualquier mujer de las que nos dedicamos al activismo recibimos a través de las redes en una semana normal. Una de las tranquilas. Luego están las amenazas más o menos sofisticadas. El «ten cuidado por la calle», «a ver si te va a pasar algo» u «ojalá te hagan…» esto o lo otro.
Y no termina ahí. Siempre cabe también la posibilidad de despertarte un día con un mensaje de tu hermano, tu pareja o una amiga, avisándote de que han utilizado alguna de tus imágenes para suplantar tu identidad. Han creado cuentas falsas con fotos robadas o le han puesto tu jeta a un cuerpo desnudo hecho con inteligencia artificial. Los mecanismos cambian pero el fondo sigue siendo el mismo; mujeres, no opinen, no se quejen, no denuncien. No molesten. El feminismo está recuperando derechos y arrebatando privilegios. El machismo lo sabe e intenta desafiar las estadísticas y combatirlas con estrategias que invisibilizan el sufrimiento de las víctimas y el de sus familias.
Técnicas que niegan la desigualdad, la discriminación y el abuso. Que llenan de ruido el debate público mientras, gota a gota, día a día, las redes provocan daños irreparables en miles de mujeres, de niñas menores de edad. Una cosa aún más inquietante que el exabrupto aislado es el coro. Ese comentario machista que se ve arropado por risas digitales, fueguitos y aprobación en cadena. La democratización de la cobardía. El linchamiento convertido en espectáculo y algoritmo. Cuanto más cruel sea, cuando más profundo duela, más visible será. Y así, gota a gota, día a día, miles de mujeres y niñas, aprenden a tener que medir cada palabra que publican, cada foto que suben, cada opinión que vierten. Y así, el espacio público, que prometía ser más amplio, se encoge.
Las redes sociales son una plaza que cada día construimos entre todos y todas, con mensajes tras los cuales siempre hay alguien que vota o que educa a nuestros hijos e hijas. Nadie espera abrir el móvil y encontrarse un ágora escrupulosa y equilibrada. Solo señalamos que las redes, como reflejo que son de nuestras sociedades (o al menos de un parte importante de ellas), actúan como un espejo que descubre nuestras miserias. Y en ese escaparate implacable de mezquindades, el machismo siempre revela nuestra peor versión. Una que se cuela y avanza de forma peligrosa y destructiva.
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