Legalidad internacional, multilateralismo y responsabilidad democrática ante una escalada global incierta
14 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La paz como fundamento del orden internacional
Tras las devastaciones de la primera mitad del siglo XX, la comunidad internacional comprendió que la guerra no podía seguir siendo un instrumento legítimo de resolución de conflictos entre Estados. De esa convicción nació el sistema jurídico internacional contemporáneo, cuyo pilar central es la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza en las relaciones internacionales salvo en supuestos muy concretos como la legítima defensa o la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas.
Este principio no constituye una simple declaración de intenciones. Representa un esfuerzo civilizatorio para sustituir la lógica de la violencia por la primacía del Derecho. Defenderlo no implica ignorar los conflictos del mundo ni justificar regímenes autoritarios, sino afirmar que incluso ante las situaciones más complejas deben prevalecer las normas internacionales y los mecanismos diplomáticos.
La paz no es una ingenuidad política: es el logro más exigente de la inteligencia colectiva de la humanidad.
Las lecciones de la historia reciente
La experiencia contemporánea demuestra que cuando el Derecho Internacional se debilita, las consecuencias suelen ser devastadoras. Un ejemplo paradigmático fue la invasión de Irak en 2003, impulsada por George W. Bush y respaldada por el gobierno español de José María Aznar. Aquella intervención militar se justificó en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva que nunca llegaron a encontrarse.
La conocida Cumbre de las Azores simbolizó entonces una profunda fractura internacional y abrió un periodo de gran inestabilidad en Oriente Próximo. Las consecuencias humanas, políticas y económicas de aquel conflicto fueron extraordinariamente graves.
En España, aquella decisión se vio trágicamente vinculada al Atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que dejó 193 víctimas mortales y cerca de dos mil heridos. Este episodio marcó de forma indeleble la conciencia colectiva del país y reavivó el debate sobre la responsabilidad política en la participación en conflictos internacionales.
La historia enseña así una verdad incómoda: cuando se abre la puerta de la guerra, nadie puede prever cómo ni cuándo se cerrará.
La guerra como instrumento de poder geopolítico
Las intervenciones militares contemporáneas suelen presentarse públicamente bajo narrativas legitimadoras: defensa de la democracia, lucha contra el terrorismo o protección de los derechos humanos. Sin embargo, el análisis histórico y geopolítico revela que muchos conflictos responden también a complejas disputas de poder, intereses estratégicos y control de recursos energéticos o rutas comerciales.
Las tensiones impulsadas en la actualidad por líderes como Donald Trump o Benjamin Netanyahu vuelven a situar al mundo ante un escenario de enorme incertidumbre. En regiones especialmente sensibles, donde confluyen intereses de potencias como China o Rusia, los conflictos dejan de ser episodios aislados para convertirse en piezas de una disputa geopolítica mucho más amplia.
Cuando la geopolítica sustituye al Derecho Internacional como principio rector de las relaciones entre Estados, el resultado suele ser siempre el mismo: más inestabilidad, más sufrimiento humano y un mundo más inseguro.
España y el valor del multilateralismo
En este escenario complejo, la posición de España adquiere una relevancia particular. Como miembro de la Unión Europea y participante activo del sistema de Naciones Unidas, nuestro país ha apostado tradicionalmente por el multilateralismo, la diplomacia y la defensa del Derecho Internacional como ejes de su política exterior.
Este enfoque no responde únicamente a convicciones jurídicas o morales. También obedece a una lógica estratégica. En un sistema internacional dominado por grandes potencias, los Estados de tamaño medio encuentran en las instituciones multilaterales el principal instrumento para garantizar estabilidad y seguridad.
Por ello, la prudencia diplomática y la insistencia en soluciones negociadas no deben interpretarse como debilidad política, sino como una apuesta racional por la estabilidad internacional y la prevención de conflictos.
Incertidumbre global y responsabilidad ciudadana
Las tensiones geopolíticas actuales están generando un clima de preocupación comprensible en amplios sectores de la sociedad. Las guerras modernas no solo se desarrollan en el terreno militar; también tienen efectos inmediatos sobre la economía global, los mercados energéticos y la estabilidad financiera.
El encarecimiento del petróleo, la volatilidad de los mercados o las interrupciones en las rutas comerciales terminan afectando directamente a la vida cotidiana de los ciudadanos: inflación, aumento del coste de la energía, del transporte o de los alimentos. La guerra en Irán provoca la mayor subida diaria del euríbor en 18 años. El índice de referencia para las hipotecas escala 18,5 puntos básicos en un solo día, el segundo salto más abrupto de la historia, y se sitúa en el 2,552%
Ante esta situación, la respuesta social no debe ser el miedo ni el alarmismo, sino la prudencia informada. Las democracias cuentan con instrumentos institucionales y económicos para afrontar periodos de incertidumbre, pero esa estabilidad exige también una ciudadanía crítica, bien informada y comprometida con los valores democráticos.
La guerra, además, revela con frecuencia una verdad incómoda: las decisiones que la desencadenan se toman en centros de poder lejanos, mientras que sus consecuencias humanas y sociales recaen sobre los ciudadanos comunes.
Elegir entre la fuerza o la razón
El mundo atraviesa una etapa de profundas tensiones geopolíticas en la que resurgen viejas tentaciones: el unilateralismo, la política de bloques y la primacía de la fuerza sobre la ley. Frente a esa deriva, la defensa de la paz exige recuperar los principios que inspiraron el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial: legalidad, cooperación y multilateralismo.
La alternativa es clara. O avanzamos hacia un sistema internacional basado en normas compartidas o regresamos a una lógica de confrontación permanente entre potencias.
Las guerras comienzan cuando la política abandona el Derecho; la paz empieza cuando las naciones deciden someter el poder a la ley.
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