Dentro de cuatro se cumplirán los 500 años de la redacción de los <<Ricordi. Consejos y advertencias para la vida civil y política>>, de Francesco Guicciardini, embajador florentino en España (donde empezaría a redactarlos en 1512 y los terminaría en Roma en 1530: en total, 221 consejos y advertencias sobre el arte de la política) y hombre de confianza de los Medici y del Estado Pontificio. Sin llegar a ser una obra del calado y repercusión que su amigo Maquiavelo alcanzó con <<El Príncipe>>, el escrito de Guicciardini es fundamental para comprender cómo el humanismo renacentista saltaba por los aires en la primera mitad del siglo XVI en favor de unos valores cimentados en la utilidad, el egoísmo y la fuerza bruta del poder que, en definitiva, es lo que está ocurriendo en la actualidad, 500 años después.
Para hacerse una idea de la desesperanza que embargaba al intelectual florentino ante el cambio de paradigma, escribe en el <<Ricordi>> 134: «Pero la naturaleza humana es tan frágil y son tan frecuentes las ocasiones que invitan a hacer el mal, que los hombres se dejan desviar del bien con facilidad». Léase bien: «tan frecuentes las ocasiones que invitan a hacer el mal» en tiempos donde los clásicos griegos y romanos eran merecedores de respeto. Y compárese con el presente, donde los clásicos son, ya no respetados, sino tenidos por imbéciles en el Occidente que ellos mismos cimentaron, y el Renacimiento y la Filosofía Moral son considerados procesos enturbiadores de los deseos más atroces de los <<príncipes>> del momento, desde el golfo Pérsico al golfo de México (¿o será de América?), tiempo presente en que «las ocasiones que invitan a hacer el mal» son tantas y tan devastadoras que las pretéritas enmudecen.
Florencia era en el siglo XV una república donde al esplendor de su arte y cultura se unía con más frecuencia que en el pasado y en el inmediato futuro el respeto a los derechos ciudadanos a través de un autogobierno ponderado, o muy próximo a la ponderación. Sin embargo, al igual que otros Estados itálicos, las ambiciones de gobernantes, convertidos en ocasiones en tiranos, caso de Cosimo de Medici, y el ímpetu del imperialismo español (también el francés), que, con las Guerras de Italia, se hizo con el control de casi toda la península, cercenaron este período de libertad. La Historia Moderna, pues, empezó y se desarrolló con la hegemonía sobre territorios ajenos de los imperios, que al español y al francés siguió el holandés y el británico. Los fundamentos del saber, desde Tales de Mileto y Tucídides hasta Cicerón y san Agustin, iniciaron su decadencia.
Guicciardini, en su texto, nos habla de la decadencia de la fe en la razón y en la naturaleza humana en cuanto dadora de bien, del bien común y del respeto por la dignidad del hombre que les propusieron los antiguos, que se puede condensar en el escudriñamiento y demanda de una filosofía del alma sana. En consecuencia, al mismo tiempo, el patricio florentino nos señala el nuevo panorama que se enraíza: el pesimismo, y cómo afrontarlo para sobrevivir, aunque sea por medio del engaño y las malas artes. Porque, en definitiva, la noción de la Historia como <<magister vitae>> acababa de ser amortajada. Las pasiones y la arbitrariedad de la fortuna desnudan al hombre que sale del Renacimiento y entra en un período histórico aterido por esas circunstancias y el sentimiento de tragedia (este sería mucho después abordado por Unamuno, que añade la vertiente religiosa. En el <<Ricordi>> 161 se lee: «Cuando considero a cuántos accidentes y peligros de enfermedad, de azar, de violencia, y de infinitos modos, está sometida la vida del hombre, cuántas cosas deben suceder a lo largo de un año para que la cosecha sea buena, nada me maravilla más que ver un hombre viejo o un año fértil».
A pesar de esta desazón transcendental, Guicciardini apela a conseguir alguna certeza para sobrellevar «la oscuridad de las cosas», y una de las principales es el arte de la discreción. Así en el <<Ricoridi>> 2, aborda cómo el príncipe debe alcanzar la confianza de sus embajadores por medio de la medida de la discreción (qué decirles y qué no a los embajadores acerca de los asuntos que les encomienda abordar con otros príncipes) y también del conocimiento del príncipe respecto a la discrecionalidad de sus súbditos principales, en un mundo agitado por las traiciones, la mutación constante, que obliga a diferenciar entre lo accidental y lo esencial- Para fundamentar este principio, Guicciardini recoge estas palabras de su admirado Dante, uno de los padres del Renacimiento: «De igual forma que la parte sensitiva del alma tiene sus ojos, con los cuales capta la diferencia entre las cosas por sus colores externos, así la parte racional tiene su vista, con la cual capta la diferencia entre las cosas por el fin al que están destinadas: eso es el discernimiento (<<Banquete>>)». El discernimiento es lo más pertinente para alejar la pasión de la razón, la codicia del juicio (aquí, el caso por antonomasia hoy es Donald Trump: el imperialismo carnicero de EE.UU., sucesor del británico, y encarnado en un ego demencial, heredero del de Leopoldo II de Bélgica, por poner a uno de tantos que pulularon por la Historia Contemporánea y que fue alegóricamente recogido por el inmortal libro de Joseph Conrad <<El corazón de las tinieblas>>, cuya adaptación más aclamada fue la película de Ford Coppola <<Apocalyse Now>>, con el personaje central de Kurtz como enganche de dos matanzas <<apocalípticas>>, la del Congo belga y la de Vietnam). Es, en resumen, la desconfianza de Guicciardini en los ideales grandiosos del hombre, que oculta sus intereses bajo el mando de esos ideales grandiosos. <<Ricordi>> 66: «No creáis a quienes predican la libertad con pasión, pues casi todos, o más bien sin excepción, persiguen intereses particulares», un <<ricordi>> que nos recuerda de inmediato al siniestro personaje que habita en el palacio de Sol y en el palacete de Chamberí.
Montaigne, concienzudo lector de los clásicos y de sus contemporáneos renacentistas, escribe esto sobre Guicciardini: «Heme percatado, también en esto: que todos los espíritus y hechos que juzga [nuestro florentino], de tantos impulsos e ideas, jamás relaciona alguno con la virtud, la religión o la conciencia, como si estas hubieran sido borradas del mundo (<<De los libros>>)». La realidad del «nuevo orden», como ahora gusta decir a los villanos sepultureros de la legalidad internacional, hace que el diplomático de los Medici hable del «arte de gobierno» en el sentido de que toda acción debe ser útil para los intereses de los patricios (Maquiavelo, aunque en esta línea, «el fin justifica los medios», que no obstante no aparece en <<El Príncipe>>, sino en una anotación de Napoleón en su lectura del texto del italiano, estaba, tras sus pretendidos consejos a los príncipes, mucho más cercano al gobierno del pueblo). De esta manera, Guicciardini daba la vuelta a la proposición de Cicerón (<<Sobre los deberes>>) de que lo justo prima sobre lo útil. Así, en el <<Ricordi>> 48: «Los Estados no se conservan respetando la conciencia», una apelación a utilizar las herramientas que sean necesarios para la consecución de un fin útil, alejado de todo humanismo, precisamente el que estaba siendo reemplazado en las repúblicas italianas en la primera mitad del XVI por el realismo político. O sea, la decapitación de la conciencia, la decapitación de los valores universales.
Aunque menos propenso que Maquiavelo a un régimen democrático, Guicciardini trata de nadar entre las aguas del bien público y las de la tozudez de los hechos. <<Ricordi>> 220: «Cuando la patria cae en manos de un tirano, creo que es deber de todo buen ciudadano intentar estar cerca de ellos para persuadirles de hacer el bien y conjurar el mal. Ciertamente, a la ciudad le interesa que los hombres de bien siempre tengan autoridad. Y aunque los ignorantes y los facciosos de Florencia lo han entendido siempre de otro modo, se darían cuenta de lo terrible que sería un gobierno de los Medici si no hubiera a su alrededor otra cosa que necios y malvados». De donde surge impetuosa el siguiente interrogante: ¿Hay buenos ciudadanos alrededor de Trump y Ayuso o los que hay son «los ignorantes y los facciosos»? Aquí, otra vez, el magisterio de Tucídides que, en <<Las guerras del Peloponeso>> apunta: «Creemos que los dioses y los hombres (en el primer caso supuesto se trata de una opinión y en el segundo de una certeza) imperan siempre, en virtud de una ley natural, sobre aquellos a los que superan en poder. Nosotros no hemos establecido esta ley, ni la hemos aplicado los primeros: ya existía cuando la recibimos y habremos de dejarla como legado para la posteridad».
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