Identidades en mutación: entre la autonomía personal, la salud mental y la responsabilidad colectiva

OPINIÓN

¿Se habla demasiado de salud mental? Varios expertos analizan la situación que atraviesan los problemas psicológicos.
¿Se habla demasiado de salud mental? Varios expertos analizan la situación que atraviesan los problemas psicológicos.

Una reflexión jurídica y social sobre el fenómeno therian, las identidades emergentes y los riesgos de banalización en tiempos de polarización.

I. El fenómeno Therian y las identidades trans-especie: origen y contexto

En los últimos años ha adquirido visibilidad el fenómeno denominado therian o identidad trans-especie, referido a personas que manifiestan una identificación profunda —simbólica o subjetiva— con determinados animales no humanos. Aunque su expresión pública es reciente y amplificada por redes sociales, sus antecedentes culturales pueden rastrearse en tradiciones totémicas, narrativas espirituales y expresiones mitológicas ancestrales.

Desde el punto de vista jurídico, el análisis exige precisión conceptual. El ordenamiento reconoce personalidad jurídica exclusivamente a los seres humanos; cualquier alteración de esa premisa comprometería la arquitectura básica del sistema civil y constitucional. Ahora bien, no toda autoidentificación simbólica comporta una pretensión normativa. En la mayoría de los casos nos encontramos ante manifestaciones culturales o expresivas sin efectos jurídicos.

II. Moda generacional y experimentación identitaria

El fenómeno therian presenta, con alta probabilidad, los rasgos característicos de una moda generacional pasajera: búsqueda de singularidad, necesidad de pertenencia a microcomunidades y experimentación identitaria propias de etapas evolutivas aún no consolidadas. No es la primera vez que ocurre. En décadas anteriores se estigmatizó a tribus urbanas como los emos, los góticos o los punks; más recientemente, diversas estéticas digitales han emergido y desaparecido con similar rapidez. La juventud, por definición, explora y exagera; forma parte del proceso de maduración.

Lo verdaderamente llamativo no es esa exploración simbólica —que no comporta daño objetivo ni amenaza estructural—, sino la desmesura de quienes reaccionan con dramatismo apocalíptico ante conductas inocuas mientras minimizan o justifican fenómenos socialmente lesivos. Resulta paradójico que se alarme a la opinión pública por adolescentes que se identifican simbólicamente con animales —sin maltratarlos ni explotarlos— y, al mismo tiempo, se normalicen prácticas como la tauromaquia subvencionada, donde el sufrimiento y muerte animal constituye espectáculo; o que resurjan con orgullo etiquetas autoritarias y negacionismos de la violencia de género o del cambio climático; que amalgaman la autoridad política con la científica, la sanitaria y la mediática; negacionismo vacunal; negacionismo de la ciencia y la medicina y promotores de la pseudociencia; negacionistas de la esfericidad de la Tierra; discursos conspiranoicos, xenófobos, homófobos o racistas que sí erosionan derechos fundamentales y cohesión social.

La verdadera inmadurez colectiva no radica en quien juega simbólicamente a ser diferente, sino en quien trivializa el daño real y convierte la exclusión en identidad política.

III. Idenetidad de género, salud mental y delimitación conceptual

El debate suele entremezclarse con la cuestión de la identidad de género. Conviene subrayar que la transexualidad cuenta con respaldo científico, reconocimiento internacional y desarrollo normativo consolidado. No puede equipararse técnicamente a la identidad trans-especie, cuyo fundamento clínico y jurídico es inexistente.

El respeto a la dignidad humana obliga a combatir cualquier discriminación por razón de sexo, orientación o identidad de género. Pero esa defensa exige rigor. No todo fenómeno emergente requiere reconocimiento normativo automático; tampoco todo proceso identitario constituye patología. El criterio debe ser la evidencia científica y la protección efectiva de derechos, especialmente cuando intervienen menores.

La salud mental infantojuvenil merece atención prioritaria. El acompañamiento profesional, cuando proceda, debe realizarse sin estigmatización y con prudencia clínica. Convertir cualquier conducta minoritaria en escándalo público solo contribuye a la polarización.

IV. Instrumentalización política y alarma social

El fenómeno therian no constituye una agenda programática estructurada en partidos con representación institucional. Sin embargo, su utilización discursiva como ejemplo de «degeneración cultural» o «excesos identitarios» suele ser instrumentalizada por sectores ideológicos de carácter ultraconservador o reaccionario.

En el contexto de España, esta retórica aparece con mayor frecuencia en el entorno político y mediático vinculado a la derecha radical, como ocurre en determinados discursos asociados a Vox, donde se integra en una narrativa más amplia de crítica a las políticas de diversidad. A escala europea pueden observarse dinámicas semejantes en formaciones nacional-populistas como el Rassemblement National en Francia.

Conviene matizar que el fenómeno no ocupa un lugar central en sus programas; funciona más bien como recurso simbólico dentro de una narrativa cultural sobre una supuesta «crisis civilizatoria». Desde un análisis técnico, la amplificación de fenómenos marginales cumple una función estratégica: simplifica debates complejos, genera alarma moral y moviliza emocionalmente a determinados electorados. Su relevancia política radica más en el relato construido que en la magnitud real del hecho.

V. Proporción, prioridades y responsabilidad colectiva

En una sociedad donde persisten la corrupción, la violencia de género, la violencia vicaria y los abusos a menores, el foco mediático sobre identidades simbólicas minoritarias resulta desproporcionado. Las políticas públicas deben priorizar la prevención del daño real y verificable.

Las personas que se identifican como therian no constituyen un problema estructural ni generan una amenaza sistémica. La reacción social desmesurada revela más sobre nuestros miedos colectivos que sobre la entidad objetiva del fenómeno. Mientras algunos anuncian la decadencia definitiva de la civilización, los verdaderos desafíos siguen siendo la desigualdad, el deterioro ambiental y la erosión de la convivencia democrática.

Así los auténticos y transcendentales retos de nuestra época no se encuentran en identidades simbólicas marginales, sino en retos estructurales que afectan a la supervivencia, dignidad y progreso de la humanidad.

En primer lugar, la enfermedad continúa siendo una de las grandes fronteras pendientes. La lucha contra el cáncer, las patologías neurodegenerativas, las enfermedades raras o las pandemias exige más inversión en investigación biomédica, prevención y tratamientos accesibles universalmente. La ciencia —no la retórica— es el instrumento decisivo para aumentar la esperanza y la calidad de vida.

En segundo término, el hambre y la inseguridad alimentaria siguen afectando a millones de personas en un planeta con capacidad productiva suficiente. No se trata de escasez absoluta, sino de desigualdad en la distribución, conflictos armados y modelos económicos excluyentes.

Las guerras constituyen otro fracaso colectivo persistente. Los conflictos armados no solo destruyen vidas, sino generaciones enteras de oportunidades. La diplomacia multilateral, el fortalecimiento del derecho internacional y la reducción del comercio de armas son imperativos éticos y jurídicos.

La salud mental merece mención específica. La depresión, la ansiedad, el estrés y los trastornos derivados del aislamiento, el trabajo o la precariedad se han convertido en una epidemia silenciosa. Requieren políticas públicas robustas, prevención temprana y desestigmatización.

Finalmente, la prolongación de la esperanza de vida con calidad —e incluso los debates científicos sobre longevidad extrema o hipotética inmortalidad biotecnológica— plantean interrogantes éticos y sociales de enorme calado. No se trata de fantasía, sino de investigación en genética, medicina regenerativa e inteligencia artificial aplicada a la salud.

En suma, el horizonte de progreso humano se juega en la ciencia, la justicia social y la cooperación global. Lo demás, con frecuencia, es ruido.

VI. Conclusión

El desafío contemporáneo no es decidir si alguien puede sentirse lobo, águila, animal acuático o felino. El verdadero reto consiste en preservar un marco jurídico sólido, proteger la salud mental sin estigmatizar y combatir con firmeza las conductas que sí lesionan derechos fundamentales. «La libertad auténtica no consiste en multiplicar etiquetas, sino en garantizar que ninguna identidad sirva de coartada para erosionar la razón y el derecho.»

Entre el dogmatismo y la burla existe un espacio de racionalidad serena. Es ahí donde debe situarse el análisis si aspiramos a defender, con coherencia, la dignidad humana y el Estado social y democrático de Derecho. «Una sociedad madura no teme a las minorías simbólicas; teme, con razón, a las mayorías que banalizan la justicia.»