Guerra, energía y poder: el coste económico que asume la ciudadanía

OPINIÓN

Pedro Sánchez, en una comparecencia en el Congreso
Pedro Sánchez, en una comparecencia en el Congreso SERGIO PÉREZ | EFE

28 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Un paquete de 80 medidas y 5.000 millones intenta contener la crisis, mientras los mercados energéticos y los grandes actores económicos amplifican sus beneficios. La reciente aprobación por el Gobierno de España de un paquete de 80 medidas dotado con 5.000 M€ para hacer frente a los efectos económicos de la guerra en Oriente Medio responde a una lógica de intervención urgente ante un shock externo de gran magnitud. El encarecimiento del petróleo, derivado en gran parte de la inestabilidad en enclaves estratégicos como el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial—, ha provocado una subida abrupta de los precios energéticos y, en consecuencia, del coste de la vida.

Desde una perspectiva de política económica, este paquete se inscribe en la continuidad de los denominados “escudos sociales”, concebidos como instrumentos de contención frente a crisis sistémicas. Sin embargo, su análisis exige ir más allá de la mera descripción normativa para abordar su impacto real y sus implicaciones estructurales.

I. Un escudo social de carácter paliativo

El núcleo de las medidas aprobadas se articula en torno a tres grandes ejes: rebajas fiscales, ayudas directas y protección social. Entre las más relevantes destacan: Reducción del IVA de carburantes, electricidad y gas del 21% al 10%, rebaja de impuestos energéticos y suspensión de determinados gravámenes eléctricos, ayudas directas de 20 cts/l a sectores estratégicos como transportistas, agricultores y pescadores, refuerzo del bono social eléctrico y congelación de precios en determinados suministros básicos, limitación de despidos en empresas beneficiarias de ayudas públicas.

Estas medidas buscan aliviar el impacto inmediato sobre aproximadamente 20 millones de hogares y tres millones de empresas.No obstante, su naturaleza es claramente reactiva y temporal. No abordan las causas estructurales del problema —la dependencia energética y la inestabilidad geopolítica—, sino que se limitan a amortiguar sus efectos.

II. La repercusión real: entre el alivio y la insuficiencia

El Gobierno ha estimado que la rebaja fiscal podría traducirse en un ahorro de hasta 20 €/depósito de combustible en un vehículo medio.

En términos prácticos:

Amortiguar: el encarecimiento aproximado de 20 €/depósito derivado de la guerra se reduce en unos 8 € gracias a la rebaja fiscal.

Sin embargo, esta reducción no elimina el incremento estructural del coste energético. El ciudadano sigue pagando más que antes del conflicto, aunque algo menos de lo que pagaría sin intervención pública. Además, se plantea un problema clásico en economía regulatoria: la traslación imperfecta de las rebajas fiscales al consumidor final. En sectores como el de las gasolineras, existe el riesgo —históricamente constatado— de que parte de la reducción impositiva no se traduzca íntegramente en menores precios, sino en un aumento de márgenes empresariales.

El propio plan contempla el refuerzo de la supervisión por parte de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) para evitar estas prácticas, lo que evidencia que el riesgo no es teórico, sino real. En consecuencia, el efecto redistributivo de estas medidas puede verse parcialmente neutralizado por comportamientos oportunistas en la cadena de valor.

III. El coste oculto: financiación pública y oportunidad perdida

Desde el punto de vista del Derecho financiero, los 5.000 M movilizados representan un esfuerzo presupuestario significativo que se financia mediante ingresos públicos o deuda. En ambos casos, el coste recae sobre la ciudadanía. Este hecho obliga a plantear una cuestión de fondo: ¿qué políticas alternativas se ven desplazadas? La reasignación de recursos hacia medidas de emergencia implica una menor capacidad para reforzar servicios esenciales como: la sanidad pública, aún tensionada tras la pandemia, el sistema de becas y educación, o los servicios sociales de proximidad. Se produce así un desplazamiento del gasto estructural hacia el gasto reactivo, condicionado por factores externos que escapan al control democrático nacional.

IV. Guerra, mercado y concentración de poder

Mientras las economías domésticas soportan el impacto de la inflación energética, determinados actores económicos globales experimentan beneficios extraordinarios. El incremento del precio del petróleo —que ha superado los 100 $/barril en este contexto— ha generado un entorno favorable para grandes compañías energéticas y fondos de inversión.

Este fenómeno se inserta en una dinámica más amplia de concentración de poder económico en manos de grandes corporaciones y élites tecnofinancieras, especialmente en entornos desregulados. La intersección entre geopolítica, mercados energéticos y grandes intereses privados plantea interrogantes relevantes desde la óptica de la justicia económica y la gobernanza global.

La percepción de que determinados actores anticipan o se benefician de estos escenarios —ya sea mediante inversiones estratégicas o información privilegiada— alimenta una creciente desafección ciudadana hacia las instituciones y hacia un modelo económico percibido como desigual.

V. Responsabilidad política y exigencia ética

En el plano jurídico-internacional, el conflicto plantea serias dudas sobre el respeto al principio de prohibición del uso de la fuerza recogido en la Carta de las Naciones Unidas. La falta de una respuesta firme y coherente por parte de la comunidad internacional contribuye a perpetuar dinámicas que, además de ilegales o discutibles, resultan profundamente lesivas para la estabilidad global. La responsabilidad política no se limita a la gestión de las consecuencias económicas, sino que incluye la obligación de promover activamente soluciones diplomáticas y rechazar cualquier forma de legitimación de la guerra como instrumento de resolución de conflictos.

VI. Resiliencia social frente a incertidumbre estructural

Pese a todo, la sociedad española ha demostrado una notable capacidad de resistencia ante crisis recientes. La pandemia de COVID-19 evidenció la importancia de la cohesión social, la solidaridad y la acción pública coordinada. No obstante, la repetición de “escudos sociales” como respuesta recurrente plantea el riesgo de normalizar un estado de crisis permanente, en el que la política económica se limita a reaccionar ante impactos externos sin abordar las vulnerabilidades estructurales del sistema.

VII. La dimensión autonómica: ¿un escudo social asturiano?

Desde la perspectiva del Estado autonómico, cabe plantear si comunidades como el Principado de Asturias deberían articular medidas complementarias propias que refuercen el impacto del paquete estatal. En el marco de sus competencias —especialmente en materia de servicios sociales, vivienda, consumo y apoyo a sectores económicos—, un eventual “escudo social autonómico” podría focalizarse en colectivos especialmente vulnerables, como pensionistas, familias con rentas bajas o territorios con mayor dependencia del transporte y la energía. No obstante, su viabilidad se encuentra condicionada por la capacidad financiera de la comunidad y por los límites derivados de la estabilidad presupuestaria. En todo caso, la coordinación entre administraciones se revela esencial para evitar solapamientos, maximizar la eficacia del gasto público y garantizar una respuesta más equitativa y cercana a la realidad social del territorio.

En este contexto, no deja de resultar paradójico que determinados sectores de la oposición, manteniendo posiciones ambiguas o incluso complacientes respecto al conflicto, se resistan a respaldar medidas destinadas a paliar sus efectos económicos. Esta disonancia entre el posicionamiento geopolítico y la responsabilidad interna de protección social evidencia una preocupante falta de coherencia institucional, trasladando a la ciudadanía el coste de una confrontación política alejada de su realidad cotidiana. Porque mientras los mercados ajustan cifras y los gobiernos despliegan medidas, la guerra sigue escribiendo su contabilidad más devastadora: no en euros ni en barriles, sino en vidas humanas que se pierden, el único coste que nunca podrá ser amortiguado.