Ahora que estamos a punto de iniciar la Semana Santa, en la que cada cual es libre de vivirla como considere oportuno (desde el fervor católico o como unas breves y merecidas vacaciones) ha saltado a la opinión pública el caso de Noelia Castillo Ramos, una barcelonesa de 25 años que recibió ayer la eutanasia. Esta chica decidió morir dignamente porque, hablando sin tapujos, le jodieron la vida (tuvo una infancia muy complicada y, tras ser víctima de una agresión sexual múltiple, intentó suicidarse lanzándose desde una altura de cinco pisos. No falleció, y a causa de las lesiones que se produjo por el golpe, terminó parapléjica). Defendamos que los derechos no pueden ser pisoteados ni frenados nunca y, menos aún, si los obstáculos son motivados por un trasfondo religioso. Ella cumplía con todos los requisitos establecidos en la ley (tenía plena capacidad [y más que suficiente raciocinio] para decidir su destino, tal y como lo avaló la Comisión catalana de Garantía y Evaluación), pero su sufrimiento se vio alargado veinte meses porque su padre recurrió a la justicia. Estuvo asistido por Abogados Cristianos (una fundación ultra obsesionada en protagonizar circos mediáticos y en difundir bulos), que parece mentira que hayan sido capaces de interrumpir el trámite durante 600 días (acudieron hasta el último juzgado competente, el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que desestimó sus argumentos).
Como espectadores que hemos sido de la entrevista que le han hecho en Antena 3 (en la que explicaba lo que le pasó y su deseo de encontrar la paz y de dejar de tener esos fuertes dolores que sentía) cada cual podrá ponerse en su piel o en el de su familia, pero no olvidemos jamás lo primordial: por encima de todo hay que respetar la petición de Noelia. Nadie es propietario de tu cuerpo, de tu vida y de tu voluntad, así que sea quien sea (incluyendo a sus progenitores) no se le podía prohibir que ayer recibiera la dosis letal (aplicando todas las garantías legales) que solicitó hace dos años. Por pura naturaleza animal es normal que pensemos en agarrarnos a la vida (soy de los que pienso que solo vivimos una vez, así que aprovechemos cada instante como si fuera el último), pero seamos serios y honestos y digamos alto y claro que vivir en un calvario no es humano (cada día que pasaba a esta joven se le incrementaban sus problemas físicos y psíquicos). Nos podremos autoculpar del fracaso colectivo de no haber sido capaces de proteger y cuidar a Noelia de tanto horror en su corta vida, pero como sociedad es obligado que respetemos su libre decisión de poner fin a su sufrimiento. Afortunadamente vivimos en un país moderno y puntero en derechos sociales que aprobó la muerte digna (en vigor desde el 25 junio de 2021) y aunque haya veces en las que lo incomprensible prevalece, al final se ha hecho justicia y ha podido cumplir su deseo.
Me resulta repugnante que se hable de tradición para justificar la pervivencia de una situación incompatible a nuestros tiempos. Estos días ha salido a la luz la votación que se realizó en la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en Sagunto/Sagunt (Valencia/València) en la que por tercera vez se ha vetado la participación de las mujeres en las procesiones (el Gobierno ha iniciado los trámites para revocar la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional a la Semana Santa de la localidad). Parece mentira que en 2026 tengamos que lamentar este tipo de noticias, y más cuando se confirma que los más contrarios son jóvenes (se supone que deberían ser los más críticos con las desigualdades existentes y tener una visión más avanzada, democrática e igualitaria).
Viendo lo visto, puede que algunos sigamos siendo muy ingenuos (al final espero que no esté en lo cierto esa señora que, a la pregunta de un redactor de Telemadrid de si pensaba que había crecido la inseguridad en España, respondió que «sí, porque hay más fachas que nunca»). Es obvio que las discriminaciones han influido y han marcado las tradiciones, pero ello no significa que deban mantenerse en el tiempo y más si va en contra de la actual legislación y de hábitos sociales y modos de pensamiento contemporáneos.
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