El camino de la unidad de acción
OPINIÓN
En las últimas fechas, bien como respuesta a la amenaza de la posible alianza de la derecha con la ultraderecha, bien como reacción lógica ante las negativas consecuencias del ciclo reciente de elecciones autonómicas en el fraccionamiento y debilitamiento de la izquierda, ha reaparecido de nuevo el debate sobre la unidad de la izquierda.
En unos casos, la respuesta ha surgido de líderes políticos y mediáticos como Rufián, pero desde fuera de su organización, Esquerra Republicana; y en otros, desde el seno de las propias organizaciones políticas de la izquierda, con ilusión, aunque no sin desconfianza hacia las intenciones del compañero, haciendo honor a la máxima cínica de que el adversario está enfrente y el enemigo dentro.
Sin embargo, si bien las encuestas muestran una amplia demanda de unidad, la iniciativa social en este sentido es limitada y reducida casi en exclusiva a las organizaciones sindicales.
En todo caso, se trata de un debate que no es nuevo. Podríamos resumirlo en las diferencias ideológicas e identitarias que, desde hace un siglo, provocaron el surgimiento de los diferentes partidos de la izquierda y de sus correspondientes culturas políticas en España. La más conocida es la fractura de la Segunda y Tercera Internacional, que explica en parte las diferencias entre socialistas y comunistas. Otra parte de la diversidad también se encuentra vinculada a la evolución de las denominadas nacionalidades históricas.
La más reciente ha sido la aparición del proyecto populista de Podemos y sus consecuencias dentro de la izquierda transformadora y alternativa a la izquierda del PSOE
Unas diferencias que, sin embargo, no han impedido acuerdos de legislatura y de Gobierno desde el ámbito local al autonómico, y más recientemente en el actual Ejecutivo de coalición.
Se trataría, pues, no solo de mantener el Gobierno, sino también de imprimir la impronta de las izquierdas de la izquierda del PSOE sobre el conjunto de las políticas del Gobierno y, en particular, sobre el modelo social, laboral o de igualdad de género, y ampliarlo a otros ámbitos como la política territorial, ambiental y de política exterior.
La pregunta fundamental es: entonces, ¿por qué la cooperación y el camino de la unidad parecen tan difíciles y el problema no acaba de resolverse? El medio es recuperar la política clásica, entendida como posibilidad de entenderse entre diferentes para dar respuesta a las necesidades de la mayoría, en primer lugar dentro de la izquierda, pero no solo.
Lo primero sería reconocer lo obvio: que el problema viene de lejos y tiene causas profundas, más allá del relato de los conflictos más recientes entre Podemos y Sumar y de sus consecuencias en forma de incompatibilidades colectivas y personales. Pero, ante todo, se trata de recuperar el camino de la unidad de acción en el Parlamento y en torno al Gobierno en estos últimos años de mandato. El primer paso es el acuerdo, la complicidad y la cooperación como base imprescindible para cualquier estrategia unitaria.
Lo mismo podría aplicarse al ámbito autonómico y local, con el añadido de que lo más concreto y cercano a la ciudadanía es el espacio no solo de la recomposición de la unidad de la izquierda, sino de la regeneración de la política y de la revitalización de la democracia.
Más adelante, la solución pragmática hacia las próximas elecciones sería tan sencilla como reconocer la pluralidad y buscar ponerse de acuerdo en un programa básico y en unos candidatos que lo representen sin imposiciones, empezando por las próximas elecciones autonómicas, con la vista puesta en las generales.
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