Nos estamos acostumbrando (más de la cuenta) a que Donald Trump se comporte como un matón, con mensajes tanto orales como escritos en los que utiliza toda clase de exabruptos para amenazar a quien se enfrenta a él. No obstante, en muchas ocasiones sus palabras se han quedado en nada. A veces, aunque sea por casualidad, se establecen curiosas coincidencias entre diferentes idiomas: hay un acrónimo que se ha popularizado y es TACO (‘Trump Always Chickens Out’), que sin traducirlo con tacos en castellano vendría a ser algo así como que Trump siempre se echa atrás. La verdad es que ojalá pudiéramos celebrar el alto al fuego en Oriente Medio y el inicio del restablecimiento de la legalidad internacional, pero en la Casa Blanca están más preocupados en ganar un relato acorde a sus intereses que en reconocer su estrepitoso fracaso. Sin entrar a cuantificar los costes económicos, en Irán no se ha iniciado un cambio político contra el régimen de los ayatolás, las mujeres no son más libres, no se ha suspendido el programa nuclear, no se ha desbloqueado totalmente el paso de barcos por el estrecho de Ormuz (el precio del petróleo y del gas siguen por las nubes) y no hay nada que se parezca en algo a la ‘Operación Resolución Absoluta’ de principios de año en Venezuela (me llama bastante la atención que nadie se acuerde ya de Nicolás Maduro, empezando por la propia Delcy Rodríguez, a la que Estados Unidos le ha levantado todas las sanciones que pesaban sobre ella). La verdad es que reconozco que el martes me fui bastante preocupado a la cama porque, con diferentes hipérboles, Donald Trump dijo que esa noche iba a hacer desaparecer a toda una civilización y los persas iban a volver a la Edad de la Piedra, lo que hubiese supuesto un genocidio y un crimen de guerra contra noventa millones de personas de un plumazo. La recogida de cable del mandatario norteamericano no la ha seguido Netanyahu, que no ha cesado en ordenar que el ejército israelí continúe con los bombardeos en El Líbano (atacando a ciudades repletas de civiles, a los que ni siquiera les avisa previamente). Es tan terrible todo lo que está pasando que me ha dejado muy mal sabor de boca conocer la historia de un niño de 14 años, de nacionalidad iraní y que vive en Madrid, al que Estados Unidos le ha denegado el visado para que participe en un programa educativo en la sede de la ONU de Nueva York por posible peligro terrorista. Es inaceptable e impresentable estos episodios en una democracia.
Esta semana han empezado dos juicios que van a marcar las agendas mediáticas y que nos van a dejar muy mal sabor de boca a quienes tenemos un escrupuloso respeto y consideración por lo público, por las instituciones y por la política. Son dos casos muy turbios, de los que da mucho asco y rabia que se hayan producido. En la Audiencia Nacional se sienta en el banquillo la cúpula del Ministerio del Interior de la época de Mariano Rajoy (con Jorge Fernández Díaz incluido) por el montaje, presuntamente, de un operativo parapolicial que pretendió sustraer información sensible a Luis Bárcenas por el ‘caso Gürtel’. En el Tribunal Supremo se juzga la supuesta red corrupta organizada desde el Ministerio de Fomento (por José Luis Ábalos y Koldo García y con la participación del empresario Víctor de Aldama) para la compra de material sanitario (sobre todo mascarillas) durante la pandemia del coronavirus. En ambos escenarios veremos testimonios que darán mucho que hablar y aunque seguramente todo lo que se vaya a relatar en ambas sedes judiciales ya se sabe de antemano, el desgaste seguirá creciendo, algo que solamente beneficia a quienes se aprovechan desde el populismo por fomentar la desafección en la política para sus propios intereses en vez de quienes trabajan y se preocupan por salvaguardar la limpieza que todas y todos deseamos en nuestras administraciones públicas.
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