Las elecciones celebradas en Hungría han vuelto a demostrar que no es fácil transformar una democracia en una dictadura si el pueblo se moviliza. La victoria de los demócratas liberales en ese país llega poco después de que los italianos rechazasen la reforma constitucional que amenazaba la independencia judicial. Sin duda, la UE había contribuido a frenar la deriva autoritaria de Viktor Orbán, a ponerle ciertos límites, pero fue el pueblo quien puso fin a su gobierno. Lo hizo a pesar de que FIDESZ, su partido, controlaba todas las instituciones, incluida la justicia, y el 80% de los medios de comunicación. Que Tisza pudiese hacer campaña libremente y que no se manipulase el voto es la prueba de que la «democracia iliberal» todavía no se había impuesto plenamente, algo que los húngaros deben a la tutela de la Unión y recuerda a lo sucedido en Polonia en 2023.
Magyar es un conservador moderno, que defiende los principios políticos liberales y la democracia. Su partido está integrado en el PPE, pero su victoria no es solo la de una fuerza más de centroderecha. Tisza no hubiese vencido de no contar con el apoyo de las izquierdas, que decidieron no presentarse, y de múltiples organizaciones de la sociedad civil, que se movilizaron para lograr la derrota del autoritarismo de Orbán. Magyar logró aunar el voto conservador, harto de corrupción y de inflación, con el juvenil deseoso de cambio y el progresista. La izquierda sola habría perdido y una coalición de centro izquierda es probable que no hubiese ganado, era necesario un candidato que pudiese atraer a un amplio espectro de votantes, ahí radica el éxito de Peter Magyar. Ahora tiene mayoría suficiente para reformar la Constitución y revertir las reformas antidemocráticas y parece que desea hacerlo con rapidez.
El señor Garriga, dirigente de Vox, señalaba el lunes, como si fuese algo a la vez sorprendente y censurable, que Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijoo, Barak Obama y George Soros se habían alegrado con la victoria de Peter Magyar. Nada más lógico que los demócratas, aunque difieran políticamente, se congratulen del triunfo de quien defiende la democracia y la libertad. En España, solo Vox lo ha acogido con disgusto, para ellos es una doble derrota, la de su admirado Orbán y la de su ídolo Trump, volcado en su apoyo. La extrema derecha europea encaja de forma diversa la derrota de un amigo, que indica que no tiene nada garantizado y que da moral a los demócratas. En Francia, Le Pen y Bardella han salido en defensa de su mentor caído. En Italia, cada partido de la coalición gobernante reaccionó de forma distinta. Meloni, en su papel de primera ministra, ha tenido que tragarse dos sapos: felicitó a Magyar, aunque agradeció a Orbán su colaboración, y se ha visto obligada a condenar como «inaceptables» los ataques de Trump al papa; Salvini, siempre versátil, parece dispuesto a entregarse al nuevo líder húngaro y Tajani se muestra encantado y piensa invitarlo a Milán. Quien ocultó mal su desagrado fue Putin, que ha perdido a su agente en la Unión Europea. En cambio, Trump no pareció darse por enterado y ha preferido arremeter contra León XIV.
El presidente norteamericano parece empeñado en darles la razón a quienes sostienen que la ha perdido. El impolítico ataque contra el papa, que carece de precedentes en un presidente de Estados Unidos, y la difusión de una imagen suya transmutado en Cristo han ofendido no solo a los católicos, sino a protestantes, incluso evangélicos, que consideran que es una blasfemia. Después de haber irritado a parte de la corriente MAGA con la agresión a Irán, se entiende mal este desaire gratuito del bermejo albardán a sus propios seguidores. Todo ello cuando sube la inflación y él mismo ha reconocido que es difícil que se controle antes de las elecciones de noviembre.
En cualquier caso, la caída de la popularidad de Trump es otro motivo para el optimismo. Más prudencia exigen la tregua en Irán y el anuncio de conversaciones entre Israel y Líbano. No es fácil saber qué va a pasar con el rebloqueo de Ormuz anunciado por Estados Unidos. El objetivo es colapsar la economía persa, pero, de paso, reforzará la crisis mundial. Al señor Magyar no le resultará fácil contener la inflación en Hungría, no le sucederá a ningún gobernante del mundo, debemos agradecérselo a Trump y a Netanyahu, los ídolos de Vox. Es algo que no deberían olvidar los agricultores, los camioneros y el conjunto de la ciudadanía española, si suben los precios y los tipos de interés no es por culpa de Pedro Sánchez sino de los amigos de Abascal.
¿Cuánto puede prolongarse esta situación? ¿Atacará Irán a los navíos de guerra americanos? Todo es disparatado y, por ello, impredecible. Trump parece desear una salida rápida del atolladero, pero no quiere desairar a Netanyahu, que ansía continuar con el conflicto. Era absurdo esperar que se pudiese llegar a un acuerdo en 24 horas. Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán deberían reanudarse, pero es imposible saber si sucederá lo lógico o nos sorprenderá otro disparate. En cualquier caso, mejor es una tregua que la guerra.
Quienes tienen pocos motivos para el optimismo son las mujeres y los demócratas iraníes. Los bombardeos no distinguen entre feministas e integristas, matan y destruyen de forma indiscriminada, y el cambio de régimen fue solo un elemento de la propaganda bélica. Como la estaca de la canción de Llach, como tantas tiranías, la teocracia caerá, pero no será algo inmediato.
Tampoco los tienen los gazatíes. Continúan hacinados en tiendas de campaña en una parte reducida del territorio, con carencias de comida, agua y medicinas, sin que se sepa nada de la fantasmal junta creada por Trump ni, en consecuencia, de los planes de reconstrucción. Más bien parece que Israel planea reanudar los bombardeos. El mundo sigue mirando para otro lado, o quizá ya no sabe a dónde mirar.
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