Utilicemos el recurso de los columnistas perezosos que comparten el significado textual de una palabra para que dispare la digresión. Inhumano: «Cruel o carente de humanidad. Impropio de la condición humana». Entre sus sinónimos, despiadado, desalmado, insensible, duro, implacable, feroz, cruel, brutal y sanguinario. Todo este campo semántico y el de otras tres palabras de acritud asimilable (injusta, insegura e insostenible) califican el proceso de regularización de inmigrantes que está en marcha. Al menos, así lo cree Feijoo. O al menos eso dice. O sea, el aspirante a presidente del Gobierno derrama la sospecha preventiva sobre las quinientas mil personas que se acogerán a la medida y que ya forman parte de nuestra comunidad aunque no puedan demostrarlo, ni para bien ni para mal, ni para tener un contrato de trabajo, ni para pagar impuestos más allá del IVA. Si ese señalamiento profiláctico lo ejecutase un vecino en el ascensor sería un indicio cierto de que nuestro vecino es un capullo, pero, como quien lo ensaya es la persona que quiere ser el próximo primer ministro de España, el asunto tiene una gravedad de Estado que no mitiga una supuesta estrategia política para acogotar a Vox.
Todas esas personas que el expresidente de la Xunta convierte en dudosas vivirán y trabajarán con esa cruz en la frente. Para marcársela, el PP vincula inmigración con delincuencia en una espiral que incluso debe de ser pecado, y que sembrará la desconfianza anticipada. Apela, además, al conocimiento del español, pero es este un tributo que no le reclama al señor de Baviera que reside en Port d'Andratx. Por resumir: rubios ricos, sí; negros pobres, no. Por cierto. Saben por qué crece España, ¿verdad? Sí, por los inmigrantes.
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