En Asturias la mitad de la población conoce bien lo que es la mina, porque han trabajado bajo sus entrañas, porque son parientes de mineros o porque viven en las cuencas mineras. La otra mitad, los de abolengo urbano o rural, sabemos lo que nos han contado, lo que nos dice la tradición.
Los segundos, aunque solo de oídas, sabemos que la mina dio pujanza y prosperidad a gran parte de la Comunidad. Y sabemos que el trabajo era duro, difícil y peligroso.
A principios del siglo XX la siderurgia, especialmente la vasca, alcanzó un desarrollo extraordinario que demandaba enormes cantidades de carbón. La extracción del negro mineral precisaba de todas las manos disponibles y de muchas más. Los asturianos, y otros muchos venidos de fuera, tenían al alcance un sueldo, algo muy apetecible en tiempos de penuria.
Unos patronos avaros y sin escrúpulos obligaban a que todos los miembros de la familia, incluidos niños y mujeres, se deslomaran para lograr lo justo para comer. Tal explotación era normal que derivara en los movimientos obreros que tanta repercusión tuvieron en las cuencas.
El movimiento obrero y la irrupción del sindicalismo de clase trajeron, primero sueldos dignos, y mas tarde, otros mas altos, que con el paso del tiempo fueron muy superiores a los que se daban en cualquier otro sector productivo.
El SOMA, símbolo del sindicalismo minero, adquirió tal preponderancia que su influencia se extendía a todos los ámbitos, hasta en la política. El poder de su líder José Ángel fue tan absoluto como brusca fue su precipitación con la que arrastró gran parte de las simpatías que atesoraba el sindicalismo.
La crisis del SOMA coincide con la crisis del carbón. Otras fuentes de energía compiten primero, y pronto relegan a la mina a la insignificancia. Las cuencas mineras se ven sometidas a una drástica reconversión cuyas heridas no llegan a suturarse.
La mitad de la población de Asturias, o acaso más, suponíamos que las minas de carbón habían desaparecido, que eran cosa de la historia, como lo fueron los molinos de agua o tantas cosas. Y en eso estábamos cuando supimos que, aunque fueran unos pocos casos aislados, se seguía extrayendo carbón. Y lo supimos porque un fatal accidente se llevó la vida de unos mineros en Degaña.
Pasa el tiempo, pero no pasa el recuerdo, el pesar y el cabreo de las familias de los fallecidos.
Otra vez unos empresarios sin escrúpulos se dedicaban a sacar carbón en condiciones de seguridad lamentables.
Quienes tenían la obligación de vigilar dentro de las minas no vigilaban. La administración regional obligada a establecer normas y a que se cumplan, o fueron negligentes o incompetentes o culpables. La oposición política, ahora hurgando en la herida, tampoco ejercieron su labor de denuncia, seguramente por ignorancia o por complicidad.
Quienes han pagado muy caro han sido los mineros, que persiguiendo un salario hallaron la muerte. Demasiado caro para ellos y muy poco coste para los culpables.
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