La verdad es que no le había prestado demasiada atención (tanto a lo que representa como a la propia figura en sí) a María Corina Machado. Reconozco que pensé que ya no podía caer más bajo tras su patética actuación en la Casa Blanca entregándole a Donald Trump su Premio Nobel de la Paz (el Comité Noruego tuvo que aclarar que no es posible ni la revocación ni la transferencia del galardón, así que realmente no tuvo ningún efecto más allá de difundir una fotografía), pero lo ocurrido este pasado fin de semana en Madrid creo que ha superado con creces el anterior bochorno. Como bien dijo en su día Josep Tarradellas, en política se puede hacer de todo menos el ridículo, y o esta señora está muy mal asesorada o ella misma está empeñada en meter continuamente la pata.
Cada cual es libre de elegir a sus compañeras y compañeros de viaje, y en el caso de España a ella le pareció más conveniente juntarse con el PP y con Vox (me apena, una vez más, que una figura que supuso tantas cosas buenas para este país como fue Felipe González se haya prestado a participar en este esperpento), dos partidos que en Extremadura y en Aragón (ya veremos en Castilla y León y, posiblemente, en Andalucía) pactaron establecer la «prioridad nacional» para que, por ejemplo, las y los venezolanos (y el resto de extranjeras y extranjeros) sufran discriminaciones (parece una paradoja que haya coincidido todo esto en la semana en la que han comenzado a tramitarse las regularizaciones por las que afortunadamente muchas personas dejarán de estar en un limbo obteniendo derechos y debiendo cumplir con obligaciones). Creo que su actitud no ha podido ser más sectaria al negarse a tener una reunión con el legítimo Gobierno de Pedro Sánchez, y recalco lo de legítimo porque tuvo la desfachatez en un desayuno informativo de desear unas prontas «elecciones impecables», un comentario ridículo y que fue una insinuación intolerable enfocada a sembrar sospechas y propagar bulos en un lugar del mundo donde desde el restablecimiento de la actual democracia todos los procesos electorales han sido limpios y ejemplares (tanto en la rapidez y agilidad en los recuentos de votos como en el reconocimiento de los resultados por las diferentes formaciones políticas).
Por muy ridículo que parezca, si lo que pretendió fue que se le hiciera «casito» e intentar contrarrestar la Cumbre Progresista que se celebraba al mismo tiempo en Barcelona (lamentables los insultos de Isabel Díaz Ayuso tildando a México, Colombia, Brasil y Uruguay de ser «narcoestados sumidos en la pobreza») fracasó estrepitosamente en el intento. Es totalmente injusto que haya tratado de esa manera tan grosera al actual ejecutivo nacional, porque España dio todas las facilidades posibles para que 200.000 personas como Edmundo González (que fue quien se enfrentó en las urnas a Nicolás Maduro y, por tanto, sería en su caso quien debería presidir el gobierno venezolano y no ella) y Leopoldo López (a quien se le ha concedido recientemente la nacionalidad española) puedan disfrutar de la libertad y sentirse protegidos.
Es verdad que lo más bochornoso de todo vino por parte de Carlos Baute, que por mucha «emoción» que sintiera en el escenario ante una abarrotada Puerta del Sol, demostró ser un racista llamando «mona» a Delcy Rodríguez (será otra de las culpables de la inestabilidad política y social del país caribeño, pero ello no da carta blanca a menospreciar a nadie por sus condiciones físicas. Ese mismo comentario en un estadio de fútbol le hubiera supuesto al club anfitrión una buena multa, incluyendo un posible cierre de varios partidos). Es todo tan ridículo que me parece tremendo que intenten restarle importancia a que la permanencia de esa señora al frente de Venezuela se debe a que cuenta con el beneplácito de Donald Trump para no convocar elecciones y seguir ocupando el Palacio de Miraflores (quizás deberían de atinar un poco más contra quien protestan la próxima vez que organicen una concentración ciudadana).
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