Yéndome al título de la película de Gómez Pereira <<Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo>> voy a abordar sin extensión, porque el asco que me produce la cuestión puede acarrearme una broncoaspiración de mi propio vómito, el eufemismo de los dos conjuntos políticos de intolerantes (ya cuentan con el espaldarazo del más del 50% de españoles-españoles, en plena vorágine de transfusión patriota), que están implantado la fobia al no español-español en esta patética y cainita nación de espantoso segregacionismo, comenzando por la Extremadura María Guardiola, a un canto de gallo de igualar el perjurio de Pedo a Jesús (aquí Jesús son sus votantes de 2023 y 2026 y ella misma, su alma, por seguir en el lenguaje religioso, que se ha entregado al <<tótum revolútum>> del franquismo, el falangismo, el fascismo y el nazismo por una efímera presidencia en la vida de una mortal que, no tardando, quedará reducida a la eterna nada, aunque, no obstante, aún tiene margen para caer más bajo, y lo mismo vale para el Azcón aragonés y los que vendrán: Mañueco, Bonilla..), y que terminarán, con ese desprecio hacia los <<otros>>, incendiando toda brizna de virtud de este despiadado país de miserables mercaderes y necios estúpidos.
(Se ha de aclarar de inmediato que el incumplimiento de principios de los programas políticos que se presentan a los electores es continuo y universal. Un ejemplo preclaro es del de Pedro Sánchez con Pablo Iglesias. Ahora bien, distinto es el <<cambiazo>> como medio para aportar algún beneficio a los de <<abajo>> que destinarlo a los de <<arriba>> y, por si no fuera bastante, cercenar derechos y libertades inalienables).
Pero entremos en el asunto. William Murry, investigador principal del Instituto de Estudios de la Defensa de Washington, y Allan R. Millet, catedrático de Historia Militar de la Universidad Estatal de Ohio, escribieron un ensayo de 763 páginas, publicado en castellano en 2002 con el título <<Historia de la Segunda Guerra Mundial. La guerra que había que ganar>>, que no debo dejar pasar. En este voluminoso, serio, minucioso y científico estudio (documentos originales, 16 páginas de fuentes bibliográficas...; o sea, la cara de la cruz del Pío Mora que primero fue terrorista y luego franquista, autor de panfletos como <<Los mitos de la guerra civil>>, y de la inculta y manipuladora ¡historiadora! Elvira Roca Barea, la que escribió <<Imperiofobia>>, para mayor gloria del sucio, depredador y esclavista Imperio español). Decía: en este científico libro se habla de las ideas que despertaron el furor germano, alguna de las cuales encaja en el sintagma «prioridad nacional» de la España de raza vieja resucitada por PP y Vox, y respaldada por abogados, fiscales, jueces, policías, empresarios, oligarcas o directamente delincuentes de fuste arropados por los códigos Penal, Civil y Mercantil, aristócratas, medios de comunicación de masas bien cebados, algún que otro <<intelectual>> de los ámbitos de las ¡letras!, de la música y de la farándula en general, así como de organizaciones de variopintas denominaciones dispuestas a asesinar a los contrarios, siempre con el presidente del Gobierno como pieza principalísima, a la que acabarán batiendo.
Decía: sintagmas del tipo «prioridad nacional» fueron nucleares para el nacimiento de los atroces regímenes de Hitler, Mussolini y Tojo. Pero, todavía más concreto en esta metafísica de la abominable persecución al extranjero, inferior y hasta bestial, es el libro <<El Tercer Reich. Una nueva historia>>, escrita por Michael Burleigh, profesor en varias universidades y escuelas de Historia, Política y Economía del Reino Unido. Este volumen, de 915 páginas y 18 de bibliografía, publicado por Taurus en 2002, y que representó un hito en la historiografía de la Alemania del segundo cuarto de la pasada centuria, habría de ser consultado por quien tenga dudas razonables, y un carácter de pulsión decente, acerca del techo que tocó el racismo y la xenofobia en ese tiempo, aunque sean solo algunos epígrafes, empezando por la introducción, <<Un rapto excepcional del alma: nacionalsocialismo, religiones políticas y totalitarismo>>, o centrándose en <<La cría de los mejores>>. O, finalmente, que esta columna no pretender dar una lección de Historia avanzada, <<Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX>>, Cátedra, 2001, 566 páginas, de Jonathan Glover, filósofo y profesor de Ética en el King’s College de Londres, que trata de hacernos entender las consecuencias del odio tribal, muy conveniente para, a su vez, entender este subterfugio de la «prioridad nacional», que en su versión más edulcorada la denominan «arraigo».
León XIV afirmó en el avión que le trajo de vuelta de su visita pastoral a África que estigmatizar la inmigración no cabe en el credo católico. Y hace cuatro días la Conferencia Episcopal Española tuvo que recordar que Jesús nos pidió amar al prójimo, en alusión al pacto anticristiano de los dirigentes populistas reaccionarios. Con arreglo a esto, ¿no deberían los obispos cerrar las puertas de la Iglesia de Cristo (que murió crucificado, antes apaleado, insultado, escupido, torturado, para redimir los pecados de los hombres, para que se amasen los unos a los otros) a los promotores y palmeros de estos infames acuerdos que, para una degradación total de los no españoles-españoles, los Abascal, Ayuso, Feijoo, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, califican de delincuentes peligrosos? Es decir, ¿no deberían ser excomulgados y que fundaran ellos otra iglesia, la de la «caza al moro», excluyendo a Lamine Yamal, por Dios, la de los «criminales» que vienen de la América no trumpista, restando a Fede Valverde, por Dios, y a todo aquel que sea una alimaña, venga de donde venga, salvo a los buitres, por Dios?
No voy, como escribí al principio, a alargarme más con esta ponzoña ideológica que es tan antigua como la propia historia de los hombres y que, objetiva y sesudamente, han abordado los profesores citados, que es solo una muestra de tela de un género inagotable por los estudiosos de las ciencias sociales, que son los referentes a los que hay que acudir. Solo añadir dos observaciones sucias.
Primera: Argumentan desde Vox que la «prioridad nacional» significa que ningún forastero (no principal) pasará antes que un español-español, como si la regularización del Gobierno permitiría que los españoles-españoles fuéramos los segundos, pero, más soez todavía, la argumentación viene de unas personas privilegiadas en dinero y posición social que detestan, no a los extranjeros pobres, sino a todos los pobres, con ahínco a los nacionales, porque somos muchísimos más. Lo significativo aquí no es que se crean esa puta mentira, que no se la creen, sino que se la crean, que se la crean, millones de lerdos que van a sufrir en sus vidas las políticas depravadas que van imponiendo allá donde mandan y dirigen la mano que mece la cuna.
Segunda: Con «arraigo» (o la última argucia envenenada del lenguaje, «comunidad nacional», que no inventan nada: ya está en Alemania, Francia y otros países de la UE), el PP está diciendo lo mismo que su socio con «prioridad nacional», en tanto en cuanto las personas no deben ser tratadas en calidad de ciudadanos, sino en su condición de camisas viejas (arraigadas a la tierra y a la sangre) o nuevas (los descamisados no nativos). Este nuevo hito en la trayectoria de una putrefacta sede (Génova 13), que dice defender los derechos humanos para conseguir La Moncloa el próximo año, la encuadra en la esfera del nazismo, así de sencillo. Atento a los vientos que soplan desde las capas superiore a las inferiores, el PP surca el cielo como un ángel exterminador… de gentuza. ¡Aleluya, Señor, Aleluya!
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