Es lógico que veamos con preocupación cualquier crisis sanitaria porque, entre otras cosas, recordamos lo que supuso para nuestras vidas la pandemia del coronavirus. Debemos confiar en el buen hacer de las autoridades sanitarias porque contamos con las y los expertos adecuados para actuar en consecuencia (ojalá estemos ante un tema parecido a cuando Teresa Romero tuvo que estar aislada tras contagiarse del ébola y, afortunadamente, ella se curó y se controló con éxito el virus). De ahí que en relación a lo que está ocurriendo con el pasaje del crucero MV Hondius en cuanto a los contagios por hantavirus (concretamente por una cepa proveniente de los Andes que se transmite de persona a persona y por la cual han fallecido tres personas y ya hay registrados varios positivos) muestro mi total confianza en que se seguirán los protocolos marcados para garantizar la salud pública y para atender convenientemente a las y los pasajeros del barco que, por humanidad, por legalidad y por ética, merecen toda nuestra atención (viajan en él 170 personas de una veintena de nacionalidades distintas). La Organización Mundial de la Salud ha pedido a España que permita atracar a este barco en Tenerife (y así lo hará entre mañana y el domingo en el puerto marítimo de Granadilla de Abona) porque nos considera un país serio y con la logística necesaria de gestionar este problema con seguridad y responsabilidad. Me parece que el Gobierno de Pedro Sánchez se ha comportado de manera responsable, anteponiendo su deber de facilitar todos los medios a su alcance para que todo salga bien. Por supuesto que es primordial que exista la máxima transparencia posible, incluyendo una efectiva coordinación entre las administraciones competentes, porque en este mundo de bulos es elemental evitar la propagación de mensajes alarmistas, falsos o que generen miedo. Así que esto es todo lo que tengo que decir sobre este tema, aunque voy a tocar otro asunto adyacente que no es ahora lo urgente, pero que supongo que será importante a posteriori. No soy una persona que haya prestado demasiada atención a contratar determinados seguros. Con los que son de carácter obligatorio, como es el caso de los vehículos, no hay más remedio que tenerlos, pero otros voluntarios como puedan ser los de la vivienda a veces me da la sensación que son poco útiles cuando más los necesitas (al final terminas pagando un fontanero o un cerrajero directamente). Pero sin duda alguna los que menos interés me generan son los relacionados con los viajes. Creo que nunca he echado mano de un seguro ni tan siquiera cuando he estado visitando un país fuera de la Unión Europea, pero poniéndome en la piel de las personas que están ahora en ese barco reconozco que debería ser más precavido porque nunca está de más protegerse adicionalmente (uno nunca está a salvo de pasar por una situación similar aunque se esté en un lugar muy seguro, como es a priori un crucero de lujo). No en todas las partes del mundo tienen la suerte de disponer de la calidad de la sanidad pública española (por supuesto que tiene sus deficiencias, tal y como se está denunciando en la campaña electoral andaluza, pero no tiene nada que envidiar a otras donde prima el dinero por encima de cuidar y salvar vidas cueste lo que cueste) y como las posibilidades de enfermar o de lesionarte son posibles, ahora me he dado cuenta de que es un riesgo alto no estar cubierto por una póliza.
Una de las tendencias que parece que está de moda en nuestra sociedad es lo relativo a lo religioso. A poco menos de un mes para la visita del Papa a España ya se habla de que los actos católicos que se están preparando van a ser multitudinarios. Por supuesto que muestro mi máximo respeto a quienes quieran asistir, porque creo que es una decisión personal legítima y, al amparo de la Constitución, debe estar garantizada la libertad de profesar el credo que cada uno considere. Solo digo que tengo la sensación de que se está mostrando públicamente una especie de fervor que hasta hace poco tiempo era mucho más reducido o se quedaba en el ámbito privado. En la pasada Semana Santa pudimos ver en varias partes de nuestro país como se rentabiliza y se exprime al masivo al turista (al margen del alquiler de los balcones ahora también se privatizan las calles para que solamente pudieran seguir las procesiones aquellas personas que previamente hubieran pagado por ocupar una silla), pero en otros lugares donde no había ningún tipo de tradición están creciendo como la espuma diferentes cofradías y hermandades con un notable seguimiento popular. Lo que no me esperaba para nada es que fuese a ganar músculo también otras variantes del cristianismo, y para prueba de ello no hay más que ver lo ocurrido el pasado fin de semana en el estadio del Atlético de Madrid con las y los evangelistas. Se calcula que fueron 35.000 personas al ‘The Change 2026’, entre los que asistió Dani Alves, que intervino para decir que «en la cárcel Cristo me ha hecho libre» porque estuvo «detenido cuarenta años» (cabe recordar que fue condenado en 2024 por agresión sexual a cuatro años y seis meses de prisión, aunque un año después el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña/Catalunya revocó la sentencia y le absolvió). La cosa no ha quedado ahí, porque ha corrido como la pólvora a través de las redes sociales vídeos de ciertas personas (todos son hombres en los que he podido ver) subiéndose al metro o al tren a dar «la turra», y poniéndome en la piel de las y los pasajeros, hay que armarse de paciencia para soportar sus soflamas (no me quiero imaginar qué diría la derecha y la extrema derecha de este país si fueran musulmanes los que hicieran exactamente lo mismo).
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