La editorial «Más Madera» ha publicado hace unas semanas la muy recomendable obra colectiva «Paz de puño y letra», en la que colaboran 37 poetas asturianos y que incluye un texto inédito de Emilio Alarcos Llorach, escrito en los años 50 sobre la Guerra Civil y sus estragos emocionales. El volumen cuenta con firmas muy reconocidas de la poesía asturiana contemporánea, portada del pintor Ricardo Cotarelo y fotografías de Javier F. Granda y Eloy Beltené. Los autores ponen en común, mediante sus versos, sus anhelos, temores y desgarros por este mundo en llamas que nos ha tocado vivir, cada uno con sus acentos y estilos, en castellano y en asturiano. Nada escapa al ambiente de desasosiego que genera la capacidad destructiva del ser humano, pero prevalece la voluntad de vivir y ponerse en pie ante el horror: ese «grito partido contra la demolición del universo» que inspira y recorre la obra, coordinada por Lauren García, y que constituye un llamamiento a repudiar la guerra como una abominación que nos rebaja y nos arrasa.
Con motivo de su visita a Asturias en 2025, tuvimos ocasión de preguntar a la activista afgana Samira Hamidi, responsable de campañas para el Sur de Asia de Amnistía Internacional, cuál había sido la principal causa que permitió que su país, que en 1919 —mucho antes que otros Estados— reconociera por primera vez el derecho al voto de las mujeres, se convirtiera hoy en el lugar de la Tierra en el que se perpetra el apartheid de género, un crimen contra la humanidad que castiga de modo inmisericorde a la mitad de su población. Su contestación fue: «la guerra», en la que el país estuvo enfrascado desde 1978. Un conflicto que provocó no solo muerte y devastación, sino también un proceso de inversión en la escala de valores en el que, entre otras consecuencias, la mujer pasó a ser objeto de propiedad, quedando, a su vez, desposeída de cualquier derecho, incluso del de cantar, pasear sola o abrir de par en par una ventana de su propia casa.
En efecto, es en el entorno del conflicto permanente donde obtienen réditos del horror quienes desprecian los derechos humanos. Con las condiciones adecuadas, quienes normalizan la crueldad y la depredación consiguen avanzar en sus objetivos, arrastrando en no pocas ocasiones a parte de la población hacia esa dañina forma de pensar. La guerra otorga la coartada para la negación radical de la humanidad, no solo del enemigo uniformado, sino también de la población civil. En ella germinan las experiencias más horrendas de aniquilación masiva e industrializada, o de sometimiento y totalitarismo, que se extienden no solo a los vencidos, sino también a los vencedores, donde se proscribe toda divergencia bajo el pretexto de alcanzar la victoria. Cualquier atisbo de libertad se extingue en la militarización de la sociedad, y la propia infancia y juventud acaban privadas de otro destino que no sea alimentar la maquinaria del odio y la aniquilación, como muestra, una vez más, «Mr. Nobody contra Putin» (2025), último Óscar al mejor largometraje documental.
El intento de enmendar esta senda dramática de nuestra historia con la constitución de las Naciones Unidas (1945) para «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra» tiene su continuidad en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948 por su Asamblea General. Su preámbulo comienza enunciando «que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». El respeto a los derechos humanos como presupuesto y garantía de la paz; y esta, a su vez, como bien que preservar para evitar descender por la pendiente de las atrocidades. Sin embargo, 78 años después de la Declaración, dominan en las esferas influyentes las voces que niegan que «todos los seres humanos nacen iguales en libertad y derechos» (artículo 1), y que vuelven a pregonar la superioridad de razas y naciones, con derecho a tomar por la fuerza lo que consideren necesario y a aplastar a quien se oponga. Pretenden instalar en nuestro imaginario común la idea de que la prevalencia de la fuerza es inevitable y que la lucha por la supervivencia pasa por negar derechos al otro, convertido en alguien de peor condición. Esa es la mentalidad deshumanizadora que ha conducido al genocidio en Gaza y a la ocupación y destrucción sin límites del sur del Líbano y de barrios enteros de Beirut; a la agresión y los crímenes de guerra masivos en Ucrania; al uso del hambre, la violación y el asedio medieval como táctica militar en Sudán; a la llamada a borrar civilizaciones enteras de la faz de la Tierra, como se ha amenazado en el caso de Irán; y a una política imperial que sustituye el multilateralismo y las organizaciones de la comunidad internacional por la adhesión a instituciones que se asemejan más a un club de golf en manos del emperador.
Desgraciadamente, la consagración de un poder ilimitado y brutal cuenta con un buen número de partidarios que, en un contexto de oscuridad y desconcierto, se entregan a salvadores y charlatanes dispuestos a cualquier cosa. Pero, en un tiempo confuso, procede, para sobrevivir, en palabras de Paul Éluard, «tomar forma en lo informe / tomar huella en lo difuso / tomar sentido en lo insensato / en este mundo sin esperanza» («Poesía ininterrumpida», 1946). Puede que, aun sin esperanza, o con esta ajada por los acontecimientos, millones de personas mantengan una voz viva, radiante y desgarrada frente a la resignación y la sumisión. La miríada de colectivos sociales y organizaciones de la sociedad civil que, de manera estructurada o espontánea, plantean en todo el mundo una respuesta a esta involución son prueba de la capacidad de resistencia. Ni la cultura popular ni las expresiones artísticas, ni tampoco quienes hacen de la palabra su herramienta de trabajo y de lucha, se prestan a la exaltación del odio; antes al contrario, lideran la rebeldía cívica. En las calles de Minneapolis a las que canta Springsteen o en las de Nairobi, donde se protesta contra la violencia policial; en las plazas de Roma o Casablanca, donde se ha clamado contra la aniquilación de la infancia palestina; en los estrados de los tribunales en los que se persigue la justicia frente a las masacres perpetradas contra los rohinyás o los gazatíes. Manteniendo la confianza en que no dejaremos que nos transformen en autómatas y apáticos espectadores pasivos o en viles colaboradores de la barbarie. Negando a Adorno para escribir poesía después de Auschwitz y también después de Gaza, como se canta en los poderosos versos de Servando Cano que integran uno de los poemas de emergencia de este volumen; porque es vital seguir defendiendo la humanidad y no relegar nuestra condición a las sombras.
Necesitamos letras para esa defensa cotidiana de los derechos humanos y la paz, en las ideas y en nuestra forma de estar en el mundo. Los autores de «Paz de puño y letra» nos las ofrecen de manera generosa y relumbrante. Porque, como dijera Felipe Preito, «faise tolos diez la paz / comu se fai la lluz / comu se fai el pan».
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