Cuando un presidente norteamericano visitó la República Popular China por primera vez, fue algo tan extraordinario que incluso inspiró una ópera (Nixon en China, de John Adams). No es probable que la visita de Donald Trump que comienza este jueves produzca nada valioso en el campo de la lírica, pero el mundo espera que sirva al menos para resolver el conflicto en torno al estrecho de Ormuz. No es para eso para lo que se diseñó este viaje, sin embargo. La fecha se fijó un mes antes de que Trump iniciase su operación en el Golfo. La tregua que importaba entonces prolongar era la que habían alcanzado China y Estados Unidos el pasado octubre, tras un pulso comercial que llevó a Trump a amenazar a Pekín con aranceles acumulativos del 145 por ciento, y a los que Pekín respondió con un embargo de tierras raras. Empate. Trump se echó atrás y acordó con Xi Jinping volver a reunirse este año para resolver el contencioso. Ahora Trump ha cambiado de tono con respecto a Pekín, busca un gran acuerdo comercial y por eso se ha llevado consigo un grupo de empresarios con los contratos a punto. Quizás se tenga que conformar con una prolongación de la tregua comercial, pero hasta eso sería en estos momentos un éxito.
Lo sería porque la situación en el Golfo hace que Trump llegue al Pekín en una posición de debilidad. En este momento, Estados Unidos necesita a China más de lo que China necesita a Estados Unidos. Desde luego, Pekín tiene mucho interés en reabrir el estrecho de Ormuz, a través del que pasa la mitad del petróleo que compra. Pero se ha dado cuenta de que el cierre le hace menos daño que a los aliados asiáticos de Washington. China tiene reservas para muchos meses y el petróleo es solo el 18 por ciento de su consumo energético. Incluso se está permitiendo el lujo de repartir estratégicamente una parte de esas reservas entre algunos países para alejarlos de la órbita norteamericana. Lo único que teme China es una recesión a medio plazo, pero de momento tiene paciencia y tiempo, y el tiempo es quizás el capital más importante en una negociación.
Paciencia y tiempo son justamente dos cosas de las que Trump no anda sobrado. El presidente intentará que Xi se comprometa a forzar a Irán a rebajar sus exigencias y negociar. Eso es muy posible que lo consiga. Ya ha puesto a su aliado Pakistán a mediar. Otra cosa es que Irán dé su brazo a torcer. Pekín influye en Teherán, pero no está claro hasta qué punto. A cambio, Xi querrá hablar de Taiwán, para él el asunto más importante. Aquí, el líder chino puede explotar el más que evidente desinterés de Trump por Taiwán para lograr algún gesto simbólico. Habrá que estar muy pendientes del detalle de las palabras, porque todo se resolverá en el terreno del matiz. La línea oficial norteamericana es que Washington «no es partidario» de la independencia de Taiwán. Bastaría con que cambiase a que «es contrario» para que en Taiwán se echen a temblar.
De momento, Trump ha frenado una gran venta de armas a Taipéi. Seguramente lo hizo para no boicotear este encuentro, y para usarlo como baza negociadora. Xi sabe que el temor a irritar a China logró ralentizar o anular ventas como esa en tiempos de Obama, e incluso de Bush y Reagan, y podría intentar que Trump haga lo mismo. Pero no hay que subestimar nunca el potencial que tiene este asunto para desatar una crisis mundial. Pekín ha estado observando la guerra de Irán con mucha atención también por esto. Por una parte, con la secreta satisfacción de ver cómo Trump derrocha munición sofisticada que sería necesaria para mantener la disuasión en Asia, por otra, con la inquietud de comprobar la eficacia del armamento norteamericano, aunque sea en el contexto de un fiasco estratégico. Si Trump no logra proyectar un mensaje claro, Pekín puede volver a fantasear con una intervención militar en la isla vecina.
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