Keir Starmer intenta atrincherarse

Miguel Murado
Miguel Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

OPINIÓN

Starmer y la líder conservadora, Kemi Badenoch, regresan a la Cámara de los Comunes tras escuchar el discurso del rey.
Starmer y la líder conservadora, Kemi Badenoch, regresan a la Cámara de los Comunes tras escuchar el discurso del rey. Stefan Rousseau | REUTERS

El Partido Laborista está redescubriendo algo que ya sabía y que saben todas las formaciones políticas: si ya es malo tener un mal líder, es peor no tener otro para reemplazarlo. Ese es el argumento, un tanto deprimente, que deja entrever el propio Keir Starmer: no hay nadie mejor que él en su partido. De modo que el primer ministro británico, que siempre ha presumido de que su padre era fabricante de utillaje, se ha hecho con una pala y ha empezado a cavar una trinchera en la que resistir. Al fin y al cabo, fue fiscal, por lo que está acostumbrado a culpar a otros de todo. Abogado de formación, se agarra a los tecnicismos del reglamento. Este miércoles insistía en que no se cumplen todavía los requisitos para unas primarias anticipadas, lo cual es cierto. Esta es una diferencia entre el Partido Laborista y el Conservador. A los tories les basta que un número suficiente de diputados voten contra el líder del partido. En el Partido Laborista tienen que hacerlo votando por un candidato alternativo

Esto no es fácil al menos por ahora. Entre los más de ochenta miembros del grupo parlamentario que han pedido la dimisión de Starmer hay demasiadas líneas ideológicas y ambiciones enfrentadas. Sobre todo, hay algo que los paraliza de momento. Unos quieren que el ministro de Sanidad, Wes Streeting, arroje el guante ya, pero Streeting está demasiado a la derecha para otros. Esos otros quieren que sea Andy Burnham, el alcalde del Gran Manchester, pero tienen que esperar, porque Burnham tendría primero que conseguir un escaño en Westminster. Este miércoles, en la ceremonia de inauguración del Parlamento, un diputado provocó una carcajada. Cuando, como es tradición, el ujier golpeaba ritualmente la puerta del Parlamento, el diputado gritó: «¡Todavía no, Andy!», refiriéndose a Burnham.

¿Quiere decir esto que Starmer completará su mandato? No, eso es muy improbable. La política británica es como las espadas de los samuráis, de las que se dice que una vez desenvainas no pueden volver a su funda sin probar la sangre. Streeting ya no tiene más remedio que jugársela antes de que venga Burnham. Así que seguramente dimita de su ministerio —si pudiésemos apostar, diríamos que este mismo jueves— para ver si eso provoca una desbandada y cae el Gobierno.

Suele funcionar, y ha funcionado varias veces en los últimos años —con Theresa May, con Boris Johnson, con Liz Truss—, pero estos eran todos del Partido Conservador, en el que se cultiva el individualismo por principio. El Partido Laborista tiene una cultura más colectivista y Starmer parece dispuesto a socializar los costes de su impopularidad. Por no hablar de otra diferencia aún más importante. Los conservadores se apuñalaban entre sí porque les sobraban los votos y parecía que estaban aburridos de gobernar —hasta que fue el electorado el que se aburrió de ellos—. Los laboristas saben que su mayoría parlamentaria es un accidente que no resistiría la prueba de las urnas. Repiten que esta legislatura es una ocasión histórica, y es verdad, porque seguramente será la última en bastantes años. Por eso algunos todavía se aferran a Starmer como a un clavo ardiendo, pero pronto no serán suficientes. Antes o después, la trinchera que está cavando Keir Starmer terminará por convertirse en una fosa.