Tal y como dice el profesor Miguel Anxo Bastos, «los pobres no tienen la culpa de ser pobres, pero son pobres por cómo piensan». Y es que los ricos son ricos por cómo piensan; no son ricos y luego piensan de forma diferente. Para poder tener una vida de abundancia financiera, primero tienes que pensar de otra manera y, después, la riqueza llegará a tu vida.
Antes de proseguir, y para evitar que nadie se sienta ofendido, vamos a aclarar a qué me refiero con pensamiento de pobre y pensamiento de rico. El pensamiento de pobre es aquel que destruye constantemente el patrimonio: gana y gasta, gana y gasta, y nunca mejora su situación. El pensamiento de rico es aquel que genera cada vez más patrimonio y que, con constancia y con el paso del tiempo, mejora continuamente su nivel de vida.
Ya lo decía Aristóteles en el siglo IV a. C.: «El pensamiento condiciona la acción; la acción determina el comportamiento; el comportamiento repetido crea hábitos; los hábitos estructuran el carácter, y el carácter marca el destino».
¿Acaso con el dinero iba a ser diferente? No, querido lector. El dinero no escapa a esta forma de funcionar del ser humano. Si yo pienso que hablar de dinero es malo y que quienes tienen riqueza la han adquirido robando o de forma poco ética; si creo que son malvados por el hecho de acumular riqueza y sostengo otras ideas similares, que no son más que mitos sobre el dinero, jamás me plantearé salir de la situación en la que me encuentro. Seguiré atrapado en la rutina de ganar y gastar, dando vueltas en círculo, como una rata en su rueda, corriendo sin moverme de la casilla de salida.
Esta afirmación puede herir sensibilidades. Te ruego que no te tomes a mal este texto. Libérate por un momento de esos pensamientos profundamente arraigados en la sociedad en la que estás inmerso y pregúntate: ¿y si estoy equivocado? ¿Y si yo también puedo cambiar mi situación?
Ya lo explicó Jean Piaget: tus esquemas mentales te permiten interpretar el mundo. Pero es la experiencia social, a la que Lev Vygotsky daba tanta importancia, la que condiciona tu forma de verlo.
Y los conocimientos sociales se aprenden. Reflexiona sobre ello.
Querido lector, no solo abras los ojos; abre también la mente. ¿Conoces lo que Albert Einstein denominó la «octava maravilla del mundo»? Te lo digo yo: el interés compuesto. Pura matemática. Te invito a ilustrarte sobre ello.
Lo que te estoy diciendo puede resultar incómodo e incluso ofensivo para quienes no han recibido educación financiera. Para quienes comprenden cómo funciona el dinero, es pura lógica.
Fórmate, investiga y asume que hay muchas cosas que todavía no sabes sobre el dinero y que, sin embargo, condicionan tu vida.
Pero cuidado: ver la vida de esta manera conlleva una gran responsabilidad. Es mucho más cómodo pensar que nuestra pobreza viene determinada por el lugar en el que nacimos y que no depende de nosotros mejorar nuestra situación. Puedes vivir engañado toda la vida, creyendo que no depende de ti, pero no te lo recomiendo.
Hacerse cargo de lo que uno puede hacer con su vida es duro, porque ya no se puede culpar a otros de lo que nos sucede. Sin embargo, produce una enorme satisfacción comprobar que, cuando trabajas por algo, puedes conseguirlo.
Por tanto, puedes seguir quejándote de tu vida y pensando que otros han tenido más suerte, o puedes tomar las riendas de tu destino, responsabilizarte de tus actos y empezar a sembrar un futuro mejor, no solo para ti, sino también para tus hijos.
Recuerda: es tu responsabilidad, y la de nadie más.
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