Hace casi 20 años, un domingo 28 de mayo de 2006, el papa Benedicto XVI visitó el campo de concentración de Auschwitz. Permaneció absorto entre sus pabellones y tras un largo silencio ante aquella espantosa visión dirigió un grito interior a Dios: «¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué permitiste todo esto?».
No hace falta visitar un campo de concentración para asimilar lo que ocurrió en Europa el siglo pasado. No es necesario pasear por los barracones entre los bostezos de los turistas o visitar las cámaras de gas junto a las risas adolescentes de los alumnos de instituto para imaginar el horror de la Shoá. No hace falta ir a esos lugares para entender, pero quien va, ya no entiende igual.
Hace unos días, una representación de distintos sindicatos de Alemania, Francia, Italia, San Marino, Noruega y España, estuvimos en el campo de concentración de Walldorf (KZ Walldorf), un subcampo de Natzweiler-Struthof que operó entre el 22 de agosto y el 24 de noviembre de 1944 cerca de Hesse, en Alemania. Allí fuimos testigos de las fases de tortura que soportaron miles de prisioneras (fue un campo establecido para el trabajo forzado de mujeres judías húngaras, como parte del plan nazi de exterminio a través del trabajo) hasta que sobre ellas cayó la rueda dentada de una muerte metódica, racionalista y burocrática.
Allí estuvo CCOO de Asturies. Conmemorando el 8 de mayo de 1945, día de la liberación, entre la responsabilidad, el orgullo y la angustia. Relativizar y olvidar tantos ochos de mayo ha contribuido a banalizar de nuevo aquellas doctrinas que nos condujeron al infierno. Decía en ese acto el compañero Jens Liedtke, del DGB-Südhessen (la organización regional de la Federación Alemana de Sindicatos en la zona del sur de Hesse) que la respuesta a la inseguridad social, al miedo al descenso social y a la precarización nunca puede ser el racismo. Que la respuesta a la injusticia nunca pueden ser políticas que generen aún más desigualdad. Sin memoria, el monstruo va poco a poco recuperando su aspecto de hombre corriente.
En el campo de Waldorf estuvieron encarceladas 1.700 judías húngaras. Las más jóvenes tenían 13 años y las mayores, 43. Algunas de las supervivientes que se atrevieron a contar su historia explican los gestos —para nosotros mundanos— que para ellas podían significar sobrevivir un día más, como por ejemplo encontrar unos zapatos de su talla. La distancia entre la vida y la muerte grabada en el número de unos zuecos. Es algo común entre los testimonios del holocausto. Primo Levi también recuerda el tormento insoportable que en su caso suponía tener que caminar por el barrizal con unos zapatos sin cordones, que a cada paso quedaban hundidos y atrapados en la nieve o en el fango. Los zapatos también son uno de los momentos de mayor angustia en la gran exposición itinerante sobre Auschwitz que recorre el mundo. A veces la historia posee objetos cargados de un misterioso poder que los hace sagrados y temibles.
Las formaciones que se abastecen del populismo, el nacionalismo y el discurso identitario excluyente vuelven a tener representación en nuestros parlamentos. Hace más de 80 años el Consejo Nacional de la Resistencia abrió un horizonte de conquistas sociales donde el sindicalismo fue clave. Esas luchas son las que nos inspiran, hoy, en nuestra batalla global por la libertad. Nos obligan a ponernos en los zapatos de una inmigrante alemana, un homosexual polaco o una víctima francesa de violencia machista. A comprender que las amenazas no terminan en Pajares o en los Pirineos, pero tampoco los respaldos. Las inercias extremistas se juegan en un tablero mucho más grande.
Hace solo unos días conocimos cómo la Policía Nacional desmantelaba el mayor grupo violento juvenil de ultraderecha en Asturias. Diecinueve detenidos en Oviedo, Gijón, Avilés y Castrillón; cuatro de ellos, menores de edad. Se les atribuyen al menos catorce agresiones y «cacerías» organizadas contra colectivos vulnerables. Mantenían una estructura de fuerte cohesión y disciplina interna basada en una ideología supremacista, elegían a sus víctimas por su origen, su fe, su sexo o su forma de amar, y utilizaban las redes sociales para difundir propaganda nazi y mensajes de admiración hacia figuras del Tercer Reich. En los registros, los agentes encontraron hachas, armas blancas, pasamontañas y materiales para fabricar cócteles molotov. Salían de caza por las mismas calles por las que paseamos usted y yo, por las que regresan a casa nuestros hijos e hijas. Alguien les enseñó a odiar así, con método y navaja. Alguien les está explicando contra quién ir y por qué. Europa lleva ochenta años diciéndose que aquello no puede volver a pasar, habrá que repetirlo otros ochenta años, porque cada vez son más los que se empeñan en soplar bajo las cenizas para que todo vuelva a arder.
Theodor Adorno dijo que después de Auschwitz ya no se puede escribir poesía, pero no dijo nada sobre chistes como los que narraban las propias víctimas del infierno nazi. Un judío superviviente del Holocausto muere de viejo y, al llegar al cielo, le cuenta un chiste a Dios sobre el exterminio. Dios le dice que no tiene gracia y el judío le contesta: «Es que tenías que haber estado allí».
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