Crítica de «La chica del coro» de Urska Djukic: el deseo femenino contra el dogma

Gloria Pintueles ASOCIACIÓN DE CINE LA QUIMERA

OPINIÓN

Fotograma de «La chica del coro». Cortesía de Atalante Cinema
Fotograma de «La chica del coro». Cortesía de Atalante Cinema

23 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pantalla en negro. Una respiración jadeante. Una primera escena que, sin mostrar apenas nada, nos sitúa ya en el tono inquietante y sugerente que define esta película. Así comienza La chica del coro, debut en el largometraje de la directora eslovena Urska Djukic, un film que podría parecer otro relato de despertar sexual adolescente bajo la sombra de la culpa católica, pero que pronto revela una sensibilidad más compleja, táctil e inclasificable. Djukic trasciende el coming-of-age convencional al indagar en la formación del deseo de una protagonista que nos desarma porque se resiste a las categorías que, desde la edad adulta, imponemos sobre la orientación o lo que significa amar a alguien.

Hay algo que se pierde en la versión española del título que desactiva parte del juego del original, Little Trouble Girls, variación en plural de la canción de Sonic Youth interpretada por Kim Gordon y Kim Deal. Ese plural importa: no estamos solo ante la historia de Lucija (la protagonista), sino ante una pequeña comunidad de adolescentes que cantan, cotillean, se desean, se comparan, se hacen daño y ensayan, sin ser del todo conscientes, distintas formas de ser adultas. Djukic ha explicado que aquella canción le produjo una rara sensación de reconocimiento, vinculada a crecer aprendiendo a agradar para ser aceptada, mientras lo más instintivo quedaba reprimido por considerarse impropio. De ahí que sus «chicas problemáticas» no lo sean por hacer algo especialmente escandaloso, sino porque están empezando a sentir demasiado.

Lucija, interpretada por la debutante Jara Sofija Ostan, tiene 16 años, un flequillo que aún no sabe domar y un misterio insondable. Todavía no ha tenido su primera menstruación y vive sometida a una mezcla de vigilancia maternal, desconocimiento corporal y moral religiosa que convierte la adolescencia femenina en una etapa liminal para la que no existen mapas. En el coro de su colegio queda fascinada por Ana-Marija, una compañera más madura, insolente y vivaz, interpretada por Mina Svajger. Durante un retiro en un convento rural, la atracción entre ambas, la aparición de un joven obrero y la presión del grupo generan en Lucija una crisis y dilemas a los que nunca antes se había enfrentado.

Reconozcámoslo, la premisa del film no parece particularmente original: la eclosión de los primeros deseos en el contexto de un ambiente colegial y religioso, la venganza y crueldad de las amistades en la adolescencia, campamentos de verano convertidos en rituales de paso... No obstante, Djukic logra sorprender y conmover con una propuesta que nos hace revivir la adolescencia como sensación, a través de imágenes bellísimas, con especial atención a los cuerpos —también los masculinos— sin apropiárselos ni reducirlos a objetos, y sin renunciar a su sensualidad inherente.

Fotograma de «La chica del coro». Cortesía de Atalante Cinema
Fotograma de «La chica del coro». Cortesía de Atalante Cinema

Otro de los méritos reseñables de La chica del coro es que no reduce el deseo de Lucija a una etiqueta inmediata («bisexual/lesbiana»). Su atracción se mueve hacia Ana-Marija y hacia un hombre, pero no tiene prisa por clasificar esas orientaciones. Lo que sí está claro es que Ana-Marija logra activar algo desconocido en Lucija: no solo un deseo dirigido hacia ella, sino la posibilidad de explorar su cuerpo y su sexualidad en sus propios términos.

Por otro lado, la religión no funciona únicamente como dispositivo represivo. El convento, las monjas, la liturgia y el canto coral generan una atmósfera casi erótica, donde lo espiritual y lo corporal se contaminan. Tomemos como ejemplo la escena en la que las chicas juegan a «verdad o atrevimiento»: cuando retan a Lucija a besar a la chica más guapa, ella elige conceder su primer beso apasionado a una estatua de la Virgen. El gesto nos desconcierta por su mezcla de ingenuidad, provocación y ambivalencia: puede que sea una forma de deseo desplazado, pero también una apropiación íntima y simbólica de la ortodoxia y los dogmas.

El tramo final de la película, más onírico y simbólico, tal vez sobreestimule, pero hay algo honesto en esa deriva hacia lo abierto y lo sensorial. La chica del coro no castiga a Lucija, ni convierte su despertar en una emancipación limpia y celebratoria. Tampoco cae en esa crueldad obsoleta con la que tantas películas a lo largo de la historia condenaron a quienes deseaban fuera de la norma. Lo que ofrece es el retrato de una transformación interior: la certeza de que algo ha cambiado aunque Lucija todavía no sepa nombrarlo.

Como la canción que le da título, La chica del coro es melancólica, sensual y cargada de posibilidades, más interesada en plantearnos preguntas que en responderlas. La última imagen de Lucija, comiendo uvas maduras al ritmo de Kim Gordon, conserva intacto ese misterio fascinante: el de una chica que siente que ha aprendido algo nuevo en la vida, una especie de recurso o poder, aunque aún no sepa qué hacer con él o hacia dónde orientar esa energía. Ganadora del Premio FIPRESCI en la sección Perspectives de la Berlinale (2025), este trabajo confirma a Djukic como una cineasta especialmente dotada para filmar la adolescencia femenina sin acudir a lugares comunes ni al melodrama, presentándola con todos los matices y misterios que también nosotres hemos vivido, pero que habíamos olvidado.