Y nunca llegaba pasado mañana. Dice la canción, de las más bonitas, del primer Sabina, el de aquel concierto con Viceversa que moló mucho más que la cuaresma de aquel año 86 y en el que «Cuervo Ingenuo» nos hizo vibrar cuando poetizó la claudicación del «soe» ante los que siempre mandaron. La izquierda, que mudaba a postcomunista, surgiría ese año con la fuerza del referéndum de la OTAN. Aún no había caído el Muro y éramos capaces de esperanzarnos y esperanzar a los que despertaban a la política y no les gustaba el mundo. Nos sentíamos, porque lo éramos, imprescindibles en esa política a pesar de las recientes derrotas y decepciones, éramos «militantes derrotados de una causa invencible» organizados en un partido, el PCE, y un sindicato, CCOO, que nos impregnaba de clase obrera. Mañana sería nunca hasta que lo trajéramos nosotros y nosotras cambiando al mundo de base. No sucedió.
Sin embargo, sí llegó pasado mañana y la derrota provocada por abandonar nuestra historia y enamorarnos del espectáculo, la fama y la imagen y de nosotros mismos convertidos en estrellas que han cambiado las tertulias y, denostando la lucha de clases, se han contentado con «la lucha de frases». Ahora, aturdidos por la fala de análisis de ese fracaso, buscamos defendernos y para ello teorizamos que hemos de cambiar de causa: la izquierda estatal que fuimos, la que pretende cambiar las relaciones económicas en todo el Estado y es molesta para los poderosos, está superada, afirmamos. La izquierda estatal es el problema, decimos, elaborando un pensamiento de una planitud apabullante. El futuro pertenece a la confederalización de las izquierdas llamadas territoriales, nacionalistas o soberanistas.
La clase dirigente, la que posee la riqueza, las empresas y el dinero, la que manda, tiene claro que los Estados son los principales actores políticos del mundo y los quiere dirigir. La izquierda se fragmenta para seguir existiendo, renunciando a ofrecer en España esperanza global y común que la gente pueda imaginar como proyecto colectivo. Así no se cambia el mundo de base, así se pierde sin ofrecer batalla a quien ejerce el poder económico injustamente. No les disputamos el poder real, es una rendición cómoda y, posiblemente, con éxito electoral. Será epidérmico y efímero. La izquierda debe tener un modelo de España y de Estado o no ganará nunca.
La izquierda tiene que arraigar en los territorios, los pueblos, y las naciones que forman España, el sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional es indispensable políticamente y es un arma fundamental para combatir las injusticias sociales. La plurinacionalidad es propiedad constitutiva y esencial de la izquierda y un concepto para inaugurar una idea de España mejor y puede que inédita, pero tiene un límite: el de la ruptura de la unidad de la clase trabajadora como sujeto político unitario en todo el Estado y ante ese Estado. La unidad de clase, es decir, la lucha por la igualdad social, cívica, fiscal y económica en todo el territorio no encuentra canalización a través del confederalismo. El pensamiento matriz de la izquierda transformadora es igualitario y, por tanto, federal, nunca confederal.
A veces las necesidades del conjunto son innegociables —democráticamente— con las partes. La soberanía de la clase trabajadora está por encima de los planteamientos soberanistas territoriales conformados por elementos ajenos, e incluso contradictorios, con el interés del conjunto de la clase trabajadora que tiene en un Estado Social fuerte que es su único medio para protegerse de la explotación económica incluso de las elites de sus territorios particulares.
No se trata de quedarse colgado en calle melancolía como dijo Sabina en ese concierto, la historia no va marcha atrás, pero el futuro, ciertamente nuevo, sólo se construye con regresos —a veces inesperados— a lo mejor de nuestro ser. Se trata de recuperar el pensamiento y, por tanto, la capacidad de análisis. Izquierda Unida es la única organización estatal que nos conecta con el pensamiento nacido en Tréveris y que es el único eficaz para librar la lucha por la igualdad plena, que es la lucha por un mañana que no llega nunca, porque así es la esperanza, pero que nos marca un horizonte que ilusiona. IU debe pasar a la ofensiva política aliándose, mezclándose, acordando con los diferentes, cambiando el lenguaje y las formas, innovando para evolucionar pero siendo siempre pensamiento de clase trabajadora. Nuestra genealogía está clara.
Rufián va a galvanizar a mucha izquierda nueva y veterana, instintivamente dispuesta a comprometerse con un proyecto nuevo, ilusionante y expansivo, pero si es un dirigente además de un candidato, si es un constructor de proyectos además de un comunicador, tiene que saber que el mañana que puede venir con el ascenso de las derechas —y sobre el que él advierte— requiere de un pensamiento enraizado en el movimiento obrero o volveremos a fracasar a causa de, exactamente, la misma soberbia y banalidad que nos hizo perder la década pasada.
Cualquier iniciativa de izquierdas necesita en su núcleo la densidad que sólo se adquiere viniendo de muy lejos en la Historia. Las ideas útiles para el cambio son acumulados de experiencias obreras muy dolorosas. La izquierda propuesta por Rufián será muy plural pero para no ser flor de un día ha de tener un solo corazón que lata de forma común a todas las partes del cuerpo por muy incomunicadas que estén y en el que esté la ambición por un futuro común para toda España. Pongamos que hablo de IU.
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