Parten del error

OPINIÓN

Una patrulla de la policía nacional patrulla por el parque de San Francisco en Oviedo. ARCHIVO
Una patrulla de la policía nacional patrulla por el parque de San Francisco en Oviedo. ARCHIVO Alberto Morante

Yo soy una persona que quiere conocer siempre toda la verdad aunque me duela o me avergüence, pero también quiero evitar la propagación de bulos que buscan negar la realidad que nos ofrecen los datos oficiales (si es que son los que tomamos como referencia, porque hay quien prefiere dejarse llevar por sus sensaciones personales mientras toma algo en la barra de un bar). Uno de los temas que más me preocupan entre lo que relatan las estadísticas y lo que mucha gente siente tiene que ver con la seguridad, sobre todo con la concepción social de que ha ido en detrimento la sana convivencia social en España. Quiero partir diciendo que no voy a negar cuestiones concretas, ni voy a decir que vivimos en una sociedad con criminalidad cero (no, eso ni se ha logrado ni aquí ni en ningún sitio, ni imagino que lo alcanzaremos jamás). Sin embargo, me parece injusto considerar que las calles de nuestro país son más inseguras en comparación a años anteriores, y lo ejemplifico en un lugar como Oviedo/Uviéu, donde diferentes organismos han reconocido como un municipio muy seguro. Sinceramente, no comparto que se difundan determinados comentarios que generalizan una situación particular (si alguien que me está leyendo ha sufrido recientemente un hurto u otro suceso o conoce a alguien que ha pasado por esa situación no pretendo que piense que niego que le haya ocurrido, sino que lo que quiero decir es que no debemos elevarlo a categoría de problema social como pueda ser, por ejemplo, el acceso a la vivienda).

Creo que es importante escuchar las sensaciones y las inquietudes de la ciudadanía sobre lo que más le preocupa, pero hay que tener presente que a veces parten del error o de información sin contrastar. Es cierto que hay dos variantes entre quienes tienen estas preocupaciones: unas personas achacan (sin ningún fundamento) que el incremento de migrantes conlleva más delincuencia (muy alimentados por los mensajes de la ultraderecha), pero otros que no mezclan ambas cosas también reconocen sentir miedo en la calle, y más a determinadas horas nocturnas. Es evidente que el miedo es libre, y la peor de las situaciones que persisten en la actualidad es que haya mujeres que se vean impedidas de ir solas a altas horas de la madrugada por si les puede pasar algo (cuestión que nos obliga a todos los hombres a autocriticarnos, puesto que ellas tienen el mismo derecho a sentirse seguras y libres). Seguramente desde la izquierda debemos quitarnos el complejo de hablar de seguridad, pero creo que debemos hacer mucha pedagogía para que pensamientos individuales sin sustento en datos oficiales no acaben por contaminar el debate público y tergiversen la realidad. 

Durante ocho años tuve el privilegio de vivir en Madrid. Quizás con el precio actual del alquiler de una habitación (ya en su momento la renta mensual de un piso era un dineral) me sería casi imposible vivir allí. Uno de los días que con más cariño recuerdo es la festividad local de San Isidro. Si no coincidía con un buen puente, lo más habitual es que me quedase en la capital de España a disfrutar del día con amigas y amigos de esa jornada en la Pradera. Que haya mucho mestizaje no es incompatible con el mantenimiento y arraigo de las tradiciones, y tras años perdiendo identidad, he visto que la capital de España está poco a poco recuperando su carácter popular, su manera de sentir y vivir sus festejos y animando a nativos y foráneos a que participen como mejor deseen.

La globalización ha irrumpido también en este tipo de eventos, y parten del error de hacer una copia y pega a celebraciones que no se parecen entre sí. Desgraciadamente cada vez más se busca una unificación con la que ya es difícil distinguir la singularidad de unas fiestas como las que hacemos en Oviedo/Uviéu con San Mateo, L’Ascensión, la Feria del Libro o la Navidad. Afortunadamente resisten algunas diferencias, como es el Martes de Campo, donde dio gusto ver a familias y amistades disfrutar del buen tiempo, de la compañía y de una jornada soleada. Me encantaría que no perdiéramos la esencia, la tradición y la manera de hacer las cosas desde perspectivas distintas, porque si algo bueno tenemos las humanas y los humanos, es que desde nuestra pluralidad somos capaces de transmitir una manera de vivir, una cultura que seguramente emane de una misma raíz común pero que luego se bifurca en diferentes ramas.