Desde que Kant retara a su siglo con el «<<sapero aude>>» («atrévete a pensar»), la razón comenzó a hacerse con el control de las ideas de derecho y libertad que elevan a las personas a esa categoría, la de personas. Kant comprendió y escribió textos sesudos, y arduos, contra la moral de un Barroco que clasificaba a los hombres por nacimiento, enjaulando en la miseria, la desesperación y el analfabetismo a esa inmensa mayoría de desgraciados que no habían conocido buena cuna. Kant fue uno de los intelectuales que, acondicionándolo a su tiempo, el siglo XVIII, sustrajo del olvido la Idea de Bien de Platón, abriendo las ventanas a los vientos ilustrados.
La Ilustración fue un movimiento que saltó dos siglos hace atrás para llegar hasta la fuente del Humanismo que, a su vez, como es conocido, nadó en los textos clásico grecolatinos para cortar radicalmente con un feudalismo de siervos y señores, de cruzadas y barbarismo, que, como veremos más adelante, con formas y maneras distintas para camuflarse, han vuelto en el siglo XXI y, hoy, alcanzan unas cotas impensables hasta hace bien poco. El Humanismo, la Ilustración y el Liberalismo, este del XIX, son hitos de la humanidad vividos en Occidente, donde la dignidad de las personas, de todas, fue el estandarte.
Sin embargo, este avance de dignidad no llegó a todos los rincones de Europa, menos todavía a los de América y muchísimo menos o nada a todos los rincones del mundo. Si hacemos caso a Ortega, España se saltó el siglo XVIII. La Ilustración dejó varios mensajes, uno de los principales fue que los intelectuales podían educar a las clases desfavorecidas, tarea imprescindible para entrar en la Modernidad, en la era en la que el hombre fuera el centro, sustituyendo a Dios, al rey, a la aristocracia y a la nobleza clerical. «Nos ha faltado el gran siglo educador», escribió Ortega, para quien la Ilustración fue un movimiento «maravilloso de la existencia europea». Incluso llega a afirmar que la barrera que supuso la cordillera de los Pirineos, que evitó que las Luces del XVIII iluminaran España, con el horrible Fernando VII y la demonización de los que despectivamente fueron catalogados de «afrancesados», supusieron, entre un rosario de siniestros avatares, el detonante de las guerras civiles en el siglo XIX, del golpe de Estado de Franco, de la interminable dictadura y de la partición del país en ideologías y clases tan dispares como sempiternas, lo que se ha dado en llamar «las dos Españas». Los esfuerzos de Giner de los Ríos con la Institución Libre de Enseñanza, de Manuel Azaña, de Gregorio Marañón, del citado José Ortega, etcétera, fueron decapitados, siguiendo la suerte de nuestro Rafael del Riego.
Habrá que hacer derivar de esta cascada de acontecimientos el hecho de que, junto al asalto global a la democracia (se hizo diáfano en 2018, tras la moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy, la coalición PSOE y Podemos en 2020 y la ley de amnistía a los condenados del <<procés>> en 2024), a nuestro país le era imposible dejar de ser lo que es en el presente: una mierda. Sin educación y sin razón, con la respiración en la nuca de los reaccionarios (económicos, sociales, políticos, judiciales, periodísticos, propagandísticos, con su exaltación de la bandera del Aguilucho o el regreso de las tesis raciales, las mismas que llevaron a la prepotente y zafia Castilla al desastre imperial) y con las masas incivilizadas y teledirigidas desde pozos sépticos, España es pasto de los instintos más bajos, de la depredación, del desmontaje del sistema liberal democrático y constitucional, de una pseudo feudalización y, en conclusión, de unas hordas tiránicas insaciables de bienes que hacen de España la nueva Gran Ramera bíblica, en la que solamente quienes procuran esforzarse por cumplir el reto kantiano («atrévete a pensar») se asean diariamente en esta renacida y sucia Babilonia.
En convergencia con lo escrito hasta aquí, y en una interpretación personal que bien pudiera no coincidir en todo, que sería de lo más cabal, pero que sí pudiera coincidir en parte, termino el artículo transcribiendo la primera oración con la que empezó el suyo de esta semana, en este periódico, el historiador y profesor Francisco Carantoña Álvarez (hijo del que fuera maestro de periodistas, Francisco Carantoña Dubert): «España tiene una querencia histórica hacia el esperpento, que se combina de forma natural con la tragedia».
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