Los short dramas vienen a por nosotros

Nuria Tuero ASOCIACIÓN DE CINE LA QUIMERA

OPINIÓN

Jóvenes usando redes sociales en sus móviles.
Jóvenes usando redes sociales en sus móviles. MAST IRHAM | EFE

Los short dramas son un nuevo tipo de web series destinadas para nuestros móviles. Suelen contar historias tele novelescas e intentan engancharte a los pocos segundos, ños actores sobreactúan y suelen decir frases bastante explícitas. Ah, y lo más importante, a diferencia del cine o de las series que consumíamos hasta ahora, los short dramas tienen un formato vertical.

Es una forma de ficción que deriva de TikTok y que hoy en día ya tiene sus propias plataformas para consumirlos. Están diseñados para ganar nuestra atención en segundos y hacernos adictos a una historia contada en videos de un minuto. Lo importante: al final de cada video hay prácticamente un giro, es decir, cada sesenta segundos.  Este cliffhanger puede ser de mayores o menores proporciones, pero todos te dejan a la espera de querer continuar la historia y normalmente los mejores cliffhangers se dejan para el último capítulo gratuito, haciendo que pagues unos céntimos por seguir viendo la serie. 

Son para ver en el metro o en el bus, sin necesidad de tener que mirar de continuo la pantalla. Y no sé si prefiero esto o que sigamos consumiendo videos de gatitos. Estamos quitándole algo al cine si lo reducimos a un medio que usamos mientras estamos en transporte público o sin mirar. Hacemos que los diálogos nos cuenten todo y no dejamos ni espacio para la puesta de escena. Y, aunque de primeras en unos videos del móvil no tenga tanta importancia, lo que me da pavor es que se traslade a la pantalla grande, que esta falta de atención transforme el cine tal y como lo conocemos. 

No debería de atemorizarme, pues el cine lleva siendo un arte cambiante desde su inicio. Pasamos del blanco y negro al color, del mudo al sonoro… En la nouvelle vague, etapa por excelencia de las innovaciones cinematográficas, se comenzó a rodar con cámara en mano, se realizaba iluminación natural y se impulsó una narrativa discontinua. Esas modificaciones eran creadas por personas de la industria, por autores, ahora son creadas por empresas. 

Somos víctimas de la capitalización de cualquier tipo de producto cultural. Primero fueron los libros, reducidos a un mero objeto decorativo en estanterías. Nos gusta enseñar en redes cuantos libros tiene nuestra estantería, aunque no los hayamos ni leído. Quedan bien, son bonitos y podemos parecer intelectuales frente a nuestros amigos. Lo mismo está ocurriendo ahora con el cine. Supongo que lleva ocurriendo un tiempo si tenemos en cuenta las franquicias y todo el dinero que mueve el sector… Pero nunca habíamos llegado al punto de imitar a Tik Tok.

No podemos culpar solo a la industria de la degeneración a la que estamos llegando. La culpa es en gran parte nuestra por querer cada vez contenido más rápido y no analizar su calidad.  Ya lo hemos vivido con las frutinovelas, videos hechos con ia en los que unas frutas viven su propio culebrón. Tienen miles de visitas, son rápidos y cuentan historias simples de amor y desamor. Puestos a elegir prefiero que los short dramas triunfen más que las frutinovelas, por lo menos en los short dramas trabajan personas, no una IA. 

Mientras consumimos short dramas o frutinovelas, nuestra capacidad de atención se desvanece y aunque, esto ahora no pueda ser tan preocupante, ¿en unos años? Si ahora no aguantamos ni siete segundos para decidir si una historia nos gusta o no, en cinco años, ¿qué aguantaremos tres milisegundos? ¿Si una película empieza con un plano fijo que se mantiene tres minutos la abandonaríamos porque tarda en comenzar? ¿O si los personajes no dicen explícitamente lo que piensan no los entenderemos?

En Farenheit 451, una de las obras célebres de la literatura distópica, los bomberos queman los libros con el propósito de eliminar el pensamiento crítico. Sin los libros no saben nada de su cultura, ni de su historia ni de ellos mismos. Los personajes no cuestionan la realidad que les rodea porque no tienen los medios si quiera para desarrollar esas preguntas.  Nosotros no necesitamos que nadie nos queme los libros, ya quemamos nosotros bien la cultura para evitar pensar demasiado.