Ese fue su mensaje más poderoso: alza la mirada. Ni Ratzinger fue un robot de acero, ni Francisco fue un peluche blanco. Hay mucha leyenda. León XIV no es un león de la selva, ni un gato de sofá. Ni ruge, ni maúlla. En Madrid DF nunca se bajó de esa media sonrisa como de santidad que le permitió decirle a la cara a los políticos cuál está siendo su pecado capital: la polarización que nos destruye. Pedro Sánchez, uno de los dos máximos exponentes de esta España a palos, entendió el tortazo y, después de saludar, se marchó a la Illa de Barcelona al Primavera Sound. Mejor música electrónica que más ganchos papales. El otro destinatario, Santiago Abascal, no apareció ni en misa. Sánchez y Abascal están deseando que pase como un sarampión esta visita de Prévost. En las Cortes repitió reprimenda. La Iglesia, por algo tiene más dos mil años, eligió en el último cónclave un papa con un currículo del siglo XXI. Inspirada por el Espíritu Santo en la Capilla Sixtina, acertó con un hombre que ha sido el primero en poner contra las cuerdas al emperador naranja Donald Trump. Trump no soporta que el papa sea más famoso que él. Y encima es de su país, o de la forma en la que él entiende los Estados Unidos: como su finca. León XIV irá a Canarias a estar con los migrantes, los seres que Trump y Abascal quieren borrar del planeta. Vox cuenta los minutos para que el papa se marche por donde vino. Polarización. Migrantes. Redes sociales. Esos fueron los hashtag de un papa que pone el dedo en la llaga de Cristo sin ser tan popular como su santidad argentina, ni tan dogmático como Ratzinger Z. Fue azote de las redes sociales, por tóxicas y vanas. Pero a la Iglesia aún le queda mucho que reflexionar. Sobre otras opciones sexuales. Aceptar ya a los homosexuales. Nadie elige cómo amar. Cambiar ya el papel de la mujer en la Iglesia. En estos temas suspendió. Por lo menos ha pedido perdón por los abusos sexuales, por la pederastia, que ha sido pandemia durante décadas en muchas sotanas. Un papa siempre debe ser concordia. Motivo de esperanza. La Sagrada Familia de Gaudí bien merece a León XIV. Un símbolo mundial bendecido por otro. Por un hijo de Chicago, de Perú, por un hijo de Dios. Quedó claro de su paso por Madrid que el papa no entiende de fútbol con esa declaración en el avión de que, como su santidad, es de todos los equipos, pero que, como humano, es del Real Madrid. Espero que sea como los cantantes que, como buenos tribuneros, se ponen en cada sitio la camiseta del club de la ciudad. Aunque el papa de blanco va. Ojalá que el año que viene vuelva por el Año Santo y podamos disfrutar de León XIV en esa rosa de piedra que es la catedral de Santiago. Y si cuando regrese es un poco más flexible con los homosexuales y las mujeres, estaremos ante un pontífice que puede hacer historia sin tanto dogma de fe del alemán, ni exceso de carisma del argentino. Un papa mundial que abrace la diferencia. Y que ame sin juzgar. Disruptor. Poco a poco. Mover un centímetro la mole de San Pedro necesita tiempo. Prevost puede. Lo dijo en sus palabras: «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano». Levantemos la mirada.
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