El sorprendente liderazgo de un papa en el siglo XXI

OPINIÓN

El Papa León XIV saluda desde la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia.
El Papa León XIV saluda desde la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Simone Risoluti | REUTERS

Sin duda, es sorprendente que, en el siglo XXI, un papa de la Iglesia Católica se convierta en la gran referencia moral y política del mundo. Han pasado 250 años desde que los Estados Unidos de América proclamaron su independencia y abrieran el camino a la creación de la primera gran república constitucional y representativa de la historia, ha cumplido también dos siglos y medio la «Declaración de derechos hecha por los representantes del buen pueblo de Virginia» y 237 años la «Declaración de derechos del hombre y el ciudadano», de la Asamblea Nacional francesa. Suponían los primeros triunfos de las ideas de la Ilustración, incluida la plena libertad de religión, entonces tan poco grata para el catolicismo. El mundo se volvería progresivamente más laico y más libre, a pesar de los múltiples altibajos ¿por qué resurge ahora el papado? Si tomamos como referencia el histórico choque entre la iglesia y el imperio o, en la Edad Moderna, entre papas y monarcas, hay una explicación evidente, aunque no sea la única: nunca el emperador fue tan estúpido.

León XIV es un hombre culto, que construye discursos inteligentes. Sabe defender sus ideas con respeto, intenta convencer, no dar la impresión de que quiere imponerlas, lo demostró en su intervención en el parlamento español. Es firme sin necesidad de caer en la descalificación personal o en el exabrupto. Su aparente timidez aumenta su empatía. El contraste con el bermejo albardán es manifiesto, pero, además, es el único líder mundial que se ha atrevido a poner en evidencia, de forma contundente, la inmoralidad de su gestión. «Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’». No pudo ser más duro, sin necesidad de dar nombres o de añadir adjetivos.

Donald Trump es un personaje inmoral, que solo piensa en enriquecerse, además de ignorante, ridículamente vanidoso y maleducado, pero el mundo no anda sobrado de líderes. No se trata solo de que ningún dirigente democrático se haya enfrentado con contundencia con él, los más poderosos, que también han preferido eludir el conflicto, no solo son dictadores, sino que su falta de respeto por los derechos humanos los convierte en muy poco recomendables. En las democracias predomina la mediocridad, la política del corto plazo, la carencia de firmeza en los principios, el incumplimiento de lo que se promete; las dictaduras ni siquiera prometen ya la utopía.

León XIV no solo brilla por contraste. Como su predecesor Francisco, tiene los Evangelios como referencia fundamental. De ahí la defensa de los pobres y de los marginados. Es sorprendente que muchos católicos estén firmemente convencidos de que la caridad consiste en dar una limosna al pobre de turno los domingos, a la puerta de la iglesia. Poco leen lo que los apóstoles escribieron sobre la predicación de Jesús.

Había una revista del siglo XIX, de la época del Sexenio Democrático, «La Ilustración Republicana Federal», de inequívoca tendencia, que tenía como lemas fijos de su cabecera: «Amaos los unos a los otros. Todos los hombres son Hermanos. CRISTO». Fueron muchos los movimientos igualitarios que, desde la antigüedad tardía, se inspiraron en la predicación de Jesús, recuerden los no muy avezados en la historia, al menos, lo que relata «El nombre de la rosa». También sucedió con movimientos democráticos y socialistas en la época contemporánea, incluso en España durante la dictadura franquista, a pesar de la actuación de la mayoría de la jerarquía eclesiástica. No fuimos pocos los adolescentes o jóvenes que nos tomamos en serio las Bienaventuranzas y pasamos, casi sin solución de continuidad, de los Evangelios al Manifiesto Comunista. Algunos conservaron su fe inicial, otros la perdimos, aunque no olvidásemos lo entonces aprendido.

En su discurso en el palacio de las Cortes, León XIV tuvo el acierto de unir la tradición cristiana con la ilustrada: «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares». Esa defensa de la dignidad humana fue la que condujo, hace más dos siglos, a la consideración de que todos «por el hecho mismo de existir» poseen «derechos inherentes, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden ser privados o postergados», como señalaba la pionera declaración de Virginia.

Su defensa del bien común como fin de la legislación recuerda también a la búsqueda de la felicidad de la ciudadanía, que imponían la Ilustración y el primer liberalismo a la acción de los gobernantes. Su defensa de la paz no puede ser más oportuna y, sobre todo, que «allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos».

Asombra que dijesen sentirse identificados con el discurso del papa quienes pidieron que buques de guerra hiciesen frente a la llegada de embarcaciones con migrantes a Canarias (tuvieron que ser los propios mandos de la armada los que recordasen que si se encontraban con una embarcación llena de gente en peligro de naufragar lo único que podían hacer era socorrerlos y llevarlos a puerto), los que llaman despreciativamente «menas» a niños y adolescentes para deshumanizarlos y, todavía hace unos días, afirmaron que si llegaban a Aragón los arrojarían delante de la delegación del gobierno. Esos que no son capaces de percibir que a quienes hacen verdadero daño es a personas, a hijos del dios en que dicen creer, no a Pedro Sánchez.

El fenómeno de las migraciones es muy complejo, tiene beneficios y provoca problemas, sus causas no son fáciles de resolver y menos por un país solo, pero se adopte la política que se adopte, no se puede olvidar que los migrantes son personas con todos los derechos, que se merecen un trato digno y una alternativa lo más generosa posible. España ha sido un país de emigrantes económicos y políticos, no puede olvidarlo. A los primeros les hubiese destrozado la vida, sus esperanzas, una expulsión brutal del país al que habían emigrado, a los segundos la devolución podía costarles literalmente la vida, como les sucedió a los que cayeron en manos de las dictaduras nazi o salazarista. No creo que las palabras de León XIV influyan mucho en los dirigentes de la extrema derecha, pero sería bueno que lo hiciesen entre sus votantes.

No debió extrañar su poco agresiva referencia a que «toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Hubo quien lo definió como un rasgo conservador, no sé qué esperaba de un papa católico. La Iglesia cambia lentamente su doctrina y nunca lo haría su sumo pontífice en un discurso ante un parlamento. Supongo que el propio papa podría darse cuenta de que hay cierta contradicción en la aceptación de la medicina y el «ocaso natural». Si este puede retrasarse gracias a los avances médicos ¿por qué no puede evitarse que se prolongue innecesariamente solo para hacer sufrir a la persona e incluso privarla de su dignidad? El «ocaso natural» existía cuando la esperanza de vida al nacer era de 30 años, afortunadamente, hace ya también dos siglos de eso. No puedo extenderme sobre la interrupción del embarazo, pero la iglesia juega en este caso con el concepto «vida humana», que lleva a un límite muy discutible, con olvido de la muy importante vida de las mujeres que deben decidir si quieren o pueden ser madres.

Además de por sus cualidades personales y por la fuerza de su doctrina, capaz de sobrevivir a la propia existencia de la Iglesia Católica, León XIV cuenta con la ventaja no solo de la carencia de rivales políticos, sino de la debilidad de los ideológicos. La extrema derecha puede hacer mucho daño, pero es presa de sus propias limitaciones. Defensora del capitalismo de tecno-oligarcas, de un autoritarismo que pronto se volverá incómodo para la mayoría y de un egoísmo poco defendible, se alimenta de la desesperanza de un sector de la sociedad y de las ambiciones de otro, ideas razonables ofrece muy pocas, si es que tiene alguna. El liberalismo está demasiado lastrado por un capitalismo cada vez más inhumano y depredador. Las izquierdas carecen de alternativa al capitalismo, salvo intentar atemperarlo. No tienen alternativa para sustituirlo ni sabrían cómo hacerlo sin una revolución violenta para la que carecerían de seguidores. El problema del marxismo es que se convirtió en una religión, lo que esclerotizó su pensamiento, pero, además, hizo demasiadas profecías fallidas. Las izquierdas tienen que construir propuestas para un mundo muy alejado de los siglos XIX y XX. Volver a los padres fundadores no será suficiente, pero leerlos como si no fueran profetas divulgadores de la verdad revelada podría ayudar.

Enric Juliana ve en los discursos del papa el deseo de impulsar una nueva Democracia Cristiana. También reconoce que no es fácil en España. No vendría mal una derecha dialogante, educada y con sensibilidad social, ahora que la propia Iglesia Católica ha abandonado batallas perdidas como la del divorcio o la imposición universal de los símbolos cristianos. Eso sí, debería alejarse de la cleptomanía que caracterizó históricamente a la DC italiana. En cualquier caso, mucho debería cambiar el PP.