Cada uno de los Mundiales, que son orgías perpetuas, nace de un pecado original. El delito de este Mundial se gestó en diciembre del 2010, en Zurich. En su habitación del hotel Baur Aur Lac, Bill Clinton estrelló su teléfono contra un espejo al ver como la FIFA traicionaba el pacto por el cual el Mundial del 2022 se celebraría en Estados Unidos. Y elegía por sorpresa a Catar. La traición provocó la ira del estado profundo norteamericano. La Fiscalía de Nueva York destapó el Fifagate y llevó a la cárcel a 16 de los 22 cargos de la organización por delitos de corrupción. Cayó —muy a su pesar— Sepp Blatter y lo sustituyó Gianni Infantino. Sobra decir que la primera decisión de Infantino fue garantizar el Mundial 2026 a Estados Unidos, con Canadá y México incrustados en arte del disimulo. Es verdad que una cosa es un Mundial usamericano a secas y otra una Copa del Mundo en los States de Donald Trump. Con ese nobelcito del fútbol concedido a Trump, Infantino ya anunció que iría con todo.
Y éste es el panorama antes de la batalla: el mejor árbitro de África está excomulgado del Mundial por somalí. La selección de Irán deberá ducharse y abandonar de inmediato Los Ángeles y Seattle tras sus partidos para dormir en Tijuana. Cannavaro y sus uzbekos y el
Senegal de Sadio Mané han sido cacheados al cruzar la frontera. Las entradas sufren el llamado valor dinámico, sin precio estable. Llegan a 800 euros en primera fase. Dijo Valdano que el fútbol era la ópera de los pobres. Pero qué ópera, si Italia quedó una vez más fuera de juego. Y qué pobres, si en los aledaños el ICE rastrea sus pasos.
El Mundial arranca como muy exclusiva Casita de Infantino. Está por ver que en un largo mes la mano de dios de esa fuerza de la naturaleza llamada fútbol no abra puertas y ventanas. Y desordene el Nuevo Orden.
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