Machos del calor

OPINIÓN

Un operario se refresca en una fuente por las altas temperaturas en un parque de Lérida.
Un operario se refresca en una fuente por las altas temperaturas en un parque de Lérida. Ramon Gabriel | EFE

Resulta que hay muchos hombres de verdad en España, hombres aguerridos aunque no mucho, pues trabajan en oficinas con aire acondicionado y al mismo tiempo quieren que los niños se pudran de calor en los colegios porque eso curte mucho. En Andalucía, Madrid o Castilla la Mancha, por poner algunas comunidades, esto puede ser realmente dramático, lo de pasar horas en el colegio muy por encima de treinta grados, y los pavos reales macho que tenemos en los medios y en las asambleas y parlamentos regionales se ponen a soltar estupideces ante un hecho que puede llevar a la muerte a cualquier persona, tenga la edad que tenga.

Es un hecho, más allá del tópico, que quienes legislan trabajan bajo condiciones óptimas de calor y humedad y hasta mueven sus ostentosos traseros dentro de coches oficiales con aire acondicionado. La derecha entera de este país, desde el primero hasta el último mono, es negacionista del cambio climático. Los opinólogos de derechas también lo son. Machos muy machos están estos días recordando sus gloriosos tiempos de EGB, una vez más haciendo uso de la más reaccionaria de las armas políticas: la nostalgia. En mi colegio teníamos calor y no teníamos calefacción en invierno, en mi colegio nos pegaban por no saber algo y nos pegaban el doble por saberlo, en mi colegio se nos caían los dedos de los pies por el frío como a los exploradores del Polo Norte, en mi colegio pasábamos hambre y no teníamos pantallas y si las hubiéramos tenido nos las habríamos comido del hambre que pasábamos y con todo esto, nos hemos convertido en hombres de provecho y ahora los niños son de cristal porque están imbuidos de filosofía woke y feminismo.

Ninguno de estos supermachos aguantaría más de diez minutos a treinta y cinco grados en un aula con esos ridículos trajes de corbata y chaqueta que lucen en junio en sus oficinas pagadas por todos. Porque esta es otra, estamos pagando las facturas de luz debidas al aire acondicionado a gente a la que no le importa que los hijos de los demás mueran por un golpe de calor.

Realmente esto no se explica sin el negacionismo del cambio climático. En España siempre ha hecho calor, dicen, como si el calor de España hoy tuviera que ver algo con el de los años setenta u ochenta y como si cada año España no batiera todos los récords conocidos de altas temperaturas. Climatizar las aulas sería admitir que tenemos que adaptarnos a un entorno cada vez más hostil y luchar para que no empeore y eso nadie está dispuesto a admitirlo. En el PP suelen hablar a veces del fanatismo climático para quienes señalan el camino que deberíamos seguir para sobrevivir en condiciones. Es una forma de negacionismo de baja intensidad pero igualmente empeñado en que sigamos exactamente como si no existiera el cambio climático. He visto y sufrido desmayos por calor en el trabajo en los últimos años y he visto con estos ojitos cómo las empresas tratan de negar que esos desmayos sean debidos a las malas condiciones de trabajo fruto del calor excesivo. Nadie quiere ponerle el cascabel al gato porque entra en confrontación directa con empresas potentes que están pudriendo el planeta y, ante todo, con el dinerito que exudan. A mí me parece que nuestros niños y niñas valen más que todas esas empresas y todos estos políticos negacionistas y que merecen disfrutar de un entorno que no ponga sus vidas en peligro. No, no es el mismo calor que antes, pero tampoco antes era ideal estar a altas temperaturas dando clases. Los machos duros deberían bajarse un poquito del pedestal y admitir la realidad: que nada volverá a ser como antes y que como hombres, son más bien blanditos pijos que trabajan entre algodones. Pero para ello hay que deshacerse de la nostalgia fascistoide y eso implicaría admitir sin ningún tipo de tapujo la existencia del cambio climático. La derecha no lo va a hacer nunca ni aunque estemos muriendo como moscas. No les importan otras vidas que las suyas, que casualmente están siempre fresquitas en verano y calentitas en invierno. Cómo les va a molestar algo que no están sufriendo, es imposible. Hay que hacerles bajar de ahí.