Punitivismo, polarización y ley trans

OPINIÓN

Un teléfono móvil con varias aplicaciones de redes sociales instaladas.
Un teléfono móvil con varias aplicaciones de redes sociales instaladas.

Cultura de la cancelación en una sociedad cada vez más polarizada

14 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Las palabras punitivismo y antipunitivismo son relativamente nuevas para mí. Las incorporé a mi lenguaje a la vez y como posturas políticas muy marcadas. Las dinámicas de las redes sociales se han impuesto en la sociedad y se acabaron los matices. O eres A o eres B, o conmgo o contra mí.

Las redes sociales nos han traído más cosas malas. Cuando escribí este artículo sobre los zafios insultos al alcalde Madrid, no se había llegado a que una presidenta de una comunidad presuma de insultar al presidente legítimo del gobierno y se tome como a risa esa situación. Esta normalización del insulto y las amenazas graves en las redes sociales nos está llevando por un camino que solo conduce al abismo. Hemos normalizado esos comportamientos en las redes y ahora los están normalizando en la vida real.

Y esto degrada el discurso público y la posibilidad de tomar decisiones colectivas acertadas. Es difícil debatir con serenidad sin entrar en tú eres de los míos o de los contrarios. Por eso critico lo de punitivismo y antipunitivismo. Creo que debemos tener un sistema penal coherente con los valores constitucionales y de la declaración universal de los derechos humanos. Es decir, no basado en la venganza y la ley del Talión sino en la rehabilitación de los delincuentes y en entender que perseguimos la erradicación del delito no del delincuente. De la misma forma y basado en los mismos valores no podemos aceptar la impunidad ni desproteger a la sociedad frente a los violentos que por desgracia existen.

Cuando leemos noticias terribles sobre agresiones sexuales y asesinatos, ¿No es lógico pensar que los responsables deben tener condenas duras y largas?. Si hubiera justicia, Putin, Netanyahu, y tantos otros gobernantes y jefes militares deberían pasar el resto de sus vidas en la cárcel. Todos sus bienes deberían pasar al dominio público y todos los homenajes recibidos desaparecer. No creo que eso sea ser punitivista.

En una escala menor en cuantía y con otras motivaciones también tenemos asesinos a nuestro lado. A mí un recuerdo que me marca mucho es el de Olga Sangrador, asesinada en el año 1992 por un delincuente sexual de permiso penitenciario. Era, por cierto, un hombre casado y con dos hijos que salía de permiso para ver a su familia. Aprovechó el permiso para secuestrar y asesinar a una niña de 9 años. Español y payo. Recuerdo la entrevista en la radio al juez que dio el permiso penintenciario. Lloraba a lágrima viva.

Es un caso que nos cuestiona, porque los permisos peninteciarios son el método lógico para que las personas puedan ir reinsertándose en la sociedad. Nos cuestiona también porque después de cumplir 20 años por el asesinato, volvió a delinquir. Y nos cuestiona porque los delitos que comete son gravísimos y contra menores.

Hoy en día las leyes son más duras contra este tipo de delitos y quizá hubiérmos evitado el asesinato. Que una persona que ha cometido una agresión sexual y ha sido condenado por ello reincida y secuestre, viole y asesine a una niña de 9 años nos enfrenta a lo peor del ser humano y nos obliga a admitir la necesidad de penas muy largas de cárcel, ya que hay personas de difícil rehabilitación. Y es algo que deberíamos consensuar como sociedad. Desde mi perspectiva política materialista tengo que afrontar la realidad sin obviarla y huyendo de debates maniqueos sobre punitivismo o antipunitivismo.

Un ejemplo de cómo las trincheras y el maniqueísmo hicieron mposible el tan necesario debate, es la ley de garatía de libertad sexual. Mal llamada ley del “sí y solo sí”. Mientras se tramitaba, la ultraderecha movió bulos entre adolescentes haciendo creer que la ley exigía que se firmase un contrato antes de tener relaciones sexuales. Doy fe que tuve que desengañar a algún adolescente. Cuando ya entró en vigor, se consiguió asentar en la opinión pública que era una ley hecha para poner en libertad a los violadores. Justo lo contrario.

Está claro que ambas cosas a la vez no podían ser ciertas, es más que ambas son falsas. Era necesaria una comunicación pedagógica y serena. Unificar abuso y agresión implicaba cambiar los tramos de penas que se aplican y eso podía afectar a personas que ya estaban cumpliendo condena. Eso no es malo ni bueno, es buscar cómo sociedad, sin gritos y sin sectarismo qué queremos hacer en un determinado tipo de delito. Si dices ser antipunitivista pero no ves bien que un juez aplique un beneficio con efecto retroactivo, eres incoherente. Personalmente creo que el mayor problema de esta ley fue una comunicación nefasta del ministerio, basada percisamente en las reglas de lo «viral».

Un error similar lo cometió el mismo ministerio de igualdad con la ley trans. Se insultó y descalificó a quien discrepó. Conmigo o contra mí. Por ejemplo, a mi juicio, se adoptó una postura naif sobre la política penitenciaria mientras se proponían medidas punitivistas a quien incumpliese esta ley y no se admitieron las críticas a estos aspectos. Una persona que comete un delito y está condenada a muchos años de cárcel está privada de muchos derechos fundamentales, como por ejemplo el de poder llamar por teléfono a su familia. Muchas feministas propusieron modificar la ley para que una persona que haya cometido un delito de violencia machista o de violencia sexual no pueda usar el derecho de autodeterminación sexual hasta que salga de la cárcel. Creo que el derecho de otras reclusas y de las funcionarias a su propia seguridad está por encima del derecho de autodeterminación de sexo de un asesino. Sin embargo, el ministerio lo despachó con que había recibido un 60 % de alegaciones a favor de la ley y no cambió ni una coma.

Al margen del muy irregular procedimiento de alegaciones, es tomarnos por idiotas resumir las alegaciones a una ley en a favor en contra. Si yo alego contra una autopista, no estoy ni a favor ni en contra de la autopista, estoy diciendo que en ese tramo al que alego, el proyecto me perjudica y/o incumple una normativa. No se quiso salir de las categorías y prejuicios preconcebidos acusando de punitivista a quien estaba haciendo una reflexión oportuna. Se aplicaron dinámicas políticas que solo traen confrontación e ineficacia.

Estas semanas se está debatiendo la «Ley trans asturiana» y hay posicionamientos públicos de feministas que proponen cambios en el proyecto. Escuchémoslas, debatámoslos, y no insultemos. No repitamos errores que nos han costado cientos de miles de votos.