Cuando mi Tormentito tenía 7 u 8 años me decía: «Papá es guapo y tú eres vieja, ¿es que no lo ves?». Y señalaba el espejo retrovisor para que comprobase la evidencia de mi decadencia de señora que fue madre por segunda vez a los 40. El otro día vimos juntas la serie de Victoria Martín, Se tiene que morir mucha gente. Las treintañeras y sus tribulaciones están a medio camino entre las suyas y las mías. Allí nos encontramos, en la mirada inteligente y desencantada de mujeres jóvenes que empiezan a ocupar el espacio y contarnos el mundo, que ha cambiado. La historia la protagonizan tres amigas que se quieren, pero se soportan malamente. Los vínculos humanos son salvíficos y patéticos al mismo tiempo. También la amistad, pero qué haríamos sin amigas, esas que ven cómo te despeñas desde mucho antes de que llegues al barranco. Una de las chicas está felizmente casada y embarazada de un hombre rico y mayor. La harmonía de jardín y fiestas de bienvenida prenatal se desmorona en las confidencias que destapan el asco que le provoca el cuerpo decrépito del señor. Hablan de él, antes de que salga en pantalla, con absoluto desprecio. Las guionistas tienen ese oído necesario para que las conversaciones levanten esas situaciones un poco desatinadas que suceden en las comedias. Es como si estuviéramos mirando por una mirilla una charla privada de esas que todos practicamos, entre delirante y descarnada. Cuando aparece en escena el individuo en cuestión, Tormentito dice riendo, pues es mayor, pero no está tan mal. Ella siempre ha sido muy de su papi y de Colin Firth. El marido es un cincuentón bien parecido, pero no deja de ser un viejo para una chica veintitantos años más joven. Parece una nadería, pero en ese planteamiento hay una revolución, una venganza. La intención de tirar el pedestal y romper en pedazos esa idea del atractivo masculino como infinito. Está el poder, la comodidad, el estatus, puede que la admiración, pero, más allá de la posibilidad del encuentro emocional entre dos personas de diferente edad, la cuestión, queridos, es que vosotros también sois viejos, lo que pasa es que os hemos dejado vivir sin miraros al espejo. A nosotras no nos queda más remedio. No pasa nada, aprendemos a ser viejas y divinas.
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