Hace unos días Compromiso Asturias XXI — asociación que, integrada por asturianos que desarrollan sus carreras profesionales en distintos lugares del mundo, promueve el progreso de nuestra comunidad autónoma— hizo público el resultado de la cuarta edición del Barómetro sobre Expectativas del Estudiante Universitario Asturiano.
A través de 681 encuestas analizadas, realizadas a jóvenes entre los 20 y 23 años que cursan estudios de ciencias sociales, jurídicas e ingenierías en la Universidad de Oviedo, la asociación ha elaborado un detallado estudio sobre las aspiraciones y perspectivas de futuro de los universitarios asturianos.
Este trabajo demoscópico debería ser, por la importancia de los temas tratados, de obligada lectura para quienes hoy dirigen el gobierno del Principado y para aquellos que puedan hacerlo en un futuro próximo.
Sin obviar ninguna de las cuestiones planteadas (preferencia por trabajar en el sector público, mayoritario deseo de permanecer en el mismo empleo más de diez años o como la educación, seguida de la ingeniería, es el área con mayor interés profesional) la encuesta traslada cuatro porcentajes que a nadie, especialmente a nuestros representantes políticos, deberían pasar desapercibidos:
- El 61,3% de los universitarios consultados desearían quedarse en Asturias tras finalizar sus estudios.
- Un 30,4% no confía en encontrar trabajo en el Principado.
- De tener que abandonar su tierra el 92,8% lo haría con la intención de volver.
- Sólo el 7,2% se irían sin deseo de retornar.
Los datos son tozudos, merecen un análisis sereno, firme y realista, alejado tanto del catastrofismo como de la complacencia.
Lo que refleja este barómetro no es un fenómeno novedoso ni un bache coyuntural; estamos ante un problema crónico que arrastra nuestra comunidad desde hace décadas, alimentado por la inercia de aplicar, año tras año, las mismas recetas políticas sin obtener resultados distintos.
No tiene por qué ser una mala noticia que un joven decida hacer las maletas tras graduarse; al contrario, salir, conocer otros mercados y abrir la mente es una experiencia que, siendo voluntaria, es enriquecedora. Positiva tanto para el profesional como, a la larga, para la sociedad que lo recibe de vuelta.
El problema no está en la movilidad. El drama surge cuando la marcha deja de ser una opción de desarrollo para convertirse en una obligación provocada por la falta de oportunidades.
Esta realidad esconde, además, una preocupante paradoja económica. El Principado de Asturias es capaz de atraer y moldear talento gracias al prestigio y la calidad de la Universidad de Oviedo —confiemos en que a este cometido se sumen las universidades privadas que en la región iniciarán su actividad el próximo curso académico—.
Sin embargo, el esfuerzo colectivo que realizamos los asturianos a través de nuestros impuestos para financiar esa educación pública se diluye en el momento de ser rentabilizado: cuando esos jóvenes alcanzan su etapa productiva y comienzan a cotizar, consumir y, por lo tanto, generar riqueza, en otras regiones. Asturias asume el coste de la formación; otras comunidades autónomas, incluso otros países, se llevan el beneficio del talento.
Asturias es un lugar magnífico para vivir, con una calidad de vida envidiable. Pero hay que ser pragmáticos: el verde de nuestros prados, la brisa del Cantábrico o los vestigios de una historia milenaria no pagan hipotecas ni llenan neveras.
Si quienes pilotan las instituciones no rompen con el inmovilismo y logran compaginar nuestro indudable atractivo natural con un tejido económico dinámico, seguiremos siendo una excelente academia para el resto del mundo mientras nuestra tierra se va quedando vacía. Revertir la cronicidad de este éxodo que, en gran medida, explica la sangría demográfica, a su vez responsable de esa Asturias a la cola del PIB nacional, exige dejar atrás la actual parálisis.
La solución no vendrá de recetas aisladas, sino de una suerte de gran conjura compartida; una alianza estratégica y leal entre universidades y centros de Formación Profesional, patronal y Gobierno del Principado de Asturias. Es urgente diseñar un ecosistema coordinado, capaz no solo de formar con excelencia, sino de tejer un mercado laboral que ofrezca un desarrollo real y digno. Solo desde el consenso, la audacia y el diseño de nuevas políticas orientadas al crecimiento, podremos transformar el arraigo de nuestros jóvenes paisanos en el motor de una Asturias próspera.
«Un país que no puede ofrecer trabajo y desarrollo profesional a sus jóvenes ha perdido el rumbo. Son ellos quienes deben sostener el bienestar de los que ya cumplieron su ciclo.»
Franklin D. Roosevelt
Comentarios