El lenguaje nos retrotrae seguramente 85 años atrás. Hemos perdido como icono de la ciudad el Elogio del Horizonte, un elemento cultural, abierto, que formalmente nos acoge y orienta en esa línea entre la tierra y el mar. Nos representaba una obra universal, anclada en una parte importante de nuestra historia, que nos permitía asomarnos al Norte y caminar por «nuestras ciudades» al Sur.
Estaba, y está como una representación abierta, dialogante, capaz de «sonar» para todas las culturas y mestizajes. Esos sonidos envolventes, nos hacen partícipes como parte del universo en el que estamos. Es el Elogio del Horizonte. Su color permitía ser rodeada de nuestros colores, de nuestras ropas, invierno y verano, la desnudez del lugar la modificábamos nosotros, todos «seamos quienes seamos».
Mi oído acaba de cambiar de tono. Acabamos de empequeñecernos, nos retrotraemos a la guerra y posguerra, utilizamos «destino» para el futuro de la ciudad con un término reduccionista, bélico, de exaltación de identidades únicas: «Horizonte Valiente»; donde solo caben los elegidos. Los términos del lenguaje fascista ya están ocupando lo cotidiano.
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