Verano hoy, verano ayer

OPINIÓN

Decenas de bañistas, en la playa de San Lorenzo de Gijón
Decenas de bañistas, en la playa de San Lorenzo de Gijón Paco Paredes | EFE

Cuando escribo estas palabras sobre Asturies pende una ola da calor intensa, parece que sí es verdad que algo está cambiando en nuestro clima, aunque para cuando lean este artículo igual ya ha empezado a llover y, cuestión muy asturiana, no parará hasta el año que viene. Este siglo XXI asturiano viene así o también sin llover y sin sol promoviendo la sequedad de la tierra y la plomiza vista de «panza burru» que era así cómo mi abuela llamaba a los cielos grises y estériles para la vida vegetal y animal, también para muchos espíritus humanos. Es el clima reciente que vemos y recordamos desde hace pocos años. ¿Llovía cuando éramos pequeños? Esta pregunta podría ir dirigida a antiguos vecinos asturianos que se aproximen a la cincuentena y más allá.

La respuesta sería relativa y personal como la memoria humana. Tendemos a recordar el pasado con agrado, cuando no con complacencia. Es el resultado de haber vivido y superado etapas en la vida y aunque no podamos afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, sí añoramos nuestro pasado que quizás muchas veces, casi secretamente, pasamos por un filtro de idealización haciéndonos un «tiempo shop» que nos pinta aquellos veranos de nuetra niñez y primera juventud como un tiempo idílico en el que éramos más jóvenes, más guapos, más vitales, más alegres. También recordamos unas aventuras extraordinarias durante aquellos veranos asturianos, pintaran donde pintaran. Los románticos amores de verano reales o seminventados, el sol perenne sobre nuestras cabezas sin quemadoras dolorosas en la piel, los prados sin insectos, la mar cristalina, las ideales romerías y fiestas sin apretujamientos y olores a humanidad y sudor. Algunos de mi época, llevamos escritas indeleblemente en nuestras neuronas las canciones de aquellos gozosos veranos como; «yo sé que este verano te vas a enamorar...»—bises—o «nunca llueve al sur de california» o «pum catapúm chispúm cómo nos gusta el verano…», también «la playa estaba desierta el sol bañaba tu piel...Maria Isabel». Para algo más mayores; «sapore di mare, sapore di sale…»; «nel blu di pinto di blu… ¡volare oh-óh!». Para ochenteros había repertorio también; «Vamos al playa uop-uop-uó..» o «¡vaya vaya aquí no hay playa…». Impregnados del espiritu de aquellos veranos que recordamos también como interminables no nos vienen a la memoria aquellos largos o cortos días de verano, estos últimos a la sombra del funesto septiembre, bajo palios de plástico o encerrados detrás de una ventana viendo caer agua, agua y más agua de un cielo donde al sol le costaba demasiado aparecer, tampoco traemos con demasía a nuestros recuerdos las inevitables katiuskas siempre húmedas o sudadas que nos provocaban aquellas bronquitis veraniegas o los catarros que no apeábamos ni en el vuelta a los colegios en septiembre. De parecida forma no nos acordamos la cantidad de calabazas que recibíamos en los bailes veraniegos cuando sacábamos a las chicas a bailar «apretao» o lo que sufría nuestro corazón a veces hasta romperse al ver cómo la chica de tus sueños se iba con otro algo mayor que nosotros , más atrevido y más gallardo, perdiéndose quizás para siempre, disipándose para la noche romera en la oscuridad de una caleya o un malecón. De la misma manera no solemos recordar las clases de recuperación que nos obligaban a madrugar en verano, ni el acné deformante, ni la moto o la bici del vecino que tú aún no tenías o del día que casi te ahogas arrastrado por la corriente de una de nuestras playas kilométricas de corrientes marinas cruzadas.

Los jóvenes hoy están viviendo los veranos que también recordarán—supongo y deseo—con deleite cuando lleguen a edad madura. Diremos, los mayores, que hoy en día no se saben divertir, con sus móvies y sus novedades. No es así, para ellos será igual y diferente como ocurre con cada generación. Ayer y hoy son veranos iguales en lo esencial y distintos en cada tiempo en cada generación. ¿Mejores o peores? Cada hornada defenderá sus veranos como los mejores, porque se trata de nuestra infancia y de nuestra juventud, en general lo más querido, el tesoro de nuestros recuerdos. De momento la mayoría de los que llegamos hasta este tiempo tenemos la suerte de guardar muy dentro de nosotros la remembranza verdadera, adornada o imaginada de un tiempo felíz donde fuimos protagonistas en una dimensión que no ha de volver.

Hoy la vida no nos despega como antes de los males que nos amenazan, exactamente igual que antaño que viviamos bajo amenaza de guerra atómica y destrucción total asegurada, sólo que antes en nuestra edad moza no prestábamos atención a esas amenazas y ahora que nos acercámos al umbral final de la vida nuestros pensamientos se vuelven más oscuros. Parece, igual nada más nos parece, que los problemas afectan más a un Occidente privilegiado desde 1945 y sobre todo de los años dorados de los que nacimos entre mediados de los cincuenta hasta mediados de los setenta. Nos sentimos sólos, periclitados, abandonados, invadidos por gentes extrañas a nosotros y por vecinos que envenenados por las redes (enredar viene de red y no hacemos caso) nos perturban con su manera violenta de expresarse. Sí es seguro que el paisanaje e incluso el paisaje ha cambiado desde los años dorados de cada uno. Sí es seguro que somos demasiados los pobladores en este solitario planeta. La población está a punto de duplicarse respecto a mi juventud, cuando yo nací en 1956, Xixón/Gijón tenía noventa mil habitantes, ahora ronda los doscientos setenta y cinco mil y eso que hubo un parón demográfico a finales del siglo XX y principios del XXI, frenazo propiciado por la inoperancia, el egoismo y la miopía de nuestros dirigentes políticos que actuaron con franquicia, sectarismo y ausencia de oposición. Sí cambiaron también la pobreza y la violencia, del quinqui reconocido, pasamos al yonqui del vecindario y ahora a los truculentos crímenes y ajustes de algunas gentes propias y ajenas que llevan impresas una violencia, ya estructural, fomentada urbi et orbi que es lo único que consumieron. La violencia y la pobreza van juntas, diríase que son la misma cosa y el capitalismo internacional atiza los enfrentamientos entre pobres mientras nos saca la sangre. Las llamadas redes son un estercolero que mata con la adicción a sus usuarios confundiendo, nublando en demasiadas ocasiones y casi por completo los cerebros más tiernos y los más encallecidos.

Sí, algo ha cambiado en este mundo para los que lo vemos con la perspectiva de los años y siendo lo más objetivos posible. Los cuatro jinetes del apocalípsis parecen más cercanos y amenazantes, pero es toda una lección para los que vivimos aquellos maravillosos veranos de nuestra cómoda vida de occidentales. En nuestra idílica época estábamos rodeados de guerras, hambre, miseria, muerte, dictaduras, pero eso quizás muchos no lo vieran o no lo recuerden ahora. Eso sí, es verdad que toda la roña, la violencia, la confusión y la sinrazón están más repartidas, lo cual no es una mejora y es fácil que nuestro fin más probable se parezca al del Imperio Romano