En un ambiente (más o menos, menos o más) de corrupción generalizada, con una clase política depauperada hasta extremos poco imaginables, un grupo de chavales, que entrenan y juegan al fútbol como una piña, consiguen que un país tan enormemente crispado e irascible como el nuestro, no solo fluya unido en la alegría de la victoria, sino que además le hacen olvidar la tristeza de esa realidad política y social demasiado persistente. Y por añadidura, hacen ver a medio mundo que solo lo futbolístico es lo que verdaderamente cuenta e importa. El partido de la final de la Copa del Mundo de fútbol, que enfrentó a las selecciones de España y Argentina, ha demostrado muchas cosas, y estas líneas tan apresuradas como agradecidas, quieren en primer lugar, mostrar el reconocimiento a unos jugadores que han funcionado como un conjunto unido, con cabeza, armado de juego, de honestidad y de verdad deportiva. Nada más claro, nada más sagrado. Un ejemplo total.
La armada española ha puesto el foco en lo que importa: en la responsabilidad y en el trabajo y no en el brillo personal de figuras o individualidades, en que cada jugador pueda desarrollar en plenitud su propio rol para cumplir, lo mejor que pueda, con la función que a cada uno se le ha encomendado. Comprender eso, y hacer que funcione de la cabeza a los pies sobre el terreno de juego, es lo que ha hecho que la prensa internacional se rinda a un estilo de juego que no solo no deja indiferente a nadie, sino que devuelve a primera línea informativa los mejores valores a un deporte que, a veces trata, a los propios protagonistas como meras pérdidas o ganancias, cuando no, convierte las citas internacionales en auténticas mercaderías, que nada tienen que ver lo que se dice deportivo.
Lo futbolístico adquiere entonces una dimensión diferente. Cuando se gana con justicia y con una calidad a prueba de bomba, parece que cualquier cosa que se diga sobra. Pero haciendo un repaso un tanto rápido, se hace muy necesario decir que lo que era totalmente impensable es que un país como España, como una de las ligas de fútbol más importantes del mundo, sino la que más, y una tradición balompédica cuya historia habla por sí sola, no tuviera más copas del mundo. Era ilógico. Ahora la tendencia se va corrigiendo y tenemos generación para largo. En 2030 organizamos un mundial, siendo anfitriones y como ganadores del torneo actual, una circunstancia que no se había dado jamás en el siglo de historia de los mundiales. Puede ser un buen momento para repetir.
La actual selección española masculina mira de tú a tú a cualquiera; esa especie de cierta intimidación que a veces padecíamos con algunas selecciones se acabó. Ha nacido una nueva forma de mostrarnos futbolísticamente al mundo; y eso lo expresó muy bien Lamine Yamal cuando dijo que los que tenían que tenernos miedo eran los franceses. Pues claro. Efectivamente. Hay que decir las cosas con naturalidad y sin asustar a nadie, porque así debe ser; y no ponernos nunca en duda innecesariamente, como a veces se hace desde algunos medios deportivos, y desde algunas tribunas mediáticas que pontifican en exceso, uno de los vicios capitales de este país. Y es que por primera vez tenemos una selección (no así la del titi- taca), que además de fútbol introduce ideas, que se posiciona frente a actitudes, políticas y declaraciones como las de Trump (zanahorio chiflado, me lo van a permitir), o las de Mariano Rajoy, que ya hay que tener luces para escribir lo que escribió. Amén de otras muchas actitudes frente a los medios, sobre todo las desplegadas desde la sabiduría, el respeto y el saber estar de Luis de la Fuente, un hombre hecho como entrenador desde abajo y que llegó a la selección prácticamente como un anónimo y además con carácter de interino. (¡Quien lo iba a decir!)
Pero si alguna institución ha estado al lado de la selección española esa ha sido sin duda alguna la Casa Real. De sobra es conocida la enorme afición de Felipe VI al fútbol y a La Roja. También se va sabiendo algo más de la afición de las princesas, sobre todo de Sofía, al fútbol patrio. Es, quizá, la Reina Letizia, quien menos se emociona con la marea colorada. Desde colaborar en un promocional al inicio de la competición, hasta salir en familia y con la equipación del mundial, el monarca español se ha implicado desde el minuto uno con la selección. La familiaridad, la naturalidad con la que el Rey se desenvuelve entre los mundialistas, no así la reina que aparece siempre como más envarada, es muy evidente y formaliza gestos de cercanía, de actitud y de seguimiento que dicen mucho del compromiso y complicidad del monarca para con el fútbol, en cierto modo lo que más nos identifica, pero, también para con el deporte español y todo lo que lo rodea.
La fuente de Luis: jugar al fútbol en familia y creer en las personas
Pero si hay algo que caracteriza el juego de una selección tremendamente joven como esta (la media de edad se sitúa en torno a los 26 años) es la madurez, la tranquilidad y la templanza con la que afrontan cada contienda y cada una de las circunstancias y dificultades en los partidos. Eso se ha visto desde el inicio del torneo; desde el mismo encuentro con Cabo Verde, sin duda la revelación estrella de este mundial. Y eso no nace solo. Eso se construye, se trabaja desde el fondo y desde abajo, emocional y técnicamente, persona a persona, jugador a jugador; para con posterioridad crear un planteamiento y una estrategia de juego. Y posteriormente creer y confiar. Se tiene fe en el trabajo y en las personas; porque, en cualquier caso, si no sale, no hay hundimiento, hay vuelta al tajo. Ya saldrá.
Este, y no otro, es el truco. O sea, no hay truco. Es esta impronta la que se traduce en una idea de juego, en una idea de estar dentro y fuera del campo; la de que un chaval de diecinueve o veinte años sea un caballero. Es algo tan mágico, tan nuevo y tan moderno que da vértigo. Los mundiales, al menos en España, siempre se viven en familia; justo lo que ha querido formar Luis de la Fuente con la selección, un entrenador inteligente, sabio y perfecto conocedor de todo lo que se trae entre manos. De la Fuente lo ha tenido claro siempre, y no se ha dejado amedrentar; y su propuesta ha sido respaldada y acompañada en todo momento por un asturiano, el segundo entrenador de la selección, Juanjo González.
Hay que sentirlo por Messi, pero él ha querido y ha accedido, a sus 39 años, a dirigir una albiceleste que no juega al fútbol desde hace demasiado mucho, y que, además, ha tenido este pasado domingo un comportamiento en el terreno de juego que otorga, sin dudar, a sus integrantes los calificativos de navajeros, marrulleros y sucios. Pero lo más importante es que esta Argentina (quizá, también vale para muchas otras Argentinas) no sabe perder. Han demostrado, ya finalizado el partido, su rencor y su (gran) carácter antideportivo. Todas las agresiones sufridas por la selección española (la de Olmo, la de Cucurella, la de Cubarsí…etc.) son para abrir expediente. La Federación Española de Fútbol debería denunciar formalmente el comportamiento antirreglamentario de alguno de los jugadores argentinos, empezando por el de Paredes. Y al margen de la alegría, no debería dejarlo pasar. Es más importante de lo que parece. Es ética.
La verdad es que Argentina ha llegado donde ha llegado en este mundial por pura suerte y por jugar a no dejar jugar al contrario. Luego, cerca del área, hacer falta (o simularla) para facilitar el juego a balón parado a Messi, y así rascar algo: el gol marrullero en el último momento. Cualquier cosa menos hacer fútbol; es lo único a lo que se dedican desde hace tiempo. Desde luego es una selección que ha contado, durante todo el torneo, con la inestimable ayuda de la clase arbitral, que entiende que a alguien como a Messi hay que rendirle pleitesía sí o también, aunque sea a costa del contrario y con injusticia. La verdad es que las lágrimas de Messi en el terreno de juego al final del partido escenifican de manera, dolorosa y penosa la forma de acabar una carrera deportiva inigualable, la suya. Una pena; elegida por él.
En definitiva, y para cerrar, ha ganado España, pero sobre todo ha ganado el fútbol; porque ha quedado claro que no todo vale para ganar, y eso lo han visto los niños de medio mundo. En palabras de Luis de la Fuente, que durante semanas atrás lo ha dicho de muchas maneras: «España tiene a los mejores jugadores del mundo, tienen un potencial enorme que creo que puede dar mucho de sí; y además todos son muy buenas personas».
Solo resta decir: muchas gracias.
Y nunca mejor dicho: a sus pies.
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