Cada vez que la Selección Española de Fútbol gana un Mundial, o simplemente se acerca a conseguirlo, sucede algo maravilloso. Dejamos de ser espectadores para convertirnos en protagonistas. Nadie dice «han ganado». Decimos «hemos ganado». Decimos, con orgullo, «somos campeones del mundo». Y me parece perfecto. El deporte tiene esa capacidad única de hacernos sentir parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Durante unos días no importan las diferencias. Celebramos juntos un éxito que sentimos como propio. Es una de las cosas más bonitas que tiene el fútbol.
Sin embargo, siempre me hago la misma pregunta: ¿Por qué ese «somos» desaparece cuando el campeonato del mundo llega desde otros deportes? España lleva décadas siendo una potencia deportiva. Ganamos mundiales, europeos y medallas en disciplinas que muchas veces apenas ocupan unos segundos en un informativo. Y, sin embargo, casi sin darnos cuenta, cambiamos una palabra. Dejamos de decir «somos campeones del mundo» para decir «han sido campeones del mundo». Solo cambia una palabra. Pero esa palabra lo cambia todo.
He tenido la inmensa fortuna de conseguir cinco campeonatos del mundo representando a España. Y puedo asegurar que cuando te cuelgan la medalla, no importa si hay un estadio lleno, un río perdido entre montañas o una cámara de televisión. En ese momento solo piensas en los años de esfuerzo, en los entrenamientos, en las horas robadas a la familia, en los compañeros que han recorrido el camino contigo y en la alegría que supone la recompensa a ese trabajo. El reconocimiento es diferente. El sacrificio, no.
Nadie elige un deporte minoritario para hacerse famoso. Quien dedica media vida a él lo hace porque siente una pasión imposible de explicar. Porque detrás de cada campeón del mundo hay miles de horas invisibles que casi nunca aparecen en una portada. Y, aun así, cada mañana vuelven a entrenar con la misma ilusión.
Por eso me alegra especialmente cada vez que una selección española conquista un Mundial, sea cual sea el deporte. Porque detrás de cada medalla hay personas que han llevado el nombre de España hasta lo más alto. Algunas recibirán homenajes multitudinarios. Otras volverán a casa casi en silencio. Pero el valor de lo conseguido es exactamente el mismo.
Como deportista, pero también como futbolero y deportivista, deseo de corazón que volvamos a vivir algún día una gran alegría con la selección y, por qué no, que el Dépor siga en esa línea ascendente con la que podamos soñar. Equipos como el de De la Fuente, demostraron que los grandes éxitos siempre nacen de un grupo comprometido antes que de las individualidades. Ese es un mensaje que sirve para cualquier deporte.
Ojalá nunca perdamos la capacidad de celebrar un Mundial de fútbol como si fuera nuestro. Pero ojalá aprendamos a hacer nuestro el éxito de todos esos deportistas que, lejos de los focos, consiguen exactamente lo mismo.
Porque el día que dejemos de decir «son campeones del mundo» y empecemos a decir «somos campeones del mundo», sin importar el deporte, habremos entendido que el orgullo de representar a un país no depende del tamaño del estadio, sino de la grandeza del esfuerzo.
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