La mayoría de las personas se sienten aliviadas cuando terminan de pagar su hipoteca, porque entienden que, una vez pagada la casa, ya están en una mejor situación financiera. Pero… ¿la deuda es mala en sí misma? La deuda es una herramienta que no nos han enseñado a usar, igual que no nos han enseñado a usar el dinero. Una empresa necesita hacer uso de la deuda para poder crecer. Sin deuda, muchas empresas no funcionarían, crecerían más despacio o no aprovecharían todo su potencial.
Si voy a montar una panadería, necesito deuda para comprar el horno. Aunque tenga el dinero para pagarlo al contado, puede ser más inteligente financiar la compra. Si el horno tiene una vida útil de entre diez y quince años, tendré que hacer números para fijar el precio del pan teniendo en cuenta todos los costes del negocio, incluido el coste del propio horno. Después tendré que estudiar el precio de mercado para comprobar cuánto está dispuesto a pagar el cliente y fijar el precio de venta definitivo. Porque un producto no vale lo que a mí me cuesta producirlo, sino lo que el mercado está dispuesto a pagar por él.
Ahora imagina que tengo el dinero para comprar el horno, pero puedo invertir ese mismo dinero en un producto que me ofrece una rentabilidad del 8 %, mientras que el banco me presta el dinero al 4 %. En ese caso, me interesa pedir el préstamo. Mi dinero sigue trabajando para mí y genera un 8 %, mientras que el dinero que me presta el banco me cuesta un 4 %. La diferencia, un 4 %, juega a mi favor. Pero hay deuda buena y deuda mala. La deuda para irse de vacaciones es deuda mala, porque cuando vuelves solo te queda la obligación de pagarla todos los meses, reduciendo tu poder adquisitivo. En cambio, la deuda para poner en marcha un negocio es deuda buena. Si el préstamo te cuesta un 4 % y el negocio genera una rentabilidad del 10 %, estás obteniendo un 6 % de beneficio con dinero que no era tuyo, sino que te ha prestado el banco.
Los buenos empresarios saben utilizar la deuda como una herramienta para crear riqueza. Y aquí viene algo que mucha gente desconoce. Cuando compras acciones de una empresa, en realidad estás aportando capital para que esa empresa pueda crecer. Las empresas emiten acciones para conseguir financiación, innovar, desarrollar nuevos y mejores productos y seguir avanzando. Necesitan tu dinero y el mío para hacerlo posible. Necesitan la deuda, pero en este caso, en lugar de pedírsela al banco nos la piden a ti y a mí.
Por eso, cuando nos comíamos una hamburguesa en McDonald’s, les decíamos a nuestras hijas: «Cuando pagamos esta hamburguesa, una parte de ese dinero vuelve a nosotros». Si la empresa gana más dinero y el valor de sus acciones aumenta, nosotros también nos beneficiamos.
Y esa es la idea más importante de todas: dejar de ser únicamente consumidores para convertirnos también en propietarios de las empresas que hacen avanzar la sociedad. Porque, mientras contribuyes a ese progreso, haces que tu dinero trabaje para ti y combates la inflación invirtiendo en acciones y otros activos financieros.
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