El jardín de cemento

Miguel Niño Martínez

OPINIÓN

Plaza Longoria Carbajal, en Oviedo
Plaza Longoria Carbajal, en Oviedo

Era una ciudad de ilusión, de juvenil sueño. Era historia viva, al menos en el recuerdo. Era, a la vez, tantas cosas juntas que me pierdo en la memoria del tiempo. La ciudad más novelada con dos figuras «sublimes» de la pluma como Clarín, D. Leopoldo Alas, y la maestra Doña Dolores Medio.

Ellos la elevaron a categoría de historia universal en el paraíso de los libros. Ellos, sobre todo ellos, aunque a lo largo del siglo XX, y en el presente XXI, otros de ambos sexos, autores consagrados han insistido con fe y cariño en el arte de novelar Oviedo, no es eso todo óbice para que una sarta de alcaldes entre ellos este «mezquino» den baños de cera negra a la ciudad con falsos adornos y algún que otro banco en lugares de coches, de tráfico que nos alejan del aire fresco del silencio en busca de un mundo perdido.

Ahora, en el corazón de la ciudad, a la sombra casi de la Jirafa, la plaza de Longoria Carvajal, la han convertido en un erial, flanqueada por bancos de hierro y madera, fríos como témpanos de hielo, ausentes de plantas con olores a tomillo.

La imagen es totalmente plástica a la vista, engañosa a los sentidos. Parece el patio interior de una residencia de la tercera edad en estado puro. La diferencia esencial que éstas, tienen una fuente con caño de agua, vivo todo el día, setos verdes, rosales con rosas y algún que otro ciprés erguido.

Aquí insisto: la plaza llana y desierta, con suelo de frío y negro asfalto, bancos en los cuatro lados del rectángulo y tres jardineras en su ventana hacia El Parque San francisco. Ahí, en ese jardín de cemento, cruces mañana o tarde solo encuentras alguno/a de cierta edad, mirando al cálido sol, al gris de las fachadas de edificios altos y escuchando el trino de algún pájaro suelto. Esa es la imagen que guarda mi retina de ese Jardín de cemento en el corazón de mi ciudad, de esta vetusta del alma, de esta historia en el olvido.