Hablar ahora, en plena canícula veraniega, cuando el calor nos asfixia como nunca, cuando los ríos bajan secos, cuando la noticia que encabeza todos los informativos son los incendios de aquí y de allá, traer ahora a cuento las inundaciones puede parecer una locura o una tomadura de pelo. Pues no.
Cada año más terrible, cada año los fuegos destruyen vidas, riqueza, futuro. Cada año el periodo de riesgo extremo es más extenso. Cada año se anuncian nuevas medidas de lucha contra los incendios que siempre son escasas. Cada año se va a reforzar los medios humanos y materiales que no se ven por ningún lado. Cada año estamos igual de mal que el anterior.
Lo normal, lo lógico sería hablar de la prevención de los incendios, pero no. Tienen toda la razón quienes afirman que los incendios se previenen en invierno. Pues sí. Así que ahora toca prevenir las inundaciones que se pueden producir en tiempo venidero. Lo triste es que no se haga ni una cosa ni otra.
Lo curioso es que todos tenemos soluciones. Y cualquiera se siente capaz de ofrecer medidas eficaces. Las tiene el joven padre mientras está con los niños; las tiene el jubilado mientras ojea el periódico y toma su café; las tiene la ama de casa cuando hace su pedido en la carnicería; las tiene el cura durante el sermón dominical. Y evidentemente las tienen los políticos.
Se puede hacer más y mucho más. Dos helicópteros portando un cangilón para combatir un frente de fuego de muchos kilómetros es una guerra muy desigual. Quizá lo más operativo no sea que, ante un incendio grave, asistan profesionales especializados de distintos cuerpos. Cuando se ve actuar a la UME se ve la utilidad del Ejercito; lástima que cuando son reclamados, el fuego ha alcanzado unas dimensiones imposibles de atacar. Pensar en recuperar la ganadería extensiva como medio para mantener limpios los montes parece mas que una solución, una ilusión.
La única solución preventiva posible sería cultivar los montes. En España hay extensiones enormes de olivos, de vides, de naranjos, de manzanos y nunca se queman, sencillamente porque es terreno cultivado. Una política forestal donde se plantee el cultivo de masas arbóreas sigue sin abordarse.
Ahora toca pensar en las inundaciones. Los ignorantes se atreven a decir que siempre hubo inundaciones y que no hay que alarmarse más de lo necesario. Los que saben de esto advierten a diario que el cambio climático no es una broma; que las poblaciones asentadas en las riberas de los ríos o en los límites costeros corren gran riesgo. Y de estas últimas en Asturias hay unos cuantos ejemplos.
La mayoría de la ciudadanía está harta de jueces, de corrupción de aquí y de allá. La mayoría estaría gustosa de oír a Sánchez o a Feijóo, a Barbón o Queipo abordar tanto las inundaciones como los incendios. Cada cosa en su tiempo.
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