Christopher Nolan está a la altura de las palabras aladas de Homero, con su película sobre La Odisea. Lo suyo es un trabajo impresionante. Es casi imposible adaptar esa obra maestra. Nolan lo ha hecho. Sobran más análisis. Este británico sería capaz de ponerse con El Quijote y sacar un peliculón. La manera en la que teje la trama de su película sobre Odiseo (Ulises para los romanos) es colosal, tan colosal como la historia que todos conocemos de Troya y las desventuras del hombre que sueña con volver a casa con sus hombres después de sufrir una guerra de diez años. Otros diez para regresar a Ítaca, su hogar, junto a Penélope.
El reparto también es muy acertado. De Matt Damon a Anne Hathaway, los actores están a la altura de la leyenda. Nolan ha conseguido llenar las salas con chavalada. No me importan sus guiños al feminismo más radical o la diversidad. Helena de Troya y su gemela Clitemnestra, negras. El discurso de Circe, tan acertado, sobre que los hombres somos cerdos por nuestros apetitos más repugnantes.
Todo suma en el trabajo de tres horas de Nolan. Tres horas que pasan como diez minutos. Esa es su genialidad. Así logra atraer a los más jóvenes y a esa inmensa mayoría que cada vez estamos más enganchados a los vídeos de minuto y medio, incapaces de una concentración que supere eses estériles noventa segundos. Abandonarse a La Odisea de Nolan es meterse de otra manera en las sensacionales palabras de Homero (o de quienes fuesen Homero). Es un canto en imágenes. No entro tampoco en las críticas de los elevados y cultos de postín que le ponen pegas por todo a este fresco que nos ofrece el director británico, hoy uno de los mejores del mundo, sin duda.
La película entretiene y te hace pensar sobre el desastre de cualquier guerra. Sobre la vida como el viaje que es. Sobre los sueños y las pesadillas. Sobre el dolor del cuerpo y el del alma. Muy bien contada la historia del caballo de Troya, el ingenio que salió del más astuto de los humanos de la época.
Salí de la sala de presenciar la película. Y volví a entrar para verla otra vez. Con la calidad del cine que exhiben y el abarrote de series en serie de millones de plataformas, desear el segundo trago de ambrosía de los dioses tras el primero ya sucede muy pocas veces. Cuando el cine entusiasma, me da igual que falten matices, detalles y que Nolan se haya fumado páginas y páginas, por muy homéricas que fueran.
Lo que ya consiguió sí que es homérico. No me extraña que haya dicho que piensa estar tres años sin hacer cine, exhausto como le ha dejado la adaptación. Si quieren tener una tarde distinta, en este largo verano de olas de calor, apaguen el móvil, sí, apáguenlo, no pasa nada, no se van a morir, y entréguense a la propuesta de Christopher sin complejos. Pocos como él mezclan lo sabio, con lo sutil y lo liviano, como ya hizo con Oppenheimer. Cine del bueno para activar la patata del corazón. Qué ganas dan al salir por segunda vez de la sala de no volver a conectar el móvil, ese vampiro que nos está dejando sin neuronas.
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