España vuelve a enfrentarse a un verano devastador de incendios forestales. Mientras el cambio climático agrava el riesgo y las llamas baten récords históricos, los gobiernos se intercambian reproches, los negacionistas siguen sembrando dudas y las soluciones estructurales continúan esperando.
La tragedia que nunca termina
Cada verano España promete aprender la lección. Cada otoño se anuncian planes, estrategias y compromisos. Y cada verano siguiente el fuego regresa con más fuerza, más intensidad y más destrucción. El incendio de Ávila, convertido ya en uno de los mayores desastres forestales de la historia reciente del país, con más de 50.000 hectáreas afectadas, es la prueba de que algo sigue fallando gravemente.
No estamos ante un fenómeno imprevisible. Los científicos llevan décadas advirtiendo de que el aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas y los fenómenos meteorológicos extremos multiplicarían el riesgo de grandes incendios. Sin embargo, seguimos reaccionando como si cada verano fuese una sorpresa. Las llamas avanzan. La prevención sigue retrocediendo.
El gran fracaso: prevenir menos y apagar más
España cuenta con excelentes profesionales, bomberos forestales, brigadas, agentes medioambientales, Protección Civil y la UME. Cuando llega la emergencia suelen responder con una entrega admirable. El problema es que seguimos destinando demasiados esfuerzos a la extinción y no los suficientes a la prevención.
Gestionar el monte durante todo el año resulta menos vistoso políticamente que desplegar hidroaviones ante las cámaras. Limpiar cortafuegos, mantener pistas forestales, eliminar biomasa acumulada, recuperar actividad ganadera extensiva y fijar población rural no genera titulares. Pero salva bosques. La verdadera lucha contra los incendios se libra en invierno y primavera. Cuando llega agosto, muchas veces ya es demasiado tarde.
Gobiernos de todos los colores, responsabilidades compartidas
La utilización partidista de los incendios se ha convertido en un espectáculo tan previsible como indignante. El Gobierno central señala a las comunidades autónomas. Las comunidades autónomas culpan al Estado. Los partidos utilizan las tragedias para desgastar al adversario. Y mientras tanto, el monte sigue ardiendo.
Conviene recordar una realidad jurídica elemental: la gestión ordinaria de los montes y gran parte de las políticas de prevención corresponden a las comunidades autónomas. Esa es la distribución competencial vigente. Por tanto, resulta intelectualmente deshonesto intentar atribuir toda la responsabilidad al Gobierno central cuando la ejecución directa de muchas medidas preventivas depende de las administraciones autonómicas.
Pero también sería injusto exonerar al Estado. La coordinación nacional, la planificación estratégica, la financiación suficiente y la lucha contra el cambio climático exigen liderazgo estatal. La conclusión es sencilla: cuando el bosque arde, fracasan todos.
El negacionismo climático: gasolina ideológica para el incendio
A estas alturas, negar la influencia del cambio climático en los grandes incendios forestales resulta tan absurdo como negar la gravedad de una inundación mientras el agua entra por la puerta. Sin embargo, determinados sectores políticos continúan cuestionando evidencias científicas ampliamente acreditadas.
La extrema derecha y los movimientos negacionistas siguen mareando la perdiz con discursos que minimizan el problema climático o desvían la atención hacia debates secundarios. Mientras los termómetros baten récords y los incendios son cada vez más virulentos, algunos continúan actuando como si la ciencia fuese una opinión más.
Esa ignorancia no es inocente. Detrás de muchos discursos negacionistas existen intereses económicos, electorales e ideológicos que anteponen beneficios a corto plazo frente a la protección del territorio y de las generaciones futuras. La naturaleza no negocia con la propaganda. La física tampoco.
Asturias: una advertencia que no debe ignorarse
Aunque Asturias conserva todavía una riqueza forestal extraordinaria, nadie debería caer en la falsa sensación de seguridad. Los grandes incendios sufridos en los últimos años demostraron que nuestra comunidad tampoco es inmune. El abandono rural, la acumulación de combustible vegetal, la despoblación y las condiciones meteorológicas cada vez más extremas constituyen una combinación peligrosa.
Asturias necesita reforzar la gestión forestal preventiva, modernizar infraestructuras de vigilancia, aumentar recursos humanos permanentes y apostar por una ordenación territorial compatible con la protección ambiental. Esperar a que llegue una catástrofe comparable a las peores vividas en otras regiones sería un error imperdonable.
Un pacto nacional contra el fuego
España necesita un gran acuerdo de Estado que supere intereses partidistas. Un pacto que incluya financiación estable, coordinación entre administraciones, recuperación del medio rural, inversión tecnológica, investigación científica, educación ambiental y adaptación al cambio climático. Los incendios forestales ya no son únicamente un problema medioambiental. Son una cuestión económica, social, sanitaria y de seguridad nacional. Mientras discutimos quién tiene la culpa, el fuego sigue ganando terreno.
La deuda pendiente con quienes arriesgan su vida
La tragedia adquiere una dimensión aún más dolorosa cuando las llamas se cobran vidas humanas. Todos los años, fallecen personas luchando contra los incendios. Su pérdida nos recuerda que detrás de cada hectárea quemada existen historias, familias y sacrificios que ninguna estadística puede reflejar plenamente. Ellos representan lo mejor de nuestra sociedad: la solidaridad, el compromiso y la voluntad de proteger lo que pertenece a todos. Su memoria merece algo más que homenajes. Merece políticas eficaces.
Conclusión
España no necesita más reproches ni más ruedas de prensa cruzadas. Necesita prevención, planificación y valentía política. Porque cuando un bosque arde por falta de previsión, no fracasa únicamente una administración. Fracasa un modelo entero de gestión pública. Y porque cada verano que dejamos pasar sin actuar es una invitación para que el próximo incendio sea aún mayor que el anterior.
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