Llamadas de alerta

OPINIÓN

Imagen de migrantes cruzando la frontera de Ceuta.
Imagen de migrantes cruzando la frontera de Ceuta. GABRIELA SARDÁ / EUROPA PRESS | EUROPAPRESS

En otros tiempos, que miles de personas deseosas de dejar atrás un sistema dictatorial que cercena sus expectativas de futuro consiguiesen cruzar una frontera no se tomaba como signo de debilidad sino de fortaleza del país de recepción, y, sobre todo, como muestra de las contradicciones y miserias del régimen al que, votando con los pies, aquellos que escapaban conseguían refutar. La riada de personas provenientes del Este de Europa, que, a raíz del picnic paneuropeo de 19 de agosto de 1989, consiguieron pasar hacia Austria, y que, en las semanas siguientes, llevó a tolerar su paso por miles, fue un ejemplo palmario. La salida de 125.000 cubanos por el puerto del Mariel entre abril y octubre de 1980, con la connivencia de las propias autoridades, también con ánimo desestabilizador para el país de recepción (Estados Unidos), otro. No es nueva la mezcla entre la utilización de los movimientos de población como arma de presión y el deseo de los afectados de encontrar una oportunidad en el exterior, probando fortuna cuando se abre una ventana de oportunidad de la forma más casual o errática, incluso sostenida sobre el rumor popular o la imprecisión en la información gubernamental, como en el caso de la propia caída del Muro de Berlín. Seguramente se ha ampliado la capacidad de llevarlo a cabo con las respuestas eléctricas y virales de las redes sociales, y, con ello, provocar rápidamente una escalada y la zozobra en el país receptor, convirtiendo el flujo de personas en elemento punzante (la weaponisation o conversión en arma propia de una guerra híbrida). A diferencia de otros precedentes producidos en Europa empujando a columnas de población refugiada (en Rusia sobre la frontera finlandesa o en Bielorrusia sobre la polaca), en el caso de Ceuta, su carácter de enclave lo hace más propicio como objetivo, al conseguir desbordar en unas horas (esta vez, pues sin duda ahora se fortificará) cualquier barrera y llenar de personas un territorio fronterizo y aislado. En todo caso, esa vulnerabilidad también se acrecienta porque la sociedad europea, a diferencia de experiencias pasadas, ya no acoge estos fenómenos como muestra del deseo irrefrenable de la juventud (marroquí, en este caso) de evadirse de un régimen feudal autoritario como el que lidera la todopoderosa monarquía alauita, donde su progreso material de los últimos años es parejo a la desigualdad más lacerante y a la postración de quien queda fuera del circuito del enriquecimiento. La forma de ver ahora en Europa la ruptura por la población civil de los muros, las alambradas y las vallas no es la de la liberación sino la de la amenaza, porque hemos perdido cualquier empatía con quien las franquea. Y lo que pretende quien alienta o permite esa estampida es exacerbar precisamente esa sobredimensionada inquietud europea, además de lanzarnos un nada velado toque de atención, ya sea como represalia por el acogimiento por razones humanitarias al líder saharaui Brahim Gali en su curación (en el antecedente de 2021); para alentar la campaña dirigida a la reivindicación de Ceuta y Melilla (amén de la delimitación territorial unilateral de las aguas que afecta a las Canarias y la anexión tolerada del Sahara Occidental); para alimentar el sueño imperial de Marruecos que con el que se promueve la adhesión nacionalista a su monarquía; por el intento de restablecer relaciones con Argelia; o, como apunta la periodista Sonia Moreno (experta en el estudio de la estrategia política marroquí) por la reforma legal para el otorgamiento de la nacionalidad española a los saharauis nacidos en el territorio, destinada a paliar el irreparable daño causado por España con el abandono de responsabilidades y la pérdida abrupta de la nacionalidad en 1976 para muchos de ellos.

La paradoja es que, si en la ecuación política en la que parece encajar el uso de este movimiento de población, el bochorno del palacio real marroquí por comprobar el deseo de su población de escapar fuese superior al temor cerval de la sociedad europea por la corriente inmigratoria, no estaría en la panoplia de medidas de presión una acción como alentar la salida explosiva de población. Y, si en esa misma cuenta, pesase más la constatación de las razones personales del que huye tentando la suerte que la retórica (falsa y belicista) de la invasión con la que se responde, probablemente al Majzén no le interesaría posibilitar esta fuga de su propia gente. Pero ninguno de esos cálculos está sobre la mesa y eso permite otorgar al monarca marroquí y a su oligarquía circundante un arma poderosa que no es la primera vez que utiliza, y en cuyo uso nada importan las vidas a las que no se otorga ninguna valía, en concreto las de los 88 fallecidos (cifra al momento de escribir estas líneas). Una tragedia humanitaria a la que no se reconoce su abrumadora dimensión, que es la que debería encabezar nuestras preocupaciones, empezando por ayudar a las familias que ya los buscan a determinar su paradero e investigar las causas y circunstancias de estas muertes gratuitas.

La llamada de alerta puede que se justifique por los peligrosos terrenos a los que nos llevan actuaciones como la acontecida, que probablemente esté auspiciada por las esferas de poder marroquí y por sus patrocinadores: Estados Unidos e Israel, este último el mismo Estado que transfiere tecnología militar y le asiste en el espionaje que los servicios de inteligencia marroquí han utilizado impunemente y sin tasa. Pero no es la única llamada de alerta, pues también conviene advertir sobre las posturas dirigidas a negar cualquier trato humanitario a los migrantes o a despreciar las garantías de las personas que soliciten asilo o la protección a los menores que no tengan familia localizada a la que retornar. Ahora que aceleradamente se invocan cambios legislativos y se desprecian las garantías jurídicas y hasta los propios pronunciamientos del Tribunal Supremo, procede recordar que las devoluciones forzosas en caliente no son otra cosa que la negación absoluta del derecho de quien puede estar en condiciones de obtener la protección internacional de acreditar temores fundados de persecución o riesgo real si se efectúa la devolución.

Igualmente es necesario alertar y combatir las reacciones plagadas de brutalidad y de llamadas a la violencia que hemos visto en los últimos días, incluso en boca de dirigentes públicos de notable influencia. La propensión de los incendiarios a obtener réditos azuzando los conflictos cada vez contiene más apelaciones a la fuerza bruta y al desprecio por la vida. Estamos, simplemente, jugando con fuego en este terreno. Hemos visto en boca de líderes nacional-populista llamamientos a la «caza» y a sus agitadores en redes pidiendo abiertamente que se dispare a la multitud, promoviendo una respuesta verdaderamente criminal y que, además, daría pie al cuestionamiento más radical de la actuación española a ojos del mundo. Algo que afortunadamente no tiene nada que ver con el proceder seguido hasta el momento por las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas, que, por cierto, también es muy distinta de los nefandos disparos con material antidisturbios sobre nadadores de 6 febrero de 2014 en El Tarajal o de la letal acción concertada con la policía Marruecos en la valla de Melilla el 24 de junio de 2022. En el caso de lo sucedido en Ceuta, no es difícil imaginar cuál sería la repercusión política, diplomática y moral para España de la masacre deliberada que algunos descerebrados con asiento en las Cortes Generales invocan y parecen desear, y cómo aprovecharían la oportunidad precisamente quienes persiguen un cambio en el estatus de Ceuta y Melila. Todos los que estos días han jaleado, posteado o replicado esta abyecta invitación al homicidio y a la crueldad deberían pararse a pensar dos veces en lo que proclaman y comparten, pues no se trata de acciones comunicativas aisladas e inocuas sino de una inmersión en un estado de ánimo propicio al derramamiento de sangre. Un pantano en el que algunos apóstoles de la violencia quieren chapotear y que, con esta atmósfera asfixiante no es en absoluto improbable, en esta crisis que aún no ha finalizado completamente o en la próxima que esté por venir.